El abandono de Dios por parte del pueblo pasaba siempre en Israel por el abandono y descuido crecientes del templo y el culto ordenado y asociado a él, así como de los levitas y sacerdotes que ministraban en él, que se veían entonces empujados a buscar actividades alternativas para poder sobrevivir ante la carencia del sustento establecido para su sostenimiento en la ley, mediante los diezmos y ofrendas del pueblo. Por eso, sin perjuicio del funcionamiento de las sinagogas surgidas en el exilio, las reformas emprendidas por Esdras y Nehemías contemplaban de forma prioritaria la reconstrucción del templo y el consecuente restablecimiento del culto llevado a cabo en él, como consta en las siguientes medidas tomadas por ellos: “Aquel día se nombró a los encargados de los depósitos donde se almacenaban los tesoros, las ofrendas, las primicias y los diezmos, para que depositaran en ellos las contribuciones que provenían de los campos de cada población y que, según la Ley, correspondían a los sacerdotes y a los levitas. La gente de Judá estaba contenta con el servicio que prestaban los sacerdotes y levitas” (Nehemías 12:44). Así, pues, una sociedad próspera y bien organizada debe incluir la buena y correcta relación entre los laicos, representados en este caso por la gente de Judá, y los ministros o clérigos, representados por los sacerdotes y los levitas. Una relación en la cual los laicos aporten lo debido al sostenimiento de los clérigos y estos últimos brinden en contraprestación un servicio honesto y satisfactorio a los primeros en el siempre necesario aspecto religioso
Contentos con el servicio de los levitas
“Un distintivo de una sociedad bien organizada y bendecida por Dios es que haya una relación correcta entre los laicos y los ministros religiosos”






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