Regresar a Israel a reconstruir Jerusalén, su capital en ruinas, luego de un exilio anunciado de 70 largos años durante el cual el pueblo exiliado se estableció y prosperó en Babilonia y demás lugares del extranjero en obediencia a las instrucciones específicas que Dios les había dado al respecto, no era algo fácil para ninguno de los miembros del pueblo que regresaron, lo cual explica el pequeño, pero providencialmente suficiente porcentaje de judíos que lo hicieron finalmente, saliendo de su zona de comodidad y dejando sus casas y propiedades por amor a Jerusalén y a la nación hebrea. Es por eso que en el libro de Nehemías leemos lo siguiente en relación con ellos: “El pueblo bendijo a todos los que se ofrecieron voluntariamente a vivir en Jerusalén” (Nehemías 11:2). Porque a diferencia de Egipto, donde su condición era lastimosa, pues eran esclavos sometidos a arduos trabajos por el faraón, en Babilonia los judíos tuvieron suficiente libertad para poder llegar a convertirse en los empresarios y emprendedores que muchos de ellos son desde entonces y en la actualidad en el mundo moderno, llegando a ser conocidos como los “ciudadanos del mundo”. Un trasfondo contra el cual su regreso a Jerusalén para reconstruirla es mucho más admirable y meritorio por parte de Zorababel, el sumo sacerdote Josué, el escriba Esdras y el alto dirigente Nehemías con todos los que los acompañaron. Un precedente que debemos tener presente a la hora en que Dios pueda pedir algo similar de nosotros, poniendo en nuestros corazones el llevarlo a cabo y a feliz término
Se ofrecieron voluntariamente
“Quienes se ofrecen voluntariamente y de buena gana para labores necesarias que impliquen un costo para su comodidad serán especialmente bendecidos”






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