Los eunucos eran, por lo general, personajes castrados, o al menos, éste es el sentido más inmediato que el término transmite. Pero dado que los guardianes de los harenes de las cortes reales de la antigüedad solían ser castrados y, a la vez, podían llegar a ser funcionarios reales de confianza y cercanos al rey, la expresión también podía designar a funcionarios reales de alto rango no necesariamente castrados. La ambigüedad en poder determinar cuándo el término designaba a un alto funcionario real sin relación con la castración y cuándo no, hace que todo pronunciamiento al respecto no deje de ser conjetural. Sea como fuere, los eunucos en su acepción de personajes castrados o emasculados tenían en la ley, al igual que quienes padecían otras condiciones de impureza ritual como las enfermedades de la piel o las mujeres con flujo de sangre, así como los paganos procedentes de ciertas naciones, restricciones para el acceso a los rituales y sacrificios asociados al templo y la vida social de Israel y, por supuesto, al no poder procrear, no dejaban descendencia para la posteridad que mantuviera vigente su nombre. Pero para ellos Dios también reservó una promesa de bendición que les permitiría superar y dejar atrás su condición marginal: “Porque así dice el Señor: «A los eunucos que observen mis sábados, que elijan lo que me agrada y sean fieles a mi pacto, les concederá ver grabado su nombre dentro de mi templo y de mi ciudad; ¡eso les será mejor que tener hijos e hijas! También les daré un nombre eterno que jamás será borrado” (Isaías 56:4-5)
Ver grabado su nombre en mi templo
"La condición del eunuco en la antigüedad es ilustrativa y se usa en la Biblia para enseñarnos y recordarnos verdades reconfortantes y consoladoras”






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