El libro de Cónicas narra de nuevo el censo de David, por lo que cabe añadir algo a lo ya dicho al respecto. En este caso hay que llamar la atención a que el censo demuestra que una acción lícita puede quedar descalificada cuando procede de motivaciones e intenciones pecaminosas y desaprobadas, por tanto, por Dios. Porque los censos en sí mismos no estaban prohibidos en Israel, sino que eran y siguen siendo una prerrogativa legítima de los gobernantes, como David en este caso, siempre y cuando se siguieran los procedimientos establecidos en la ley para llevarlos a cabo. Pero todo da a entender que la desaprobación de Dios sobre el censo de David no se debió al censo en sí mismo, sino a la actitud secreta que motivó a David a llevarlo a cabo, que era la velada búsqueda de vanagloria personal. Actitud que su general Joab parece haber notado, a juzgar por su intento infructuoso de hacer desistir a David de su intención de hacerlo, sin tener más remedio luego que obedecer las órdenes con el siguiente desenlace: “Joab, hijo de Sarvia, comenzó a hacer el censo, pero no lo terminó porque eso desató la ira de Dios sobre Israel. Por eso no quedó registrado el número en las crónicas del rey David” (1 Crónicas 27:24). Así, pues, en el censo de David confluyen misteriosa e intrincadamente los pecados del pueblo con las actitudes igualmente pecaminosas y orgullosas que David también acariciaba en su interior para permitir y propiciar este censo que brindó a Dios la ocasión de disciplinar tanto a Su pueblo desobediente como al rey David al manifestar lo que albergaba su corazón
Por eso no quedó registrado
“El censo de David demuestra que una acción lícita y correcta puede llegar a ser pecaminosa al quedar manchada por motivos e intenciones incorrectas”






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