Existe una frase popular que afirma que “el que peca y reza, empata”. Ahora bien, esta frase se suele citar como crítica descalificadora hacia quien así parece, en efecto, pensar y actúa como si esta frase fuera cierta, o por quien la utiliza como cínica y descarada justificación para pecar impunemente, teniendo ya endurecida su conciencia moral al punto de acudir a las prácticas religiosas de manera fríamente calculada para disimular este endurecimiento. Y si bien es cierto que el evangelio nos llama a reconocer, confesar y pedir perdón en oración por nuestros pecados de manera contrita y sincera cada vez que nuestra conciencia nos lo indique con la promesa de que si así lo hacemos, seremos perdonados por Dios; donde falta esta contrición y sinceridad que Dios requiere de nosotros y que se manifiesta en la disposición a corregir, la oración no pasa de ser un condenable rezo religioso supersticiosamente manipulador y nada más, como el que caracterizaba a los judíos que pensaban que por el simple hecho de que Dios hubiera elegido a Jerusalén como el lugar para su templo, acudir a este templo los pondría automáticamente a salvo y a cubierto de cualquier consecuencia indeseable producto del relajamiento y los pecados cometidos en su vida cotidiana, algo que Dios se apresuró a desmentir: “Así dice el Señor de los Ejércitos, el Dios de Israel: ‘Corrijan su conducta y sus acciones y yo los dejaré vivir en este lugar. No confíen en esas palabras engañosas que repiten: ‘¡Este es el Templo del Señor, el Templo del Señor, el Templo del Señor!’” (Jeremías 7:3-4)
¡Este es el templo del Señor!
"La confianza supersticiosa en el templo y su presencia en medio del pueblo terminó haciendo de él una cueva de ladrones y no una casa de oración”






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