La profecía pronunciada por Jeremías sobre el pueblo de Moab es muy gráfica e ilustrativa, como podemos leerlo: “»Moab ha vivido en paz desde su juventud; ha reposado como el vino. No ha pasado de vasija en vasija ni ha ido jamás al exilio. Por eso conserva su sabor y no pierde su aroma” (Jeremías 48:11). Estas palabras se refieren al hecho de que, mientras que las naciones circundantes sufrían la invasión y el exilio, Moab permanecía segura en su ubicación apartada, como un vino que se ha dejado para que se asiente, pero no se ha trasvasado luego muchas veces a odres o envases nuevos, como debería, para purificarlo y dejar el sedimento y la turbiedad atrás. Como lo dice MacArthur, en este caso: “Moab no fue trasvasado de un sufrimiento a otro sufrimiento para que sus sedimentos amargos fueran quitados por el efecto purificador del dolor. En consecuencia, la nación quedó asentada en las impurezas y la amargura de su propio pecado, y el juicio de Dios venía para deshacerlos por completo”, como, en efecto, lo leemos enseguida: “Pero vienen días», afirma el Señor, «en que enviaré gente que moverá a Moab; vaciará sus vasijas y romperá sus cántaros. Entonces Moab se avergonzará de Quemós, como Israel se avergonzó de Betel en quien confiaba” (Jeremías 48:12-13), mostrando de este modo que, aunque no sea deseable ꟷpues el cristianismo no es masoquista ni sufrienteꟷ, sí es sufrido y entiende que, cuando se asumen constructivamente, las aflicciones de la vida tienen la capacidad de purificarnos y llevarnos a la madurez de carácter que Dios aprueba
No ha pasado de vasija en vasija
"La aflicción no es deseable, caso en el cual es síntoma de una patología, pero cuando tiene lugar de manera inevitable es reveladora y purificadora”






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