En la visión profética de Ezequiel, cuando el juicio iba a caer sobre Jerusalén, Dios ordenó: “… «Recorre la ciudad de Jerusalén y coloca una señal en la frente de quienes giman y se lamenten por los actos detestables que se cometen en la ciudad». Pero oí que a los otros dijo: «Síganlo. Recorran la ciudad y maten sin piedad ni compasión. Maten a viejos y a jóvenes, a muchachas, niños y mujeres; comiencen en el Templo, y no dejen a nadie con vida. Pero no toquen a los que tengan la señal». Y aquellos hombres comenzaron por matar a los ancianos que estaban frente al Templo” (Ezequiel 9:4-6). Así, en medio del juicio generalizado, Dios distingue y preserva a los inocentes. A aquellos que sufrían en silencio por la corrupción espiritual de su pueblo. Y Dios los tiene siempre presentes delante de Sus ojos. En medio de una sociedad moralmente colapsada, la misericordia y el cuidado divinos siguen actuando. Dios no es indiferente al dolor del justo que no participa del mal, sino que lo lamenta y se aflige por él. Porque ese gemido oculto, impotente y sin palabras, es un testimonio vivo de fidelidad en medio de la apostasía. Los que tienen la señal no son los que se esconden, sino los que se duelen. No son los indiferentes, sino los quebrantados. El juicio de Dios es justo: separa lo que se oculta a la vista y reconoce a los suyos aun entre multitudes rebeldes. Hoy también, Él pone su señal sobre quienes anhelan la santidad y lloran por el pecado de su tiempo. Esa tristeza que el mundo desprecia, el cielo la honra, librándolos del juicio e identificándonos sin reserva como Suyos
Coloca una señal en la frente
"Aun en medio de la incredulidad y apostasía generalizadas Dios tiene el cuidado de preservar del juicio a los piadosos que se duelen de todo esto”






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