La Biblia no condena el vino y las bebidas alcohólicas como tales, sino su abuso. De otro modo no señalaría el vino “que alegra el corazón del hombre” (Salmo 104:15) entre las bendiciones de Dios, junto al pan y el aceite y prohibiría también dentro de la dieta judía su consumo, por lo demás tan arraigado en ella. Como confirmación de esto, si el vino y las bebidas alcohólicas fueran por sí mismas malas, el Señor no habría convertido el agua en vino en las bodas de Caná en su primer milagro registrado en los evangelios, ni habría instituido la Cena del Señor con vino. Lo que la Biblia condena son los excesos que dan lugar a este tipo de escenas: “El vino lleva a la insolencia y la cerveza al escándalo; ¡nadie bajo sus efectos se comporta sabiamente!” (Proverbios 20:1). Por extensión, la Biblia condena todo tipo de conciencia artificialmente alterada, como las que resultan del uso de sustancias alucinógenas y narcóticas, independiente de si están o no prohibidas por la ley, pues además de hacer de escapismo de las responsabilidades que debemos asumir sobrios y en plena conciencia, pueden llegar a dominar la voluntad de las personas y generar adicción, lesionando la libertad de examen y conciencia que el creyente debe ejercer. Es ilustrativa al respecto la siguiente advertencia en los Proverbios: “¿De quién son los lamentos? ¿De quién los pesares? ¿De quién son los pleitos? ¿De quién las quejas? ¿De quién son las heridas gratuitas? ¿De quién los ojos morados? ¡Del que no suelta la botella de vino ni deja de probar licores!…” (Proverbios 23:29-35)
El vino lleva a la insolencia
"Dios condena los excesos con las bebidas embriagantes y toda sustancia que conduzca a estados alterados de conciencia que nos impidan estar sobrios”






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