El cierre del libro de los salmos no puede ser más concluyente al exclamar: “¡Que todo lo que respira alabe al Señor! ¡Aleluya!” (Salmo 150:6), dando a entender que no solo los seres humanos, sino todo ser vivo debería sentirse impulsado a dar alabanza a Dios por el hecho de habernos dado el ser y la vida. Si bien esta declaración es una forma de expresión que no se puede tomar literalmente, pues en rigor la alabanza es algo que solo las personas con plena conciencia de sí mismas y de Dios pueden ofrecerle, puede ser, sin embargo, una declaración hiperbólica y prosopopéyica, es decir que, por una parte, recurre a la exageración para indicar y enfatizar nuestra obligación natural y que se cae de su peso de reconocer a Dios y darle la alabanza debida, incluyendo a todos los demás seres vivos y a la creación entera en esta obligación. Y por otra, a personificar y atribuir a las cosas inanimadas acciones y cualidades propias de los seres animados, o igualmente, a atribuir a los seres irracionales las acciones propias de las personas racionales. Pero si bien esto pone sobre nuestros hombros la simultánea responsabilidad y privilegio de darle a Dios de forma consciente, intencional y voluntaria la alabanza a Él debida en la convicción de que hemos sido creados para que: “seamos para alabanza de su gloria” (Efesios 1:12), es también una sugerencia misteriosa e inquietante de que los demás seres de la creación también se unen a nosotros para alabar a Dios a su manera y que incluso, si no lo hacemos nosotros, como lo dijo el Señor en el evangelio, entonces lo harán las piedras
Todo lo que respira alabe al Señor
"El epílogo del salterio es una apoteosis que anuncia el momento en que la creación entera rendirá los debidos honores a Su Creador y Redentor”






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