Y los evangelios gnósticos
Para la conferencia de este mes tomaremos como punto de partida el contenido de una de las primeras conferencias publicadas en el blog de Creer y comprender, titulada “Cristianismo y gnosticismo”, conferencia en la que adoptamos de manera calculada e intencional un incisivo tono crítico, pues su tratamiento así lo ameritaba en el contexto de la controversia desatada por el pensamiento secular anticristiano al pretender cuestionar con ligereza sensacionalista la veracidad y confiabilidad de los evangelios canónicos: Mateo, Marcos, Lucas y Juan, en favor de los evangelios gnósticos, como si los primeros fueran falsos y estos últimos los veraces. Pero ahora, más allá del calor de la controversia, corresponde emprender una evaluación más ponderada y desapasionada del tema; una vez más en ejercicio de la exhortación paulina de examinarlo todo aferrándonos a lo bueno, incluso en contextos en que lo malo, lo censurable y lo condenable sea lo que termine prevaleciendo u ocupando el primer plano, como lo es tal vez en este caso. Porque nos referimos a los evangelios apócrifos, y dentro de ellos más exactamente a los evangelios gnósticos encontrados en la Biblioteca de Nag Hammadi en Egipto en el año 1945.
Antes de abordar este descubrimiento, es bueno recapitular de forma compendiada las afirmaciones en tono polémico alrededor de los evangelios gnósticos en general hechas en la conferencia citada. Allí argumentábamos que todos los investigadores serios y rigurosos están de acuerdo en que los evangelios gnósticos son documentos tardíos de la segunda mitad del siglo II y comienzos del III d. C., a diferencia de los evangelios y demás escritos del Nuevo Testamento, todos ellos del primer siglo. Como tales, representan un entendimiento muy particular del cristianismo procedente de un movimiento religioso y filosófico muy diverso, pero minoritario en la iglesia, ya existente en el pensamiento griego de la época, englobado bajo el nombre de “gnosticismo”, que infiltró a la iglesia desde el primer siglo y que, una vez identificado, combatido y expulsado de ella, continuó durante un tiempo como un movimiento disidente del cristianismo ortodoxo que pretendía ser el verdadero representante del cristianismo original.
Además de ser documentos comparativa y significativamente tardíos en relación con los escritos del Nuevo Testamento, el retrato de Cristo provisto por estos evangelios no sólo difiere y contradice en algunos casos el retrato unificado que los evangelios canónicos nos brindan de Él, sino que también se contradicen entre sí y para todo lector desprevenido y desprejuiciado se perciben como relatos fantasiosos, áridos y de difícil comprensión, muy alejados de la sobriedad exhibida por los cuatro evangelios canónicos y, dado su talante esotérico y hermético, eran de carácter elitista, pues la comprensión cabal de sus doctrinas estaban reservadas a unos pocos entre sus iniciados, por contraste con el cristianismo que era de conocimiento público, abierto, incluyente y no discriminatorio.
Retomando lo relativo al descubrimiento de la Biblioteca de Nag Hammadi en Egipto en el año 1945, éste es uno de los hallazgos arqueológicos más importantes del siglo XX en el campo de los estudios bíblicos y del cristianismo primitivo. Su descubrimiento, al igual que el de los rollos del Mar Muerto, también fue casual y no exento de vicisitudes y estuvo a cargo de un campesino de nombre Muhammad al-Samman, quien encontró una jarra sellada de cerámica enterrada en una cueva del desierto. Dentro había trece códices de papiro encuadernados en cuero, escritos en copto (la lengua egipcia derivada del griego). Estos códices datan aproximadamente del siglo IV d.C., aunque los textos que contienen son más antiguos, probablemente redactados originalmente en griego entre los siglos II y III d. C., como ya lo hemos señalado.
Es de todos reconocido que estos escritos son de carácter gnóstico, es decir, pertenecientes a movimientos nominalmente cristianos y precristianos que enfatizaban el conocimiento secreto (gnosis), y no la fe, como medio de salvación. Entre los textos más destacados se encuentran los siguientes evangelios: el de Tomás, el de Felipe, el de la Verdad, el evangelio apócrifo de Juan y el de los Egipcios, entre otros. Así, los evangelios gnósticos de Nag Hammadi reflejan, sin duda, una diversidad teológica dentro del cristianismo primitivo. Diversidad que representó peligros para la sana doctrina, circunstancia que llevó, a la postre, a la generalidad de las iglesias a rechazarlos debido básicamente a que, con todo y su diversidad de contenidos muy difíciles de conciliar, todos ellos tenían, sin embargo, los siguientes rasgos comunes contrarios al cristianismo ortodoxo que permitían agruparlos como parte del mismo movimiento que distorsionaba los hechos cristianos.
En primer lugar, negaban o reinterpretaban la encarnación y la resurrección corporal de Cristo en clave espiritualizada, es decir sin involucrar verdaderamente el componente físico y material de carne y hueso (esto es lo que se conoce como la herejía docetista). En consecuencia, consideraban el mundo material como una creación defectuosa de un ser inferior (el Demiurgo de los griegos) y no del Dios supremo. Y además, promovían una salvación por conocimiento (gnosis) y no por fe ni por gracia. No es pues extraño que todo esto los llevará a ser considerados heréticos por los Padres de la Iglesia (como Ireneo, Hipólito y Tertuliano), quienes combatieron activamente el gnosticismo en los siglos II y III. Al respecto F. García Bazán nos informa: “El gnosticismo chocó con la iglesia en su visión negativa de la realidad natural y su consecuente desprecio, así como en su configuración elitista o excluyente frente al universalismo que proclamaba la Iglesia. Por otro lado, el Cristo gnóstico es presentado a veces como un ser espiritual que no padece realmente, sino solo en su envoltorio humano. Tampoco habría resucitado corporalmente”.
Un factor adicional relativo al gnosticismo tal y como se presenta en sus propios escritos, que coincide con la descripción que de ellos hacen sus detractores ꟷlos apologistas cristianos de los primeros siglosꟷ, es su moral, que también difiere de la moral clásica del cristianismo. En el libro en el que recoge los contenidos traducidos al español de cinco de los evangelios gnósticos, César Vidal lo expresa de este modo: “para la gnosis, la moral carecía de la importancia esencial que tiene en el judaísmo y en el cristianismo y que, a través de ellos, se ha filtrado, secularizada y transformada, en la cultura occidental. No se puede negar que un punto de vista así resultaba lógico. Si el hombre estaba preso en un cuerpo material, ¿cómo podía responsabilizarse de sus actos? Por ello, la gnosis iba a ofrecer ejemplos de comportamiento… tan diversos como el ascetismo riguroso de maniqueos o mandeos, codificado de manera meticulosa y legalista, o la justificación de la orgía más licenciosa con el argumento de que no se podía juzgar, y mucho menos condenar, lo que hacía el miserable cuerpo material cuando lo importante era el espíritu”.
Dentro de los evangelios gnósticos encontrados en Nag Hammadi, destaca entre todos ellos el evangelio de Tomás, una colección de 114 dichos atribuidos a Jesús, un significativo número de los cuales no aparecen en los evangelios canónicos. Estos dichos carecen de contexto narrativo, a diferencia de lo que sucede con los evangelios canónicos. Es considerado el más antiguo de los evangelios gnósticos, datado en la primera mitad del siglo II, probablemente alrededor del 140 d.C. En relación con los dichos atribuidos a Jesús en él contenidos, F. García Bazán nos informa acertadamente que: “En parte se parecen literalmente a los evangelios canónicos, especialmente a los sinópticos, y en parte también a los evangelios apócrifos y escritos maniqueos y gnósticos. En él no existen partes narrativas o anécdotas sobre la vida y obra de Jesús, sólo consta de 117 proverbios y cortos diálogos en donde se recogen las enseñanzas más significativas atribuidas al Maestro. No se dice nada del nacimiento de Jesús, de su muerte o de su resurrección”.
Sea como fuere, su antigüedad y la coincidencia en muchos de sus dichos y diálogos breves con los que se recogen en los evangelios canónicos de Mateo, Marcos y Lucas ha hecho que se le dedique más atención, al punto que un pequeño grupo de eruditos mediáticos conocidos como el “Seminario Jesús” ꟷque marchan en esto en contravía con la mayoría del resto de eruditos bíblicos de hoyꟷ, le han terminado confiriendo en la práctica mayor credibilidad a Tomás que a los mismos evangelios canónicos. Este grupo heterodoxo y excepcional de estudiosos ha considerado al evangelio de Tomás como una fuente valiosa ꟷcasi tan importante como los evangelios sinópticosꟷ para estudiar al Jesús histórico. Argumentaban para ello que algunos dichos de este evangelio podrían preservar formas más antiguas o independientes de las palabras de Jesús, menos “teologizadas” que las versiones canónicas. De hecho, el “Seminario Jesús” incluyó el evangelio de Tomás como el “quinto evangelio” en su obra The Five Gospels (Los Cinco Evangelios), junto a los cuatro evangelios canónicos (Mateo, Marcos, Lucas y Juan).
Si bien el evangelio de Tomás fue adoptado por el “Seminario Jesús” como una fuente alternativa y complementaria a los evangelios canónicos para reconstruir las palabras auténticas de Jesús, su valor como testimonio histórico es altamente debatido fuera de ese círculo. Lo cierto es que el grueso de la erudición bíblica no apoya plenamente las conclusiones del Seminario Jesús. Este proyecto, aunque influyente y mediático, ha recibido fuertes críticas metodológicas, históricas y teológicas de la mayoría de expertos en Nuevo Testamento y cristología, cuestionando sus conclusiones y señalando que producen una imagen de Jesús artificial y descontextualizada respecto al judaísmo y, al decir del erudito Gregory Boyd, este “Seminario” no es más que el último brote anacrónico y algo extemporáneo de los mismos prejuicios antinaturalistas de la teología liberal del siglo XIX. La mayoría de expertos considera que el “Seminario Jesús” desestima injustificadamente la transmisión oral y la fiabilidad histórica de los evangelios canónicos, dando preferencia inexplicable a fuentes secundarias como el Evangelio de Tomás para llegar a conclusiones altamente especulativas que no reflejan el consenso académico.
Pasando al segundo de los evangelios gnósticos de Nag Hammadi, el evangelio de Felipe, en la introducción a su traducción de este evangelio, César Vidal nos da una síntesis crítica pero veraz de su contenido: “El evangelio de Felipe constituye una colección de temas teológicos abordados desde una perspectiva gnóstica, muy posiblemente de corte valentiniano (Valentín y Basílides son los dos dirigentes gnósticos más destacados y conocidos en la historia de la iglesia primitiva]… Por la manera en que se articula su teología, podemos ver que el autor conoce bastante bien el Nuevo Testamento, del que no sólo cita las obras de Juan sino también a los otros evangelistas, e incluso a Pablo, pero tiene una cierta habilidad para alegorizar con temas de las Escrituras [canónicas o inspiradas]… Del mismo modo, habla de un número de sacramentos que debía ser el aceptado por la Iglesia oficial en aquella época. Los conocía, pues, pero de nuevo el contenido que les da es nuclearmente diferente”, al de la iglesia y el cristianismo ortodoxo.
El valor de esta obra radica, entonces, casi exclusivamente en que, siguiendo a Vidal: “Nos permite adentrarnos en la teología sacramental gnóstica” y en informarnos que: “Muy posiblemente, en esta época, según nos ha transmitido, por ejemplo, Epifanio, los gnósticos permanecen todavía dentro de la iglesia oficial; sólo hablan de aquellas doctrinas que no les hacen chocar con las autoridades establecidas y ocultan su gnosis salvo a los iniciados. La táctica mencionada sirvió para protegerlos durante un cierto tiempo de manera efectiva pero, al fin y a la postre… los días de estos círculos empezaron a estar contados”. Comparte con el evangelio de Tomás que no es un evangelio narrativo ni doctrinal sistemático, sino una colección de 143 sentencias, proverbios y parábolas atribuidas a Jesús o a sus discípulos, sin orden lógico, que combinan temas teológicos, simbólicos y esotéricos. Se presenta como un compendio de enseñanza mística interna del grupo más que como un relato histórico objetivo.
Cabe mencionar que una de las secciones más célebres menciona a María Magdalena como compañera de Jesús: “Tres caminaban siempre con el Señor: María su madre, su hermana, y María Magdalena, llamada su compañera”. Aunque el texto ha sido interpretado popularmente (por ejemplo, en El Código Da Vinci de Dan Brown) como sugiriendo una relación conyugal, en realidad, como lo recoge Jean Yves Leloup en su libro El Evangelio de Felipe, la crítica académica aclara que el simbolismo es espiritual, expresando la comunión del alma iluminada de María Magdalena con el Cristo celestial. J. R. Porter amplía un poco más el punto diciendo: “Hay un dicho destacado sobre María Magdalena en el que se la hace corresponder con el amado discípulo del evangelio de Juan”, que en la tradición clásica del cristianismo no es otro que el mismo apóstol Juan refiriéndose a sí mismo, por modestia, en tercera persona, y no María Magdalena. Tal vez se refiere Porter a la porción del evangelio de Felipe que dice: “El Salvador amaba a María [Magdalena] más que a todos los discípulos y la besó en la boca repetidas veces. Los demás discípulos… le dijeron: «¿Por qué la quieres más que a todos nosotros?». El Salvador respondió y les dijo: «¿A qué se debe el que no os quiera a vosotros tanto como a ella?»”.
Sin embargo las aclaraciones interpretativas llevadas a cabo por los estudiosos del gnosticismo alrededor de estos pasajes no son tan necesarias, dada la nula aceptación de este evangelio como documento histórico confiable. Ya ampliaremos un poco este aspecto cuando abordemos el evangelio gnóstico de María Magdalena. Por lo pronto, por todo lo señalado, los estudiosos coinciden en que el Evangelio de Felipe no aporta información histórica sobre Jesús, sino que refleja la espiritualidad gnóstica valentiniana, con su reinterpretación esotérica de los sacramentos cristianos y su énfasis en la gnosis como fuente de salvación. Su lenguaje poético y filosófico lo hace uno de los textos más complejos y sugestivos de Nag Hammadi, pero también uno de los más alejados del cristianismo ortodoxo, tanto en su cristología como en su concepción del cuerpo y la materia. En síntesis, el Evangelio de Felipe es una meditación gnóstica sobre los misterios de la unión divina, la redención interior y los sacramentos espirituales, más cercano a una mística alegórica y simbólica que a un relato de fe histórico, veraz y confiable como el contenido en los evangelios canónicos.
Continuamos con el evangelio de la Verdad, asociado también con mucha probabilidad a la escuela gnóstica de Valentín. Está datado en la segunda mitad del siglo II, no más tarde del 180 d. C. Para abordarlo es útil de nuevo el comentario de Cesar Vidal en la introducción que hace a él en su versión traducida al español. Dice allí, entre otras cosas: “Conoce su autor de manera concienzuda el Nuevo Testamento, pero las citas que hace del mismo están restringidas a Juan (un Evangelio que no fue gnóstico pero que resultaba muy susceptible de verse interpretado así) y al Apocalipsis (un escrito atribuido también al autor del evangelio de Juan) principalmente”. Añade un poco más adelante que: “La obra reviste una importancia excepcional porque pone de manifiesto que los gnósticos cristianos podían utilizar con habilidad y conocimiento el Nuevo Testamento en sus confrontaciones con los cristianos ortodoxos, e incluso reinterpretar sus temas principales con una creatividad notable. Por otro lado, al seleccionar sus fuentes tendían a construir un nexo de unión con filosofías en las que se daba una coincidencia parcial con sus postulados, en este caso fundamentalmente el platonismo”.
No puede negarse que el evangelio de la Verdad es quizá uno de los textos gnósticos más teológicamente sofisticados y, a la vez, más cercanos en lenguaje y tono a la espiritualidad cristiana auténtica, aunque reinterpretada en clave gnóstica. Como ya es costumbre en estos evangelios, no reviste carácter narrativo, sino que consiste más bien en una especie de sermón o meditación teológica sobre el significado de Cristo, la revelación y la ignorancia humana, un poco cercana desde el punto de vista estructural a la epístola canónica de los Hebreos. Se le abona que le baja un poco el tono al carácter elitista de los evangelios gnósticos, pues en él, a diferencia de otros evangelios gnósticos, no hallamos una polémica ni un desprecio hacia los creyentes comunes no iluminados con la gnosis. Su lenguaje es suave, meditativo y poético, muy cercano al estilo del Evangelio de Juan. Desde el punto de vista histórico no tiene valor como fuente sobre los hechos reales protagonizados por el Jesús histórico, pues es una elaboración teológica del siglo II. Como tal, refleja más bien el intento de los gnósticos valentinianos por reconciliar la filosofía platónica con el cristianismo primitivo. Como sea, es uno de los textos gnósticos más bellos y coherentes, muy superior en estilo a obras como el evangelio de Tomás o el evangelio de Felipe. J. R. Porter apunta al respecto: “se trata de un documento de una considerable calidad literaria, en todo caso muy superior a la de la mayoría de escrituras gnósticas”.
En síntesis, el evangelio de la Verdad es una elegante meditación gnóstica sobre Cristo como revelador del Padre y sobre la ignorancia como la raíz del mal. Pero sin perjuicio de esta valoración positiva y a pesar de que emplea el lenguaje del amor y de la luz propio del evangelio de Juan, su mensaje difiere profundamente del cristianismo apostólico: elimina el sentido histórico y redentor de la cruz, reemplaza la fe por la gnosis, y transforma la relación con Dios en una recuperación del yo divino interior. Su valor está, repetimos, en mostrar y advertir sobre la capacidad del pensamiento gnóstico para reinterpretar el cristianismo dentro de un marco filosófico helenista, pero su debilidad, como la de muchos de los escritos y del discurso gnóstico, radica en disolver la historia de la salvación en una pura alegoría del conocimiento.
Por cuestión de espacio dejaremos de lado el evangelio apócrifo de Juan, también de trasfondo gnóstico y que no debe ser, por tanto, confundido con el evangelio canónico de Juan que encontramos en el Nuevo Testamento en nuestras Biblias ꟷ evangelio gnóstico que fue también hallado en Nag Hammadiꟷ; para cederle el turno ahora al evangelio de los egipcios. Aquí hay que aclarar antes que existen dos evangelios distintos llamados “de los egipcios”, uno, el más antiguo, apócrifo pero no gnóstico, pues se halla asociado a la secta cristiana ascética de los encratitas y el otro, el propiamente gnóstico. El primero se ha perdido, fue escrito en griego, y es conocido solo por citas y referencias de los padres de la iglesia; y el otro, en copto, que fue el descubierto en Nag Hammadi, es posterior, cuyo texto sí está completo y que hoy los eruditos afirman que son diferentes entre sí, pues ambos reflejan diferentes corrientes de pensamiento asociadas al cristianismo primitivo y no deben, por tanto, confundirse entre sí, ni con los evangelios canónicos. En relación con el de Nag Hammadi, que es el que nos ocupa, César Vidal nos informa que: “Sin lugar a dudas, se trata de un tratado teológico, bastante completo, perteneciente al círculo gnóstico de los sethitas en su fase de identificación con el cristianismo previa a la exclusión del seno de la Iglesia principal y la conexión con los neoplatónicos”.
En cuanto a su contenido nos informa, a su vez: “Aparte de un tratamiento amplio de la temática gnóstica (cosmogonía, caída, redención, consumación), contiene diversas fórmulas mágicas de preservación contra los poderes negativos, de las cuales alguna es precristiana y otras suponen la adaptación al cristianismo de ritos posiblemente pertenecientes al siglo I a. de C. Se percibe en la obra una tendencia considerable a la confrontación con el judaísmo, prefiriendo una interpretación alegórica del Antiguo Testamento y profundizando en precedentes filonianos”, es decir, los que tienen que ver con la síntesis entre judaísmo y platonismo emprendida por el filósofo judío del primer siglo a. C., Filón. Como todos los llamados “evangelios” gnósticos, no contiene en realidad narraciones de la vida de Jesús, sino una mitología compleja sobre emanaciones divinas, tríadas celestiales, y la caída del alma en el mundo material, al mejor estilo del platonismo.
Resta por considerar dos destacados evangelios gnósticos más, de los que, a pesar de no haberse hallado copias de ellos en Nag Hammadi, son reconocidos como representantes del gnosticismo cristiano antiguo y hallaron en tiempos relativamente recientes mucha resonancia mediática en plano de controversia con el cristianismo clásico y tradicional. Nos referimos al evangelio gnóstico de María Magdalena y el evangelio gnóstico de Judas, el Iscariote. El evangelio gnóstico de María Magdalena fue popularizado por el novelista Dan Brown en su novela El Código Da Vinci llevada al cine y es afín con las referencias ya señaladas hechas a María Magdalena al considerar el evangelio gnóstico de Felipe. César Vidal también lo incluyó en los que recopiló, traducidos al español, y en la introducción a él nos dice: “El evangelio de María es el primero de los cuatro tratados encontrados en el Códex gnóstico de Berlín [hallado en 1896, medio siglo antes del hallazgo de Nag Hammadi]… Supuestamente María Magdalena divulga en este evangelio parte de la enseñanza secreta que le habría revelado Jesús. Por desgracia faltan cuatro páginas, las cuales cabe suponer que recogerían los aspectos más claramente nósticos de la obra, aunque algunos subsisten en la parte que ha llegado hasta nosotros”. Valga decir que también le faltan las seis primeras páginas. En este evangelio María Magdalena encarnaría la Sabiduría (Sophía) como mediación entre el Cristo celestial y la comunidad humana. Este evangelio es, entonces, notable por su defensa implícita de la autoridad espiritual de las mujeres.
De hecho, este protagonismo de la mujer o de lo femenino en los evangelios gnósticos no parece ser un hecho tan aislado y singular, pues F. García Bazán nos informa que: “Hay puntos especialmente relevantes del gnosticismo por su novedad respecto al cristianismo ortodoxo o eclesial. Por ejemplo, cuando se refiere a la dimensión femenina de Dios. Aunque la mayoría de ellos no escapan a la tradición judeocristiana que usa términos masculinos para referirse a Dios, hay textos apócrifos que recogen un simbolismo sexual ambivalente. Vemos una triple forma de mostrar la feminidad de Dios, presentado en ocasiones como la Madre Divina. Por un lado está la concepción de Dios como masculino-femenino, en un dualismo creativo al estilo del ying y el yang. Valentín hablaba de Dios como silencio y madre. Una segunda forma radica en concebir al Espíritu Santo como principio femenino y maternal de la Trinidad… En tercer lugar tenemos la atribución de esta feminidad divina a la sabiduría como cocreadora. También está el papel otorgado a María Magdalena como compañera de Jesús y discípula especial, conocedora de revelaciones secretas. A pesar de que el gnosticismo negará toda visión positiva de la sexualidad, no se opone a la mujer en particular, frente a la progresiva separación de sexos que vivió el cristianismo después de haber nacido con un signo más integrador e igualitario”.
En cuanto al evangelio gnóstico de Judas Iscariote, éste no pertenece a la biblioteca de Nag Hammadi, sino al descubrimiento en Egipto del llamado “Códice Tchacos” en el año 1978. Sin embargo, el revuelo causado por este evangelio debido al sensacionalismo amarillista de los medios, siempre muy dispuestos a cuestionar o a sembrar duda alrededor de los hechos en que se fundamenta el cristianismo, se dio hasta el mes de abril del año 2006, fecha en que la National Geographic hizo su presentación pública. Pero mucho antes de que los medios sugirieran la idea de que este evangelio ꟷque explica de manera muy particular la traición de Judas eximiéndolo de culpa, a manera de descargoꟷ, podría ser la versión correcta de los hechos; los eruditos y estudiosos ya habían establecido que estos “descargos” a favor de Judas no tienen ninguna base histórica, sino que se encuadran en la visión gnóstica general compartida en mayor o menor grado por todos estos evangelios.
Así, su contenido contradice radicalmente la narrativa tradicional sobre Judas Iscariote, presentándolo, no como un traidor, sino como el único discípulo que comprende realmente a Jesús y cumple su misión al entregarlo. En él, Jesús se ríe de los otros discípulos porque adoran al “Dios falso” del mundo material, ignorando su verdadera naturaleza divina. Solo Judas recibe el conocimiento oculto (gnosis) que le permite entender la misión trascendente del Cristo, pues Jesús mismo le dice a Judas que su sacrificio físico es necesario para liberar al Cristo espiritual del cuerpo material. Por tanto, la traición se reinterpreta como obediencia espiritual producto de una comprensión superior. Judas se convierte en el único discípulo iluminado, mientras que los demás permanecen en la ignorancia y la idolatría. Adicionalmente, en él Jesús no sufre realmente en la cruz; pues su cuerpo es un envoltorio material del que debe liberarse. Por eso la “entrega” de Judas es un paso necesario en la redención espiritual. Como puede verse, el evangelio de Judas invierte drásticamente la teología cristiana: convierte la traición en obediencia, el pecado en iluminación y la cruz en símbolo de liberación espiritual, no de redención moral y física. Es por todo lo anterior que, al igual que lo que sucede con todos los hasta ahora considerados, su valor no es doctrinal, sino histórico en relación con el conocimiento y la corroboración que nos brinda sobre el pensamiento de los gnósticos y nada más.
Resumiendo, la biblioteca de Nag Hammadi es una ventana fascinante a la variedad del cristianismo alternativo de los primeros siglos, una colección que revela cómo distintos grupos minoritarios pero no carentes de influencia intentaron interpretar la figura de Jesús, el mal, la creación y la salvación desde marcos simbólicos y filosóficos muy distintos a los del cristianismo bíblico tradicional que reflejan, por tanto, reinterpretaciones especulativas o místicas del mensaje de Jesús dentro del contexto de las escuelas gnósticas, más que testimonios directos del cristianismo original. En este orden de ideas César Vidal nos dice: “Estos movimientos resultaron tan poderosos que estuvieron a punto en su día de dar al traste con el cristianismo presentado en el Nuevo Testamento. Con una agudeza realmente admirable, diversos autores gnósticos captaron el impresionante atractivo que emanaba de la figura de Jesús y procedieron a instrumentalizarla dentro de sus respectivos esquemas de pensamiento. El desarrollo de ese proceso, a nuestro juicio, uno de los más fecundos dentro de la historia del pensamiento humano, es el relato de un combate encarnizado en el que ninguna de las partes dio cuartel, sabedoras de que la supervivencia de una implicaría la aniquilación de la otra”.
Asimismo, Vidal señala otro hecho incuestionable alrededor de los gnósticos y sus escritos: “Queda así indicada de manera clara una de las características más evidentes del desarrollo del gnosticismo: su carácter parasitario. La gnosis conservará siempre una serie de elementos primigenios… pero, a la vez, absorberá todo lo que pueda resultar atrayente en otras ideologías, aunque para ello deba descontextualizarlo y cambiar su sentido”. Con este tipo de calculada estrategia metodológica, Pilar Fernández Uriel afirma de ellos que: “este movimiento heterodoxo fue uno de los más combativos y de mayor duración en la historia del cristianismo primitivo”. Sin embargo, también deja constancia de que: “El gnosticismo cesó virtualmente como doctrina en el siglo II. Aunque derrotado por el cristianismo, no fue solamente ésta la causa de su caída, sino que también iba implícita en su propia esencia y entidad. Nunca constituyó una filosofía bien organizada, sino que más bien tuvo un desarrollo confuso y diverso, según sus predicadores y sus lugares de difusión, originando distintas ramas que fueron sistemáticamente tachadas de heréticas por la iglesia primitiva”.
Cabe señalar algunos descargos en favor de los gnósticos al compararlos con la iglesia institucional, aunque son descargos más circunstanciales y coyunturales y no algo inherente a la doctrina del movimiento. César Vidal se refiere así a ellos: “Caería en un error el que viera en… los gnósticos sólo aspectos negativos. La huida de la realidad de estos grupos los puso a salvo, aunque fuera indirectamente, de tentaciones en las que con frecuencia cayeron otras ideologías, como el hecho de intentar controlar el poder político en su beneficio o el de perseguir a los que no compartían su cosmovisión. Los gnósticos no beneficiaron palpablemente a la sociedad en la que vivían ni dejaron muestras perdurables en el campo de la ciencia, la cultura o el arte, pero tampoco proscribieron a sus adversarios ideológicos ni encarcelaron o ejecutaron a los mismos en el nombre de Dios”.
Estas actitudes represivas de la iglesia oficial que, ciertamente, cuando se ha encontrado en posición de poder ha recurrido a la fuerza para sofocar disidencias, le han dado mala prensa de manera más que justificada a lo largo de la historia y le ha hecho olvidar los tiempos de persecución de las que también ha sido víctima. Pero en este sentido también hay descargos que pueden hacérsele en relación con los evangelios gnósticos. Estos descargos tienen que ver con el hecho de que el descubrimiento de la biblioteca de Nag Hammadi se debe al monje cristiano egipcio de nombre Teodoro, abad de la comunidad monástica de Tabinnisi, pues este monje decidió desobedecer las órdenes expresas impartidas en el año 367 d. C. por Atanasio, obispo de Alejandría, de destruir estas obras, pero este monje y sus subordinados se limitaron a ocultarlas, permitiendo que se conservaran hasta su descubrimiento en el año 1945, brindándonos un conocimiento mucho más profundo del gnosticismo antiguo y no solo el que hasta ese momento nos habían brindado sus detractores cristianos de la época de la patrística.
Finalmente, reiteramos una vez más que no todos los evangelios apócrifos son evangelios gnósticos, aunque muchos de ellos lo sean. La palabra “apócrifo” se usa hoy de manera genérica para referirse a todo escrito sobre Jesús o sus discípulos que no fue incluido en el canon del Nuevo Testamento. Por tanto, evangelio apócrifo significa simplemente un evangelio no canónico. Esto incluye textos de muy diversa naturaleza: algunos gnósticos, otros no; algunos ortodoxos pero tardíos o legendarios, y otros directamente heréticos o fantasiosos. El término “gnóstico” es, pues, mucho más específico y delimitado, pues, como acabamos de exponerlo, los evangelios gnósticos son aquellos que presentan esta cosmovisión dualista y una cristología muy diferente de la bíblica. Los evangelios gnósticos enseñan una “gnosis” o conocimiento secreto, reinterpretan a Jesús como revelador de sabiduría interior y suelen negar su humanidad o su pasión literal, mientras que los evangelios meramente apócrifos no promueven ideas gnósticas, sino que amplían o adornan narraciones de los evangelios canónicos con elementos legendarios o piadosos (por ejemplo, milagros del niño Jesús, detalles del nacimiento de María, etc.).
Así, todo evangelio gnóstico es apócrifo, pero no todo evangelio apócrifo es gnóstico. Los apócrifos forman un grupo más amplio; los gnósticos son una subcategoría dentro de ellos, pues mientras los apócrifos no gnósticos buscan completar o embellecer la historia de Jesús, los gnósticos buscan reinterpretarla filosóficamente desde su sistema de pensamiento. Sintetizando, los evangelios gnósticos reinterpretan a Jesús como portador de conocimiento místico que libera del mundo material, mientras que los apócrifos no gnósticos buscan rellenar vacíos narrativos u honrar figuras sagradas (como María o José), sin apartarse tanto del marco teológico cristiano. Si bien la Iglesia primitiva rechazó ambos tipos como no inspirados, muchos de estos textos conservan valor histórico y literario para entender la diversidad del cristianismo primitivo. Pero los evangelios y escritos cristianos apócrifos no gnósticos serán el tema de futuras conferencias.







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