Dios no es un juez corrupto que cierra los ojos ante el mal, ni un padre consentidor que premia la desobediencia. Su gracia no contradice su justicia, sino que la satisface en Cristo. El evangelio no es la anulación de la ley moral, sino su cumplimiento por amor. Por eso Dios advierte: “Si yo digo al justo: ‘¡Vivirás!’, pero él confía en su propia justicia y hace lo malo, no se tomará en cuenta su justicia, sino que morirá por causa de la maldad que cometió.En cambio, si digo al malvado: ‘¡Morirás!’, pero luego él se convierte de su pecado y actúa con justicia y rectitud, y devuelve lo que tomó en prenda y restituye lo que robó, y obedece los estatutos de vida, sin cometer ninguna iniquidad, ciertamente vivirá y no morirá. No se tomarán en cuenta contra él todos los pecados que antes cometió y vivirá por haber actuado con justicia y rectitud’.” (Ezequiel 33:13-16). He aquí el principio de la responsabilidad personal. Así, pues, la relación con Dios no se basa en méritos acumulados ni en pecados pasados, sino en la realidad presente y actual de la persona ante Él. El perdón no es una excusa para el relajamiento, sino una oportunidad para el cambio. La gracia nos habilita para vivir en justicia, no para jugar con el pecado. Dios no carga sobre nosotros nuestros pecados pasados si hay arrepentimiento genuino, pero tampoco tolera la soberbia espiritual de quien cree que el perdón y la justificación lo inmunizan contra el juicio. Esta tensión entre justicia y misericordia es el corazón del evangelio, pues la cruz no es un atajo hacia la impunidad, sino el camino más serio, justo y costoso para alcanzar el perdón
No se tomarán en cuenta los pecados
"La misericordia y la gracia de Dios en el evangelio no significan injusticia ni impunidad indolente o alcahueta de parte de Dios hacia el pecado”






Deja tu comentario