El necio suele ser visceral e impulsivo, lo que lo lleva a tomar decisiones mal fundamentadas, sin considerar con cabeza fría las consecuencias, y cuando éstas se vuelven en su contra, busca a otros a quienes culpar en un comportamiento claramente irresponsable. En el propósito de buscar y elaborar excusas y pretextos para trasladar la culpa a otros sin reconocer sus errores y aprender de ellos, el necio llega a señalar a Dios como el responsable de su indeseable condición para evitar su deber de arrepentirse y humillarse delante de Él, como lo leemos en Proverbios 19:3 “La necedad del hombre le hace perder el rumbo y su corazón se irrita contra el SEÑOR”. George Berkeley lo expresaba así: “Primero hemos levantado la polvareda y luego nos quejamos de que no podemos ver”. Porque al obrar de este modo lo único que se logra es hundirse más en su condición y consolidar su necedad de tal modo que ésta lo termina definiendo y arrojándolo al orgullo, la frustración, el enojo y la amargura. La resistencia natural que los seres humanos experimentamos en términos generales hacia Dios al no reconocer nuestras culpas hace de todos nosotros en alguna medida personas necias. Por eso la sabiduría comienza por asumir la responsabilidad de nuestras decisiones junto con las consecuencias que conllevan. La persona sabia se muestra, entonces, humilde y con una disposición constante a aprender y reconocer sus equivocaciones, sin culpar a Dios o a los demás de su suerte, pues solo cuando tomamos plena responsabilidad por nuestras acciones encontraremos el favor de Dios
Primero hemos levantado la polvareda
"Una de las características del necio es que sus propias decisiones lo meten en problemas y luego termina culpando a los demás o a Dios de ellos”






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