La tensión conceptual entre la soberanía de Dios ꟷel hecho de que Dios hace lo que quiere y nada sucede si Su voluntad no lo permiteꟷ, y el albedrío humano ꟷel hecho de que el hombre puede decidir y hacerse responsable de sus decisionesꟷ, ha sido un tema difícil de abordar a lo largo de la historia del pensamiento, pues lograr mantener el equilibrio al respecto, honrando como es debido, tanto la soberanía divina como el albedrío humano, no ha sido algo sencillo. Sea como fuere, la soberanía divina demanda de Él dos atributos irrevocables: la omnisciencia y la omnipotencia. Gracias a la omnisciencia Dios sabe y conoce exhaustivamente desde la eternidad todo lo que es necesario, probable o posible que suceda. Y gracias a la omnipotencia es capaz de intervenir conforme a Su sabiduría para hacer que pase lo que es necesario que pase y para anticipar y tener planes de contingencia para todo lo demás: lo probable y lo posible, de manera que ni siquiera lo que es altamente improbable que suceda desde la perspectiva humana lo toma por sorpresa ni echa a perder sus planes soberanos, por lo que, sin anular ni suprimir nuestro albedrío, la lógica más elemental indica que su soberanía debe estar por encima de él, justificando lo dicho: “Yo anuncio el fin desde el principio; desde los tiempos antiguos, lo que está por venir. Yo digo: Mi propósito se cumplirá, y haré todo lo que deseo. Del oriente llamo al ave de rapiña; de tierra distante, al hombre que cumplirá mi propósito. Lo que he dicho, haré que se cumpla; lo que he planeado, lo realizaré” (Isaías 46:10-11)
Del oriente llamo al ave de rapiña
"Si bien Dios brinda un buen rango de maniobra para el ejercicio responsable de nuestro albedrío, al final Su propósito se cumple de un modo u otro”






Deja tu comentario