La doctrina de la justificación por la fe revelada en el evangelio requiere, además de la fe en Cristo, el arrepentimiento y la confesión sinceros para poder ser debidamente perdonados, justificados, absueltos e indultados por Dios en el tribunal divino. Ahora bien, el arrepentimiento concierne en primera instancia a los actos de desobediencia cometidos contra Dios y su ley revelada en las Escrituras con precisión, pero también en nuestras conciencias con suficiencia, siempre y cuando las mantengamos funcionales. Sin embargo, en el contexto de la justificación por la fe, el arrepentimiento involucra e incluye también nuestros actos de justicia en la medida en que pongamos en ellos nuestra confianza para ser absueltos y justificados por Dios y no en lo hecho por Cristo a nuestro favor, caso en el cual deben ser censurados. Es por eso que el profeta se refiere así a nuestros actos de justicia, comparándolos con los trozos de tela utilizados por las mujeres para contener la sangre durante su periodo menstrual, considerados inmundos y fuente de impureza ritual para acercarse al templo durante todo el tiempo del periodo: “Todos somos como gente impura; todos nuestros actos de justicia son como trapos de inmundicia. Todos nos marchitamos como hojas; nuestras iniquidades nos arrastran como el viento” (Isaías 64:6). Esta es la misma idea que se transmite en el Nuevo Testamento cuando se habla del “arrepentimiento de las obras que conducen a la muerte” (Hebreos 6:1; 9:14) y no de los pecados meramente y a secas
Como trapos de inmundicia
"El arrepentimiento debe incluir no solo los pecados en sí mismos, sino nuestros vanos intentos por justificarnos mediante todo tipo de buenas obras”






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