El favor inicial obtenido por Ester ante el eunuco Jegay, alto funcionario de la corte persa, según lo leemos: “Cuando se proclamaron el edicto y la orden del rey, muchas jóvenes fueron reunidas en la ciudad de Susa y puestas al cuidado de Jegay. Ester también fue llevada al palacio del rey y confiada a Jegay, quien estaba a cargo del harén. La joven agradó a Jegay y se ganó su simpatía. Por eso él se apresuró a darle el tratamiento de belleza y los alimentos especiales. Le asignó las siete doncellas más distinguidas del palacio y la trasladó con sus doncellas al mejor lugar del harén” (Ester 2:8-9), fue algo providencial que inició una serie de eventos perfectamente sincronizados para conducir a la salvación de Israel del más grande intento de genocidio planeado contra él que conoce la historia. Por eso, si bien éste es el único libro de la Biblia en que no se menciona a Dios expresamente en ningún momento, Su presencia a lo largo del relato en el trasfondo de la narración, propiciando y coordinando los tiempos y sucesos aparentemente fragmentarios, contingentes e inconexos, encadenándolos con miras al cumplimiento de sus buenos propósitos es evidente. Algo especialmente significativo, pues en realidad, ésta es la manera habitual en que Dios se manifiesta hoy a los creyentes y a la iglesia en general, sin perjuicio de las maneras en las que Su presencia se manifestaba a favor de la nación judía de un modo mucho más explícito y manifiestamente milagroso en medio de sus gestas y campañas en contra de los pueblos paganos con sus ídolos y costumbres disolutas contrarias a la ley
Se ganó su simpatía
“Si bien Ester es el único libro de la Biblia en que no se menciona a Dios, su sabia y sutil actividad providencial, tras bambalinas, es evidente”






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