La sucesión de todos los imperios conocidos de la antigüedad ejerciendo su hegemonía en el Cercano Medio Oriente y los amplios alrededores de Asia, Europa y África se dio entrelazada con la historia de Israel y su interacción con ellos, por lo que su mención en la Biblia es algo por demás natural y brinda ocasión para confirmar la veracidad del relato bíblico al contrastarlo con lo que se conoce de estos imperios por medio de la historia secular, contraste que ha favorecido a la Biblia y encaja bien con lo que se conoce de ellos al margen de la Biblia. Pero en la Biblia, además de que esta sucesión coincide con la que la historia afirma, se nos revela que el ascenso y caída de cada uno de estos imperios sucesivos se debió a la voluntad soberana de Dios que los levantaba y los humillaba para sus propios propósitos, como lo declara, por ejemplo, de Asiria en estos términos: “«¡Ay de Asiria, vara de mi ira! ¡El garrote de mi enojo está en su mano! Lo envío contra una nación impía, lo mandó contra un pueblo que me enfurece, para saquearlo y despojarlo, para pisotearlo como al barro de las calles. Pero esto Asiria no se lo propuso; ¡ni siquiera lo pensó!… Cuando el Señor termine lo que va a hacer contra el monte Sión y contra Jerusalén, él dirá: «Castigaré el fruto del orgulloso corazón del rey de Asiria y la arrogancia de sus ojos.»” (Isaías 10:5-7, 12), algo que se repite en relación con los dos imperios que sucedieron en su momento al asirio, a saber: el imperio babilónico de Nabucodonosor y el imperio persa de Ciro que favoreció providencialmente a los judíos
El garrote de mi enojo está en su mano
"Todos los grandes imperios de la antigüedad se levantaron y cayeron porque Dios así lo permitió y determinó para el cumplimiento de Sus propósitos”






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