Una larga vida es considerada como una bendición y no puede negarse que si se logra vivir y llegar a una avanzada edad con relativa salud y lucidez mental, sin penosos achaques o enfermedades, con las necesidades materiales satisfactoriamente cubiertas y con una red de constructivas relaciones humanas y vínculos fuertes, todo esto constituye una bendición y uno de los mejores escenarios que podemos anhelar y esperar en este mundo. Pero lamentablemente no son tantos los que llegan a vivir tanto tiempo, ni tampoco los que lo logran cumpliendo todas estas condiciones. Por eso, si bien la vida es un don de Dios que debemos agradecer y apreciar procurando vivirla de la mejor y más responsable manera, no sólo cuando nos encontramos disfrutando de bendiciones manifiestas, sino incluso cuando la vida se convierte en una obligación; los creyentes no debemos aferrarnos a ella de manera obsesiva, pues el apóstol puso las cosas en perspectiva cuando decía que para él morir era ganancia y que si no fuera por su sentido del deber él desearía más bien partir y estar con Cristo, que es mucho mejor. Por eso, en lo que tiene que ver con los creyentes justificados por Cristo, debemos tener presente que la muerte no es el fin ni el destino de la iglesia, sino el paso a algo incomparablemente mejor de tal manera que el profeta acierta cuando afirma: “El justo perece y a nadie le importa; mueren los siervos fieles y nadie comprende que el justo perece para ser librado del mal. Los que van por el camino recto mueren en paz; hallan reposo en su lecho de muerte” (Isaías 57:1-2)
El justo perece para ser librado
"La muerte no es una tragedia para los justos, pues los libra en el acto de todos los males de este mundo y los acoge en la paz y el reposo de Dios”






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