La recomendación de Salomón en el Eclesiastés al decir: “Cuando hagas una promesa a Dios, no tardes en cumplirla, porque a Dios no le agradan los necios. Cumple tus promesas”, viene seguida de la siguiente advertencia: “Es mejor no hacer promesas que hacerlas y no cumplirlas” (Eclesiastés 5:4-5). En efecto, si bien existen muchas obligaciones y compromisos en la vida que tenemos en conciencia con Dios a la hora de honrar la verdad y la justicia en nuestro comportamiento y en nuestros tratos con los demás, obligaciones que se encuentran vigentes en todo momento al margen de juramentos o promesas expresas y específicas pronunciadas alrededor de ellas; cuando decidimos formular una promesa o emitimos un juramento particular y más detallado al respecto nos comprometemos por partida doble, pues ya no sólo pesa sobre nuestra voluntad el testimonio de nuestra conciencia, sino también el de nuestras palabras pronunciadas en el marco de una promesa o juramento sobre el asunto en cuestión, por lo que no cumplir con lo declarado reviste mayor gravedad y nos deja expuestos como hipócritas y personas poco o nada dignas de confianza, como lo denuncia el profeta: “Aunque juran diciendo: ‘Tan cierto como que el Señor vive’, de hecho, juran con falsedad»” (Jeremías 5:2), dando así cumplimiento a la declaración evangélica: “Pero yo les digo que en el día del juicio todos tendrán que dar cuenta de toda palabra ociosa que hayan pronunciado. Porque por tus palabras se te declarará inocente y por tus palabras se te condenará»” (Mateo 12:36-37)
Juran con falsedad
"Los compromisos, promesas y juramentos a Dios que no vienen acompañados de fidelidad, justicia y rectitud son vanos y testificarán contra nosotros”






Deja tu comentario