La Biblia pone sobre la mesa el tema de la compasión con el que sufre, independiente de si se lo tiene merecido o no, pues es fácil caer en la tentación de sentir excesiva satisfacción y regodearnos cuando vemos a alguien recibir lo que creemos que se merece, sobre todo si sus acciones nos han afectado de alguna manera. Debemos, sin embargo, sobreponernos a esto y, sin perjuicio de lo anterior, lograr reconocer, no obstante, nuestra humanidad compartida y evitar que el regocijo por el merecido castigo ajeno nos domine. El profeta que había anunciado el justo juicio de Dios sobre los pueblos paganos vecinos de Israel, muchos de los cuales habían sido activa y gratuitamente hostiles hacia ellos, se expresa así cuando estos juicios estaban teniendo lugar: “Por eso vibran mis entrañas por Moab como las cuerdas de un arpa; vibra todo mi ser por Quir Jaréset” (Isaías 16:11). Isaías no responde con desprecio ni alegría ante la destrucción de la nación de Moab, sino que sus entrañas se conmueven por su dolor. En lugar de regocijarse por la caída de un enemigo, Isaías muestra empatía, entendiendo que el sufrimiento de otros es algo que, en última instancia, debe ser llorado, no celebrado, poniéndonos ejemplo sobre cómo debemos tratar a aquellos que, con sus acciones, nos han causado un daño injusto, como lo ilustró de manera insuperable en la cruz el Señor Jesucristo. Debemos, pues, estar en capacidad de sentir tristeza por el sufrimiento ajeno, incluso cuando están cosechando lo que sembraron y ofrecerles, si no consuelo, al menos algo de comprensión y misericordia
Como las cuerdas de un arpa
"Aunque se lo tengan merecido y no estén más que cosechando lo que sembraron, debemos procurar ser compasivos y no alegrarnos de la desgracia ajena”






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