La diferencia entre el castigo y la disciplina es muy sutil en la Biblia, al punto que se superponen, ya que ambos implican alguna dosis de dolor y sufrimiento merecido. Sin embargo, el castigo es en la Biblia un fin en sí mismo que busca establecer una exacta justicia retributiva y no tiene ningún propósito ulterior a éste. La disciplina, por otra parte, si bien involucra habitualmente también aspectos punitivos a los que el disciplinado se ha hecho merecedor, no es un fin, sino un medio para un fin superior: restaurar a la postre a quien la experimenta, purificado satisfactoriamente de las conductas y actitudes que hicieron necesaria la corrección. Como tal, la disciplina es minuciosamente dosificada por Dios, como sucedió, por ejemplo, con el destierro de los judíos a Babilonia, para el cual Dios estableció una duración de 70 años, luego de los cuales los judíos serían restaurados a su tierra, y sus verdugos, los babilonios, debidamente castigados, como en efecto sucedió: “Todo este país quedará reducido a horror y ruina; estas naciones servirán al rey de Babilonia durante setenta años”. »Pero cuando se hayan cumplido los setenta años, yo castigaré por su iniquidad al rey de Babilonia y a aquella nación, país de los babilonios, y los convertiré en ruina perpetua», afirma el Señor” (Jeremías 25:11-12). Así, todos los procesos disciplinarios en la iglesia tal como se prescriben en el Nuevo Testamento, tienen, pues, propósitos restaurativos y ningún creyente auténtico será castigado sin más, sino que será disciplinado con amor cuando así se requiera para su bien y la gloria de Dios
Los convertiré en ruina perpetua
"La disciplina de Dios sobre Su pueblo infiel es dosificada y nunca es excesiva pues tiene como propósito la restauración final de los desobedientes”






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