Dios otorgó a Ezequiel una visión inquietante: pecados ocultos cometidos justamente en un lugar que debía ser santo: “También me dijo: «Hijo de hombre, ¿ves las grandes abominaciones que cometen los israelitas en este lugar y que me hacen alejarme de mi santuario? Pues verán aún abominaciones peores»” (Ezequiel 8:6). Y es que el pecado, particularmente cuando se oculta bajo apariencias de piedad, no solo ofende a Dios, sino que lo aleja de nuestro entorno engañosamente religioso. El problema no es, pues, únicamente la adoración de ídolos, sino hacerlo de manera subrepticia en el marco formal de la adoración al Dios verdadero, como lo sería el templo o el ámbito eclesiástico. Y así también nosotros, cuando escondemos nuestro pecado y lo toleramos con indiferente descuido mientras seguimos participando de las cosas sagradas, estamos cometiendo una abominación en su santuario. Hoy el templo es nuestro corazón, y el Dios que ve lo secreto sigue preguntando: “¿Ves esto?”. El pecado tolerado, trivializado y no confesado corrompe lo sagrado y endurece el corazón, pues lo que no se reconoce no se puede sanar. Y lo que se justifica mediante vanas racionalizaciones en lugar de confesarse, solo acumula juicio. Pero Dios no deja de advertirnos, no para condenarnos sin remedio, sino para llamarnos de vuelta a la verdad y la pureza. Su deseo no es alejarse, sino restaurar Su presencia en nosotros. Por eso debemos confesar lo escondido, destruir los ídolos secretos y santificar el templo de nuestro corazón para que Dios habite en él
Las grandes abominaciones en el santuario
"Los ídolos y los pecados que ocultamos sin admitirlos ni confesarlos son para Dios como desleales abominaciones que se cometen en Su propio templo”






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