La erudición cerrada suele convivir muchas veces, lado a lado, con la ignorancia abierta. En efecto, con frecuencia quienes han tenido la oportunidad, la voluntad y la capacidad para educarse, pueden caer en la tentación del erudito, que es envanecerse a tal grado con su conocimiento, que terminan encerrados en la torre de marfil del hermético, elitista y casi esotérico claustro académico, compartiéndolo solo con sus iguales y llegando a ser incapaces de comunicar y divulgar de un modo prácticamente comprensible su conocimiento a sus semejantes no iniciados, viendo crecientemente atrofiadas sus capacidades comunicativas al respecto para lograr darse a entender al hombre común. Por eso el ejemplo de Salomón es digno de ser seguido: “Además de ser sabio, el Maestro impartió conocimientos a la gente. Ponderó, investigó y ordenó muchísimos proverbios. Procuró también hallar las palabras más adecuadas y escribirlas con honradez y veracidad” (Eclesiastés 12:9-10). Porque el conocimiento y la sabiduría son las únicas cosas que se incrementan cuando se comparten, por lo que no es sabio retenerlo de forma mezquina y egoísta, sino impartirlo con generosidad a los demás de maneras creativas en diversos formatos adaptados cada uno de ellos al tipo de personas a quienes se les pretende impartir y compartir, escogiendo y utilizando las palabras más adecuadas, veraces y convenientes a los diferentes contextos en que el sabio puede llegar a desenvolverse, incluyendo, sin duda, a las heterogéneas congregaciones cristianas que conforman la iglesia
Impartió conocimientos a la gente
"La sabiduría debe incluir la disposición y la capacidad de compartirla con otros de la manera más adecuada, comprensible y al alcance de todos”






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