El profeta Jeremías recibió de Dios el siguiente esperanzador anuncio: “Si te arrepientes, yo te restauraré y podrás servirme. Si evitas hablar en vano, y dices palabras valiosas, tú serás mi portavoz. Que ellos se vuelvan hacia ti, pero tú no te vuelvas hacia ellos” (Jeremías 15:19). Dios, pues, no solo nos perdona cuando estamos verdadera y humildemente arrepentidos, sino que también nos restaura y habilita para el servicio a Su causa. Pero acto seguido establece una condición: evitar hablar en vano, lo cual implica no solo no hacer promesas que no podemos o no vamos a cumplir, sino todo tipo de declaraciones ociosas dichas al descuido y de forma irreflexiva, sin provecho alguno para los oyentes, de modo que lo que decimos sea de valor y beneficio en todos los contextos en que nos desenvolvemos y de este modo podamos llegar a ser hasta cierto punto portavoces de Dios, al exaltar, promover y divulgar la verdad, lo respetable, lo justo, lo puro, lo amable, lo excelente, lo digno de admiración y elogio, o como lo expresa el apóstol en otro lugar: “Que su conversación sea siempre amena y de buen gusto…” (Colosenses 4:6), sin maldecir ni proferir obscenidades, algo que no es siempre tan fácil de lograr. Sobre todo, cuando dejamos que los no creyentes nos influencien más de lo que nosotros estamos llamados a influir en ellos, justificando la advertencia final para que sean ellos los que se vuelvan a nosotros y no nosotros a ellos, recordando entonces que: “… «Las malas compañías corrompen las buenas costumbres».” (1 Corintios 15:33)
Tú serás mi portavoz
"Los creyentes debemos incorporar un filtro en nuestra mente para evitar hablar vanidades y hablar más bien lo que en verdad vale la pena hablar”






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