El amor romántico puede ser empalagoso y fastidioso para quienes no están involucrados en él. C. S. Lewis señalaba que el peligro espiritual del eros, es decir, del amor romántico, es que por momentos es tan sublime y noble, que puede confundirse con la caridad o el abnegado amor ágape con el que Dios nos ama y con el que estamos llamados también a amarlo a Él y a nuestros semejantes, llegando a desplazarlo y sustituirlo, igualándose a él, como lo ilustra la amada en el Cantar de los Cantares al pronunciarse de forma exaltada e hiperbólica, pero de todos modos honesta, en relación con el amado al declarar: “Yo les ruego, doncellas de Jerusalén, que si encuentran a mi amado, ¿qué le dirán? ¡Díganle que estoy enferma de amor!” (Cantares 5:8). Como tal, el eros, al tender a sustituir y usurpar el lugar del ágape, termina haciendo a los amantes, de manera ilegítima y hasta irracional, similares reclamos y exigencias a las que el ágape hace de manera legítima y razonable. Al decir de C. S. Lewis:“Esto constituye la grandeza y el horror del eros… Es en la misma grandeza del eros donde se esconde el peligro: su hablar como un dios, su compromiso total, su desprecio imprudente de la felicidad, su trascendencia ante la estimación de sí mismo suenan a mensaje de eternidad”. Y es aquí cuando: “… el eros honrado sin reservas y obedecido incondicionalmente, se convierte en demonio”, pues: “Entre todos los amores él es, cuando está en su culmen, el que más se parece a un dios y, por tanto, el más inclinado a exigir que le adoremos”, concluyendo, pues, que: “No le debemos obediencia incondicional a la voz del eros cuando habla pareciéndose demasiado a un dios”
Estoy enferma de amor
"El amor romántico puede llegar a ser tan intenso que a pesar de su volatibilidad puede intentar suplantar el amor de Dios que permanece por siempre”






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