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Conferencias

Los libros canónicos discutidos de la Biblia

Y su inclusión final en el canon

En la conferencia de este mes estaremos considerando grosso modo los libros, tanto del Antiguo como del Nuevo Testamento que, no obstante ser reconocidos por la iglesia de manera relativamente temprana como constitutivos del canon aceptado de la Biblia recibido por toda la cristiandad, fueron sin embargo discutidos durante algún tiempo, identificando las razones por las cuales fueron discutidos y la manera en que finalmente se resolvieron las dudas alrededor de ellos, sin perjuicio ni menoscabo del hecho ya expuesto en otra conferencia anterior relativa a “El canon de las Escrituras. ¿Cómo llegamos a las Biblias de hoy?”, en cuanto a la evidente guía providencial de Dios por medio de Su Espíritu dirigiendo sutilmente este proceso histórico tan difícil y complejo para determinar en tiempo récord la canonicidad, y la consecuente inspiración divina y confiablidad atribuida a los libros de la Biblia tal y como se encuentran en nuestras Biblias actuales. Veremos también en el proceso el cuidado y la sabia discrecionalidad con que los judíos y la iglesia aplicaron los criterios de canonicidad, no necesariamente de una manera rígida y mecánica, sino con sensibilidad a las indicaciones del Espíritu, considerando algunas excepciones cuando había lugar a ellas, en el sentir que Dios colocaba en sus dirigentes alrededor de estos asuntos, mostrando una sabia flexibilidad que no implicaba concesión ni acomodación en ningún caso.

Comencemos, pues, por los libros del Antiguo Testamento cuya canonicidad fue discutida, entre los cuales el primero de ellos es el libro de Ester, debatido por los rabinos y dirigentes judíos durante el proceso de ratificación y cierre del canon del Antiguo Testamento durante el siglo I d. C. y con posterioridad al Concilio de Jamnia en el 90 d. C. (valga decir que, en lo que a mi respecta, Ester es mi segundo libro preferido del Antiguo Testamento, por las razones que expongo en el artículo: “Ester y el Dios que se esconde” en creerycomprender.com/ester/). La razón fundamental de que se haya cuestionado su canonicidad durante un tiempo es que en él nunca se menciona el nombre de Dios de manera explícita, aunque también se adujeron otras razones menores, todas las cuales fueron aclaradas y desestimadas en su momento.

Samuel Pagán las resume así: “Antes de formar parte del canon hebreo, los rabinos judíos debatieron mucho el carácter sagrado de la obra que, además de no mencionar directamente el nombre de Dios, justifica una fiesta profana y manifiesta cierto gusto por la venganza”. MacArthur también recoge el hecho de que “el autor ni algún participante se refieren a la ley de Dios, los sacrificios levíticos, adoración u oración”, lo cual se explica fácilmente debido a que el contexto en que se desarrolla la narración es el judaísmo de la dispersión bajo el imperio persa. Sea como fuere Samuel Pagán también nos informa que los debates alrededor de estos puntos trajeron como resultado que: “Posiblemente su aceptación definitiva en los círculos judíos se dio en el siglo III o IV d. C.”

La doctora Karen H. Jobes afirma al respecto: “El mensaje teológico de Ester se puede entender solamente dentro del gran contexto del canon bíblico. La canonización de Ester está estrechamente ligada a la canonización de los Escritos, la tercera sección de la Biblia hebrea, en la cual se halla, que pudo haber ocurrido en el siglo II a. C. La ausencia de mención alguna a Dios, así como a otros aspectos importantes del judaísmo hizo que su valor como libro canónico fuera cuestionado por la tradición judía y la cristiana. A pesar de ese cuestionamiento… En los primeros siglos de la iglesia cristiana, Ester fue aceptado casi universalmente por la iglesia occidental, y alcanzó su estatus canónico definitivo a finales del siglo IV”. A su vez, la Biblia de Estudio de Apologética declara: “Si bien la omisión del nombre de Dios es algo inusitado, el libro ofrece abundantes pruebas de una participación activa de Dios en cada acontecimiento. A decir verdad, no es imprescindible nombrar a Dios en forma explícita, puesto que el desenlace del libro es tan insólito que solo se explica a partir del reconocimiento de una providencial y misteriosa intervención divina”. Así, Ester fue finalmente aceptado por su fuerte afirmación de la providencia divina en la historia de Israel, providencia que se halla claramente implícita en la narración.

Continuamos con el libro del profeta Ezequiel. En relación con las discusiones a su alrededor para incluirlo en el canon, el erudito Henry Leopold Ellison nos informa que: “Ezequiel tiene un lugar incuestionable en la lista de Ben Sirá [es decir, en el libro deuterocanónico más conocido como el “Eclesiástico”. Ver conferencia: “Los libros apócrifos del Antiguo Testamento” en creerycomprender.com/los-libros-apocrifos-del-antiguo-testamento/] al comienzo del siglo II a. C.”, como podemos verificarlo en la espontánea referencia a él que se hace en Eclesiástico 49:8: Ezequiel tuvo una visión y describió los seres del carro de Dios”. Sin embargo Ellison también continúa informándonos: “pero hubo un movimiento en el siglo I d.C. para lograr que el libro fuese retirado del uso público. Para ello había tres razones. Algunos consideraban que el cap. 16 [con su descarnado lenguaje sexual] resultaba demasiado repugnante para su lectura en público; que el cap. 1 y sus paralelos [el que habla de las misteriosas y extrañas visiones de los cuatro “seres vivientes”] se usaban en peligrosas especulaciones teosóficas… [pero] sobre todo, numerosos detalles en los caps. 40-48 se consideraban contradictorios con respecto a la ley de Moisés, ya considerada inmutable”. Sin embargo, continúa diciéndonos: “Los esfuerzos de Hananías ben Ezequías, que resolvieron las aparentes discrepancias, garantizaron para Ezequiel una posición pública en el canon fariseo. Esta posición raras veces fue disputada”.

Samuel E. Almada también hace referencia a esto así: “Debido a la aparente contradicción con la ‘Torah’ y la oscuridad de sus visiones, los rabinos no permitían que se leyera su libro [es decir, el de Ezequiel] antes de haberse cumplido los treinta años… En el Talmud se dice que el rabino Hanaías gastó trescientos recipientes de aceite estudiando y dilucidando las páginas misteriosas de Ezequiel con vistas a la armonización de las discrepancias del texto para que la Sinagoga no lo declarara libro apócrifo”. En síntesis, el libro de Ezequiel fue discutido en cuanto a su armonización con el resto de la Torá, o la Ley, pero finalmente fue considerado canónico por el judaísmo rabínico tiempo antes de las deliberaciones canónicas del concilio de Jamnia, tomando su lugar definitivo en el Tanaj o la Biblia hebrea.​ El trabajo rabínico se centró en mostrar que no era contradictorio con la Ley y debía conservarse como inspirado, lo que condujo a su aceptación formal y tradicional.

En cuanto a las discusiones alrededor de la canonicidad del libro de Proverbios, el tercero en nuestra relación; las razones para cuestionar su canonicidad en la tradición judía, especialmente en los debates del período de Jamnia, tienen que ver principalmente con sus aparentes contradicciones internas y con frases que parecían no estar alineadas con la ley o la teología tradicional. Así, algunos rabinos consideraban que Proverbios, al centrarse tanto en consejos prácticos y sabiduría de vida, podía carecer de una suficiente dimensión teológica o inspirada, comparado con otros textos bíblicos.​ Al final, los rabinos adoptaron la posición de que los proverbios están diseñados para ser interpretados según el contexto, reconociendo que las aparentes contradicciones que se puedan hallar en él son una herramienta pedagógica orientada a la flexibilidad necesaria en la sabiduría aplicada a diferentes circunstancias. Además, la amplia aceptación de Proverbios en las sinagogas y su uso tradicional como parte del cuerpo de literatura sapiencial y ético favoreció su inclusión definitiva en el canon.​ Resumiendo, el libro de Proverbios fue cuestionado por sus aparentes contradicciones internas y su tono práctico, pero fue incluido definitivamente en el canon tras la interpretación rabínica que vio en sus variantes una expresión válida de la sabiduría divina adaptada a diferentes contextos, y por la fuerza de su tradición y uso litúrgico.

Continuando con nuestra lista de libros canónicos del Antiguo Testamento que fueron discutidos, encontramos el Eclesiastés, debatido en gran medida por razones similares a las mencionadas en relación con el libro de Proverbios, es decir, por razones relacionadas con ciertas prevenciones hacia la literatura sapiencial en general, que encontró alguna resistencia entre los rabinos por su carácter más práctico que teológico y su falta de referencias explícitas a la Ley tan reverenciada por los rabinos y los judíos en general. Craig G. Bartholomew nos dice al respecto: “En la Biblia hebrea, Eclesiastés pertenece a los Escritos (la tercera sección de la Biblia hebrea), y puede que su aceptación como Escritura se remonte al siglo II a.C. Dada la presencia en Eclesiastés de algunas afirmaciones radicales, no sorprende que algunos rabinos del siglo I d.C. dudasen de su canonicidad. A pesar de este cuestionamiento, el punto de vista que consideraba a Eclesiastés como Escritura autoritativa acabó imponiéndose entre los eruditos judíos. En los primeros siglos de la iglesia cristiana, Eclesiastés parece hacer sido aceptado universalmente como libro canónico”.

Así, los rabinos pensaban encontrar en este libro, como en Proverbios, algunas aparentes contradicciones internas, un tono escéptico y pesimista en cuanto al provecho y el sentido de la actividad humana en este mundo que les incomodaba un poco y ciertas expresiones que parecían alejarse de la ortodoxia religiosa judaica. Hay que tener en cuenta que el debate alrededor del Eclesiastés es menor que el que se da en relación con Ester e incluso con Proverbios, al punto que Samuel Pagán nos informa que: “La autoridad canónica del libro no fue muy cuestionada entre los estudiosos judíos ni tampoco entre los cristianos. Parece que ya para el siglo II a.C. ya hay alguna evidencia de su reconocimiento en los diálogos de los rabinos; posteriormente las iglesias cristianas hicieron lo propio con Eclesiastés”. Así, pues, las dudas alrededor de él eran de sectores minoritarios.

Dudas que fueron superadas al interpretar el Eclesiastés como el registro del viaje intelectual y espiritual de “Kohelet” o “el predicador”, designación dada a su autor a quien se identifica tradicionalmente con el rey Salomón, y que sus juicios opuestos son pasos en la búsqueda de la verdad, resueltos finalmente al concluir que la piedad y el temor a Dios son esenciales.​ El epílogo es considerado completamente ortodoxo y tranquilizó las suspicacias de quienes lo cuestionaban “Teme a Dios y guarda sus mandamientos… esto es el todo del hombre”, (Eclesiastés 12:13), pasaje asumido como la concluyente clave de interpretación que lo legitima y enmarca dentro de la ortodoxia judía. En otras palabras, los rabinos decidieron que el mensaje final redime las reflexiones escépticas del libro.​ Además, el prestigio de Salomón, considerado su autor, y el uso tradicional en las festividades judías, así como los fragmentos encontrados en Qumrán, ayudaron a consolidar su lugar en el canon.​

Resta por considerar las objeciones presentadas al último de los libros de nuestra lista en lo que tiene que ver con el Antiguo Testamento: el libro del Cantar de los Cantares. David Allan Hubbard aborda así este asunto: “La Misná [una sección del Talmud judío]… parece indicar que Cantares no fue aceptado sin discusión. Después de aceptar un veredicto afirmativo por el rabí Judá y una opinión negativa del rabí José, el rabí Akiba afirma la canonicidad de Cantares en términos superlativos: ‘El mundo entero no vale lo que vale el día en que le fue entregado a Israel el Cantar de los Cantares; todos los Escritos son sagrados [se refería a la tercera sección del canon judío en la que el Cantar también se encontraba], y el Cantar de los Cantares es el lugar santísimo…”. Los términos tan enfáticos e inusuales en que el rabí Akiba afirma aquí la canonicidad de este libro negando así de tajo la posibilidad de objetarla, es de todos modos una evidencia de que había objeciones a ello que este pronunciamiento buscaba acallar.

Continúa Hubbard informándonos: “Es indudable que la resistencia a canonizar Cantares estriba en su carácter erótico”, añadiendo no obstante que: “La mencionada resistencia fue neutralizada por la tradicional paternidad salomónica y por las interpretaciones alegóricas rabínicas y cristianas que elevaron los poemas a un nivel muy por encima del sensual”. También Alfonso Ropero nos dice que: “El libro entró a formar parte del canon no sin discusiones y controversia, un eco de las cuales se encuentra en la ‘Mishnah’… Rabí Akiba… habla severamente de aquellos que sacarían el libro del canon sagrado, por considerar que no es obra inspirada por Dios, sino como la composición de un poeta meramente sensual”. Y aunque sea un argumento menor, algunos también lo cuestionaron, al igual que al libro de Ester, por no mencionar directamente a Dios en su texto. En síntesis, el Cantar de los Cantares fue cuestionado por su lenguaje sensual, por su falta de doctrina explícita y por no mencionar expresamente el nombre de Dios, pero fue aceptado por los rabinos y los cristianos gracias a su interpretación alegórica como expresión del amor divino entre Dios y su pueblo o entre Cristo y la iglesia respectivamente, por el apoyo de figuras respetadas como Akiba, por el hecho de ser apreciado y utilizado  litúrgicamente y por la tradicional identidad de Salomón como su autor.

En cuanto a los libros del Nuevo Testamento podemos enumerar a siete, llamados por Eusebio de Cesarea, el primer historiador de la Iglesia, “antilegomena” o escritos discutidos, pero no rechazados. El primero que comentaremos es la epístola a los Hebreos. Donald Guthrie se refiere así a su canonicidad: “Esta epístola tuvo una historia temprana interesante, en la que occidente en general se mostró más reacio a aceptarla que oriente. Mediante la influencia de Orígenes las iglesias orientales llegaron a aceptarla, mayormente sobre la base de su paternidad paulina. Más a pesar de que ciertos Padres de la iglesia primitiva occidental la usaban (Clemente de Roma y Tertuliano), sufrió un periodo de eclipsamiento, hasta la época de Jerónimo y Agustín, por quienes fue plenamente aceptada, y la opinión de estos últimos resolvió la cuestión para las iglesias occidentales”.

A su vez, Harmut Beyer comenta que: “La falta de conocimiento acerca de la paternidad literaria de Hebreos dificultaba considerablemente su reconocimiento oficial, y en realidad, tal fue la única razón seria para el surgimiento de algunas dudas… Pero en el fondo, nadie en la larga historia de la Iglesia quiso jamás negar la importancia espiritual de la carta a los Hebreos, especialmente en las comunidades orientales. Este documento siempre fue de mucho valor para los creyentes y la cristiandad. Fue estimado y leído en las iglesias de los primeros siglos, precisamente por la autoridad inherente que tenía, por su contenido valioso, verdadero, y evidentemente inspirado”.

Buist M. Fanning declara al respecto: Las primeras opiniones en cuanto al autor de Hebreos fueron variadas… lo que, como es natural, dificultó el reconocimiento temprano de su canonicidad. La obra no aparece en el Canon de Mura tori (de finales del siglo II, en occidente), pero la iglesia oriental la aceptó mayoritariamente. La encontramos en uno de los manuscritos en papiro más antiguos e importantes (P46), junto con ocho de las epístolas de Pablo (ca. 200 d. C.). En occidente, las dudas en cuanto a su canonicidad se disiparon con el paso del tiempo, dada su evidente ortodoxia y lo extendido de su uso en la iglesia oriental”. Así, pues, resumiendo, la epístola a los Hebreos fue cuestionada, sobre todo, por su autoría desconocida y por su recepción desigual por parte de la iglesia oriental y la occidental, pero fue finalmente aceptada por su contenido teológico, su tradición viva en la Iglesia y el amplio y temprano uso litúrgico, siendo, entonces, confirmada como canónica en el siglo IV por la Iglesia universal.    

Continuamos con la epístola de Santiago, que comparte con la de Hebreos algunas de las razones para la discusión de su canonicidad. Peter Hugh Davids nos informa: A causa de la incertidumbre sobre la identidad del autor… esta epístola no gozó de aceptación general en Occidente hasta el s. IV”, añadiendo luego: “la atribución de Lutero a algún Jacobo desconocido fue resultado de la desvalorización dogmática de la obra como una ‘epístola bastante floja (de paja)’, ya que aparentemente contradecía a Pablo en lo concerniente a la justificación”. Elsa Tamez, a su vez, sostiene: “Santiago ha sido una carta menospreciada por su poco aporte a la cristología. Esto se debe a que se lee con las lentes del apóstol Pablo, y a las palabras del reformador Martín Lutero que la calificó como «epístola de paja»”, por su énfasis en la importancia de las obras que parecía difícil de armonizar con la doctrina típicamente paulina de la justificación por la fe, emblema de la Reforma Protestante.

Pero si bien la Epístola de Santiago fue puesta en duda en algunos momentos de la historia de la Iglesia, terminó siendo plenamente aceptada como canónica. Las objeciones se centraron, en su momento, en su escasa recepción temprana, pues en los primeros siglos fue poco citada y no aparece claramente en algunos de los catálogos o listas más antiguas (por ejemplo, el ya mencionado Canon de Mura tori), así como las dudas sobre su autoría y su énfasis en las obras. Pero estas dudas se resolvieron con el reconocimiento de su origen apostólico al ser atribuida finalmente a Santiago, el hermano del Señor y también jugó a su favor que, al igual que lo sucedido con la epístola a los Hebreos, la Iglesia oriental la aceptó con menos reservas; a que a partir de Jerónimo y Agustín se consolidara también su reconocimiento en Occidente; y a que la aparente oposición entre fe y obras se pudo resolver y conciliar de una manera más que satisfactoria, viéndolas, no como opuestas, sino como complementarias.​ Además, su fuerte énfasis ético (dominio de la lengua, justicia hacia los pobres, paciencia en la prueba, oración comunitaria) fue visto como plenamente coherente con la enseñanza de Jesús y del resto del Nuevo Testamento.​

Pasamos ahora a la Segunda Epístola del apóstol Pedro. Juan Carlos Cevallos recoge así con algo de detalle las discusiones sobre su canonicidad: Sin duda esta epístola es la más debatida respecto a su paternidad literaria y a su lugar dentro del canon así como en la comunidad cristiana del primer siglo… desde la edad de los Padres hubo dudas acerca de su autoría. Orígenes fue el primero que mencionó a Pedro como autor de la Primera, pero afirmó que en cuanto a la Segunda había disputa. No dice cuáles eran las causas de esta discusión, pero parece que no eran suficientemente importantes como para consagrarle su atención. Sobre otras citas tempranas de esta carta hay muy poco que decir, pues quienes afirman emplear 2 Pedro, pueden utilizar otras fuentes. El descubrimiento de los manuscritos gnósticos de Nag Hammadi (siglo II) nos ayuda a entender el problema, pues el grupo herético de aquella localidad tenía 2 Pedro como texto normativo, y parece que era abundantemente conocido en su seno. Ninguna de las epístolas de Pedro aparecen en el canon de Muratori (siglo II), pero este documento es fragmentario y no dice, como sí hace con otros escritos, que sean falsas. Eusebio colocó 2 Pedro en la lista de los libros discutidos, pero tampoco la incluye entre los falsos. El Canon Siríaco del siglo IV la excluye, aunque teólogos tempranos de la iglesia de Siria la aceptaban”.

El teólogo y apologista Michael Green se refiere también con estas palabras a la ambivalencia en la aceptación de la canonicidad de esta epístola: “A principios del s. III Orígenes lo cita por nombre por primera vez [es decir, a Pedro como su autor], y menciona al mismo tiempo las dudas al respecto, aunque él mismo lo acepta. Así lo hace también Jerónimo, mientras que Eusebio expresa dudas. Luego de su inclusión en la carta festiva de Atanasio en 367 d. C. y su ratificación por el concilio de Cartagena en el 397, su posición en el canon permaneció incuestionada”. En cuanto a si fue o no citada favorablemente por los padres de la iglesia en documentos tempranos, añade: “Aunque antes de Orígenes no se la había mencionado por el nombre, fue utilizada mucho antes. Clemente de Alejandría la incluyó en su Biblia; Valentino en el “Evangelio de la Verdad’ [un evangelio gnóstico]; Arístides en su ‘Apología’ (129 d.C.), y Clemente de Roma (ca. 95 d.C.) parecen aludir a ella… Por ello muchos de los eruditos… consideran, no obstante, que la atestiguación externa [sobre la autoría del apóstol Pedro] es suficiente”.

Sin duda, la Segunda epístola de Pedro fue uno de los escritos del Nuevo Testamento cuya canonicidad se discutió más tiempo, sobre todo ꟷcomo también sucedió con las epístolas de los Hebreos y la de Santiago en mayor o menor gradoꟷ, por dudas acerca de su autoría y por su recepción desigual en la Iglesia antigua. Pero finalmente se aceptó, principalmente porque la tradición que la vinculaba al apóstol Pedro terminó imponiéndose, y por su enseñanza ortodoxa y su uso constante en las iglesias. Por cierto, la epístola de Judas, muy relacionada con la Segunda epístola de Pedro en su contenido, es también otro de los libros del Nuevo Testamento cuya canonicidad fue discutida, así que aprovechemos para ocuparnos de ella.

F. F. Bruce se refiere a ella así: Tenemos expresas referencias a la epístola [de Judas] a fines del s. II en la lista muratoria y otras partes; pero hay probables alusiones a ella en fecha más temprana en el mismo siglo, en la ‘Didajé’ y en el ‘Pastor de Hermas’. Aunque durante mucho tiempo se disputó su canonicidad, podemos alegrarnos de que finalmente fue establecida, porque (como dice Orígenes) ‘si bien consiste en unas pocas líneas, está llena de portentosas palabras de gracia celestial’”. Juan Carlos Cevallos también se pronuncia al respecto de este modo: “Los primeros creyentes estaban divididos acerca de la aceptación de este escrito dentro del canon. Sus pocas referencias pueden explicarse por ser pequeño. Como hemos dicho, el Canon Muratori lo menciona, lo mismo que Tertuliano y Clemente de Alejandría… También a finales del siglo II lo cita Atenágoras. Aunque muchos no rechazaron esta carta, se planteaban preguntas acerca de su empleo de escritos extra canónicos: ‘La Asunción de Moisés’ y ‘1 Enoc’. Eusebio clasificó a Judas en la categoría de libros en disputa… El hecho de citar dos obras evidentemente pseudoepigráficas (vv. 9 y 14) [es decir, las ya mencionadas Asunción de Moisés y 1 Enoc] ha hecho que varios duden de su canonicidad. [pero] No es el único autor que lo hace; ya Pablo había citado poetas paganos… y un ‘midrash’ judío. Todas estas citas servían para ilustrar argumentos, pero en ninguno de los casos se pretendía su inspiración. Posiblemente Judas actuó en esta línea”.

Así, pues, la epístola de Judas fue cuestionada por su brevedad, por su difusión limitada, pero sobre todo por sus citas de textos apócrifos, pero fue aceptada tras recibir aprobación en diversos concilios, por la defensa que los Padres de la iglesia hicieron de ella junto con el reconocimiento de su ortodoxia e importancia doctrinal, interpretándose y estableciendo de paso el principio de que las citas de textos extrabíblicos no comprometen la inspiración y canonicidad de un libro de la Biblia. Además, tenía gran similitud en su contenido y temas abordados con la Segunda Epístola de Pedro, como ya lo hemos mencionado, todo lo cual pesó finalmente a su favor.

Entremos ahora en el tratamiento de la Segunda y la Tercera epístola del apóstol Juan. Harmut Beyer es muy amplio y detallado al abordar el debate alrededor de su canonicidad así: Debido a la brevedad y el carácter personal de 2 y 3 Juan, parece que al principio estas cartas no circulaban mucho para ser leídas en otras iglesias, y por las mismas razones no fueron citadas con frecuencia. Es comprensible entonces que no pudieran alcanzar el mismo nivel de importancia que otros libros canónicos, y que con el paso de los años surgieran dudas en torno a su paternidad literaria, dado que no se menciona el nombre del autor. Como es sabido, la autoridad apostólica era una de las razones principales para recibir un escrito en el canon. Existen documentos que desde muy temprano corroboran la paternidad literaria de Juan y la canonicidad de las cartas: se encuentran pequeñas alusiones en algunas epístolas de los Padres Apostólicos (Policarpo, Ignacio). La primera mención clara de que había más de una carta de Juan se encuentra en los escritos de Clemente de Alejandría (150-215), que también nombra ‘la segunda carta de Juan’. En la misma época, Ireneo (130-202) cita cuatro versículos de 2 Jn., confirmando a la vez la paternidad literaria del Apóstol en relación con las 3 cartas. El Canon Muratoriano (180) menciona las cartas como auténticas… También Orígenes (185-254) menciona varias cartas del apóstol Juan; sin embargo, añade que algunos dudaban de su autenticidad. Eusebio (alrededor del año 330)… coloca las cartas en el grupo de los documentos en disputa… No obstante, ‘en disputa’ no quiere decir ‘dudosos’, porque este grupo de documentos se componía de libros bien conocidos y reconocidos por la mayoría de los cristianos, como aclara Eusebio explícitamente… Definitivamente fueron aceptadas como parte del canon del NT en los concilios de Cartago (397) e Hipona (393)”.

En resumen, la Segunda y la Tercera epístolas de Juan (no así la Primera) fueron cuestionadas por su brevedad y carácter claramente coyuntural, que trajo como consecuencia su limitada circulación inicial y por la fórmula “el anciano” con la que su autor se identifica, que se presta a confusión por las referencias de algunos padres de la Iglesia, como Papías, a otro dirigente de la iglesia identificado como “el anciano”, también de nombre Juan. Pero ambas fueron aceptadas finalmente por su estilo y teología joánicos (es decir, propias del apóstol Juan), por su vínculo tradicional y aceptado con el apóstol Juan y por su inclusión definitiva en las listas canónicas del siglo IV, tras un uso constante de ellas en la vida de la Iglesia. Resta ahora por considerar el último de los libros discutidos del Nuevo Testamento, asociado también a este apóstol. Las discusiones alrededor del libro del Apocalipsis.

David Casado Cámara, autor de varios libros sobre el Apocalipsis, se refiere a la canonicidad discutida de este libro de esta manera: “Ap. es el último libro del NT. Lo es en el índice y lo fue en su fecha de admisión por todas las iglesias. A pesar de que los primeros Padres, tanto griegos como latinos, le concedieron por unanimidad la autoridad apostólica ꟷuno de los requisitos establecidos para formar parte del canonꟷ, la realidad es que pronto surgieron voces que la discutieron por la íntima asociación que el milenarismo antiguo estableció con los placeres materiales. La afirmación de su canonicidad está documentada a partir del siglo II. Padres, códigos y concilios se pronunciaron a su favor; sin embargo, tampoco faltan los testimonios de quienes se manifestaron en su contra. Por eso, Eusebio, al pasar revista a la situación de los escritos canónicos y no canónicos incluye el Ap. en un grupo intermedio entre los canónicos y el de ‘los publicados por los herejes bajo los nombres de los apóstoles’… Aún más, a finales del siglo IV el Concilio Cartaginense I, plenario de África lo incluyó en el canon, pero advirtiendo en una nota que para la confirmación del mismo debía consultarse a la Iglesia de Oriente, no siendo hasta el siglo VI que las iglesias de Siria y lo aceptaron definitivamente como parte del canon”.

En efecto, al igual que lo sucedido con la Segunda y Tercera epístola de Juan, la autoría apostólica del Apocalipsis se consideró dudosa (y aún hoy se sigue considerando así en algunos círculos académicos de tendencia liberal). Pero en el peor de los casos, si su autor no es el apóstol Juan, sino otro Juan diferente, se considera que este Juan estaba estrechamente relacionado con el apóstol y debía ser su discípulo. La dificultad en su aceptación universal también pasa por el hecho de la incomprensión que en ese entonces existía alrededor del género apocalíptico como un género literario propio de la cultura judía, lleno de símbolos y visiones, pues en ese entonces no había sido estudiado y era, por tanto, polémico y difícil de entender, lo que generó rechazo y cautela en algunas comunidades, pues se temía que pudiera inducir a malas interpretaciones o sectarismos. De hecho, el Apocalipsis estuvo asociado a movimientos controvertidos, por lo que algunos sectores (como los cristianos en Siria) lo rechazaron porque grupos montanistas usaban el Apocalipsis para validar sus profecías, lo que llevó a un rechazo por asociación.​

Por todo lo anterior, al igual que lo sucedido con otros de los libros discutidos que hemos considerado ya, su recepción fue desigual por parte de la iglesia antigua entre los sectores orientales y occidentales. De cualquier modo, se le terminó reconociendo su carácter apostólico y profético asociado al apóstol Juan, a quien se confirmó tradicionalmente como su autor o, por lo menos, alguien cercano a él, cuya autoridad era aceptada, y el libro se consideró profético y parte de la revelación divina. Además, a pesar de las dificultades, el Apocalipsis tuvo siempre un lugar en la liturgia de muchas iglesias cristianas por su mensaje final de esperanza y victoria en Cristo, lo que ayudó a consolidarlo como escritura inspirada.​ Por último, se reconoció la necesidad de interpretar el Apocalipsis con prudencia teológica, pero sin rechazar su inspiración, entendiendo que la Escritura es una unidad y el Apocalipsis es su culminación profética.​

Resumiendo y como pudimos verlo, un aspecto común a un buen número de los libros discutidos del canon, tanto del Antiguo como del Nuevo Testamento, fue la dificultad en establecer con suficiencia y más allá de la duda razonable su autoría tradicional que lo vincula a un personaje reconocido y respetado por su piedad y autoridad, ya sea del Antiguo como del Nuevo Testamento. Un criterio de canonicidad fundamental que, en algunos contados casos, tanto los judíos como la iglesia estuvieron dispuestos a no darle tanto peso y a admitir algunas dudas sobre su autoría que se veían de todos modos compensadas por otros aspectos de los libros considerados que los llevaron a utilizarlos y a reconocer su canonicidad después de un tiempo de discusión alrededor de ellos. En relación con los libros del Antiguo Testamento el llamado “Concilio de Jamnia” en el 90 d.C., que no fue en realidad un concilio formal y autoritativo del judaísmo, pero que de todos modos es un referente obligado en relación con el canon del Antiguo Testamento, nos permite saber que en ese momento estaban en discusión con toda seguridad: Eclesiastés y el Cantar de los Cantares, y en menor medida, Proverbios y Ester, pues las discusiones sobre Ezequiel ya estaban superadas para este entonces. Sea como fuere, todos los libros del Antiguo Testamento discutidos gozaron ya con toda seguridad de la aceptación universal dentro del canon del Antiguo Testamento a más tardar en el trascurso del siglo II d. C.

Y en cuanto a los libros discutidos del Nuevo Testamento, dos momentos históricos son los principales puntos de referencia en cuanto a dejar constancia, por una parte, de su carácter discutido y por otra, de su aceptación universal como libros canónicos, autoritativos e inspirados. En el primero momento se destaca el varias veces citado “Fragmento de Muratori” que data aproximadamente del 170 al 180 d. C., que menciona explícitamente los libros aceptados y los discutidos, indicando algunos de los que en ese entonces eran debatidos, o en algunos casos, sin siquiera incluirlos o mencionarlos. Este catálogo reconoce la mayoría de los escritos del Nuevo Testamento, pero señala que algunos textos como Hebreos, Santiago, 2 Pedro, 2 y 3 Juan, Judas y Apocalipsis eran discutidos y no eran universalmente aceptados, lo que nos permite saber que hubo debate real en la iglesia primitiva sobre estos libros.​

También forman parte de este primer momento los testimonios de Padres de la iglesia respetados como Orígenes, Eusebio y Jerónimo que comentan explícitamente cuáles libros eran “antilegómena”, es decir, discutidos, y cuáles eran “homologoumena”, es decir reconocidos por todos. Estos documentos son los que ofrecen el principal referente histórico acerca de la existencia y naturaleza de estos debates. Y el segundo momento está representado por los concilios ecuménicos y regionales que fijaron el canon en el curso de los siglos IV al V d. C. Entre ellos se destacan el testimonio de Atanasio de Alejandría en su Carta Pascual del 367 d.C. y los concilios regionales de Hipona (393 d.C.) y los de Cartago (397 y 419 d.C.), así como la práctica litúrgica universal que los utilizaba ya sin reservas, marcando así el momento en que la iglesia en pleno aceptó oficialmente todos los libros discutidos como parte del canon del Nuevo Testamento y en que su recepción se consolidó, superando las discusiones tempranas y estableciendo el canon de 27 libros que reconocerían todas las ramas del cristianismo histórico hasta hoy.

Arturo Rojas

Cristiano por la gracia de Dios, ministro del evangelio por convicción y apologista por vocación. Hice estudios en el Instituto Bíblico Integral de Casa Sobre la Roca y me licencié en teología por la Facultad de Estudios Teológicos y Pastorales de la Iglesia Anglicana y de Logos Christian College. Cursé enseguida una maestría en Divinidades y estudios teológicos en Laud Hall Seminary y, posteriormente, fui honrado con un doctorado honorario por Logos Christian College.

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