El diccionario define la “crisis” como un “cambio profundo y de consecuencias importantes en un proceso o una situación, o en la manera en que estos son apreciados”. Así, si bien las crisis suelen ir acompañadas de una dosis de sufrimiento que hubiéramos preferido evitar en la medida en que: “la verdad duele”; el énfasis en la noción de crisis está en sus consecuencias y la posibilidad de implementar cambios favorables y en muchos casos drásticos y provechosos en nuestro estilo de vida. El pueblo de Israel vivió en el Antiguo Testamento varias crisis en su historia nacional, destacándose favorablemente el éxodo de Egipto y el retorno a su territorio luego del penoso exilio babilónico, experiencias ambas que, como tales, no estuvieron exentas de sufrimiento, dolor y desconcierto. Con todo y ello, ambas crisis llegaron a ser referentes valiosos de su historia; puntos de inflexión y de quiebre en que llegaron a conocer más a Dios y su poder, operando en ellos cambios y transformaciones importantes y definitivas: “»Por eso ꟷafirma el Señorꟷ, vienen días en que ya no se dirá: ‘Tan cierto como que vive el Señor, quien hizo salir a los israelitas de la tierra de Egipto’; sino: ‘Tan cierto como que vive el Señor, quien hizo salir a los israelitas de la tierra del norte y de todos los países adonde los había expulsado’. Yo los haré volver a su tierra, la que antes di a sus antepasados” (Jeremías 16:14-15). La conversión, si es auténtica, es una experiencia de crisis que echa por tierra todas nuestras precarias y endebles seguridades para colocar en su lugar un cimiento mucho más firme, estable y eterno
Tan cierto como que vive el Señor
"Los juicios disciplinarios de Dios sobre Su pueblo son nuevas oportunidades de liberación y de manifestar Su favor y darles a conocer su Nombre”






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