Por instrucción de Dios, el profeta comparó a la ciudad de Jerusalén con una olla en estos términos: “Cuéntale una parábola a este pueblo rebelde, y adviértele que así dice el Señor y Dios: »“Coloca la olla sobre el fuego y échale agua. Agrégale pedazos de carne, los mejores trozos de pierna y de lomo. Llénala con lo mejor de los huesos, con lo mejor del rebaño. Amontona leña debajo de la olla, para que hierva bien el agua y se cuezan bien los huesos. Porque el Señor y Dios dice: »”¡Ay de la ciudad sanguinaria! ¡Ay de esa olla oxidada, cuyo óxido no se puede quitar! Saca uno a uno los trozos de carne, tal como vayan saliendo” (Ezequiel 24:3-6). La figura de la olla ilustra, por una parte, la seguridad engañosa de la que la ciudad y sus habitantes creían disfrutar, como se puede ver en la manera en que una buena proporción de sus propios dirigentes se veían a sí mismos al afirmar con una falsa confianza lo siguiente: “Dicen: ‘Todavía no es el momento de reconstruir las casas. La ciudad es la olla y nosotros somos la carne’” (Ezequiel 11:3), afirmación que denotaba su engañosa creencia en que la ciudad, por ser la ciudad escogida por Dios, les brindaría protección y no podría caer en poder de sus enemigos. Pero Dios invierte el sentido de la figura denunciando la sangre y el óxido de la ciudad como símbolos de la abundancia de sus pecados y de la irrevocabilidad de su juicio sobre ella en la medida en que su óxido ya no se puede quitar, como sucedió cuando Dios la somete al fuego del asedio y la caída a manos del ejército de Babilonia que puso en evidencia su falsa confianza
¡Ay de esa olla oxidada!
"La figura de la olla utilizada por los profetas es muy gráfica e ilustrativa para amonestar y desengañar al pueblo de sus equivocadas presunciones”






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