Uno de los mandamientos bíblicos contenidos en el decálogo es honrar a nuestro padre y a nuestra madre en el contexto de la importancia que la familia adquiere y ha tenido siempre en la tradición judeocristiana. Y una de las formas en que debemos honrarlos es escuchándolos y tomando en consideración sus puntos de vista cuando ya somos adultos y dejamos de estar bajo su cuidado y su autoridad y sus instrucciones para nosotros dejan, por lo tanto, de ser ya órdenes que deberíamos obedecer, sino que se convierten en opiniones y consejos que pueden ser útiles y susceptibles de seguirse con base en su mayor experiencia de vida, pero que tampoco son infalibles e irrefutables por el hecho de provenir de nuestros padres. Esto pone en perspectiva la exhortación bíblica que el libro de Proverbios nos dirige de manera repetida: “Escuchen, hijos, la corrección de un padre; dispónganse a adquirir entendimiento” (Proverbios 4:1). En efecto, por bien intencionada que sea la corrección y el consejo de un padre que ama a sus hijos y desea para ellos lo mejor y por más experiencia que pueda tener, siempre deben ser recibidos con beneficio de inventario, contrastándolos con los mandamientos expresos de Dios Padre de tal manera que podamos comprobar si se conforman con ellos, pues la instrucción y corrección de nuestro Padre celestial tienen prioridad sobre las de nuestros padres terrenales y cuando eventualmente se encuentren enfrentadas, debemos, entonces, honrar los preceptos e instrucciones del Padre celestial tal como se manifiestan en nuestra conciencia
Escuchen la corrección de un padre
"La instrucción de un padre no debe ser menospreciada, pero debe recibirse con cautela en la medida en que coincida o no con la del Padre celestial”






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