En su apelación a todos los hombres, la Sabiduría personificada nos exhorta de este cálido modo: “Hijo mío, si haces tuyas mis palabras y atesoras mis mandamientos; si tu oído inclinas hacia la sabiduría y de corazón te entregas a la inteligencia; si la llamas y pides entendimiento; si la buscas como a la plata, como a un tesoro escondido, entonces comprenderás el temor del Señor y hallarás el conocimiento de Dios” (Proverbios 2:1-5). La secuencia y la relación de acciones diferentes, pero superpuestas, incluye aquí atesorar sus mandamientos, inclinar nuestro oído a la sabiduría, entregarnos de corazón a la inteligencia y pedir entendimiento para alcanzar así la comprensión y el conocimiento de Dios. Estos, pues, no se obtienen por casualidad y sin esfuerzo, sino que son el fruto de una sostenida y disciplinada disposición que debe renovarse todos los días. Se trata, entonces, de un proceso de búsqueda intencional, similar al de quien busca un tesoro. Ahora bien, este conocimiento no solo se refiere a hechos, conceptos o nociones estáticas, ꟷaunque los incluyaꟷ, sino a un conocimiento interpersonal dinámico, es decir el conocimiento mutuo que se da entre dos personas que cultivan entre ellos una relación y un trato personal entre sí. En este proceso, si bien Dios nos conoce desde siempre mejor que nosotros mismos, nosotros aprendemos a conocerlo a Él en una relación que nos lleva a vivir de una manera más ilustrada, fluida y convencida, según los principios divinos. La verdadera inteligencia se halla en esta búsqueda y en los frutos alcanzados a su sombra
Si la buscas como a la plata
"El conocimiento y la comprensión son resultado de inclinar dócilmente nuestro oído a la sabiduría y entregarnos de corazón a la inteligencia divina”






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