Castigo y disciplina son conceptos que se superponen a veces en la Biblia pero que son, sin embargo, distintos entre sí. El castigo es lo que merecen las acciones humanas de desobediencia a Dios a secas, mientras que la disciplina es el trato divino que busca nuestra corrección, arrepentimiento y restauración. Y aunque en la vida real y concreta el castigo puede no diferenciarse significativamente de la disciplina, en la óptica divina si se distinguen. El castigo divino está reservado para los pecadores impenitentes y obstinados para quienes no existe esperanza ni posibilidad de arrepentimiento, y abarca mayormente a los pueblos paganos incrédulos e idólatras, mientras que la disciplina está reservada para Su pueblo cuando se desvía de la obediencia y las elevadas responsabilidades que la elección de Dios sobre ellos pone sobre sus hombros. Ambos son dosificados, pues un Dios justo nunca nos castigará ni disciplinará más allá de lo que nuestros actos merecen, sino que, por el contrario, el juicio punitivo o disciplinario de Dios indistintamente siempre va acompañado de su compasión, como lo declara Santiago: “… ¡La compasión triunfa en el juicio!” (Santiago 2:13). Y solo Él sabe finalmente con certeza para quienes de sus receptores este juicio será meramente punitivo o llegará a ser disciplinario, pues incluso con un pueblo pagano como los egipcios se nos revela en su momento que: “El Señor herirá a los egipcios con una plaga y, aun hiriéndolos, los sanará. Ellos se volverán al Señor, y él responderá a sus ruegos y los sanará” (Isaías 19:22)
Aún hiriéndolos, los sanará
"Los juicios de Dios sobre quienes los ameritan son dosificados y buscan siempre en principio corregir y sanar más que castigar de forma definitiva”






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