“Shekiná” es el nombre que recibe la presencia manifiesta y visible de Dios entre Su pueblo, asociada a su gloria. Dos momentos por excelencia la ilustran en el Antiguo Testamento: la dedicación del santuario en el desierto y la del templo de Salomón una vez concluida su construcción, ocasiones en que la gloria visible de Dios llenó cada uno de estos recintos. Sin embargo, apoyados en que ambas construcciones se habían llevado a cabo en obediencia a las instrucciones de Dios y en que la gloria de Dios había descendido a habitar en ellas, el pueblo de Dios se relajó y terminó descuidando y traicionado los compromisos de obediencia y de culto contenidos en el pacto suscrito con Dios y su relación con el templo terminó siendo de carácter supersticioso en el mejor de los casos. Por eso, en las visiones de Ezequiel la gloria de Dios se va retirando del templo, con firmeza, pero con dolor, poco a poco, como quien se despide de un lugar amado que ha sido profanado: “Entonces la gloria del Señor, que estaba sobre los querubines, se elevó y se dirigió hacia el umbral del Templo. La nube llenó el Templo, y el atrio se llenó del resplandor de la gloria del Señor” (Ezequiel 10:4). La infidelidad del pueblo ꟷsu idolatría, su injusticia, su olvido de Diosꟷ, provocó que la gloria se retirara. Y hoy el templo de Dios somos nosotros los creyentes. Y la misma advertencia sigue en pie. Su gloria puede llenarnos o puede marcharse. No es la religiosidad, sino la fidelidad, el temor reverente y la obediencia humilde la que la mantiene con nosotros, pues Su gloria es un regalo y no un derecho de la iglesia
La gloria del Señor
"La gloria de Dios que llenó en su momento el templo, también lo abandonó cuando Su pueblo fue infiel y traicionó de muchas formas su lealtad a Él”






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