Los sacrificios cruentos, las ofrendas y las libaciones formaban parte central de las prácticas rituales del judaísmo ordenadas por Dios hasta que la destrucción definitiva del templo en el 70 d.C. las hizo impracticables. Como tales, los sacrificios evocan y simbolizan todas las prácticas religiosas en general de tipo litúrgico, ritual y formalmente ceremonial en la iglesia por parte de los cristianos. Sin embargo estas prácticas, si bien más sencillas y menos numerosas y elaboradas, están también avaladas y ordenadas en la Biblia para la iglesia en el templo y en el ámbito propiamente eclesiástico, pero al mismo tiempo la moralidad personal y social y el compromiso con lo que sea justo que debe acompañarlas más allá de este ámbito, en el contexto de nuestras actividades en el mundo, se dan por sentadas a tal punto que, puestos a escoger entre estos dos aspectos, es preferible este último que el primero, pues: “Practicar la justicia y el derecho lo prefiere el Señor a los sacrificios” (Proverbios 21:3), por lo cual ante los ojos de Dios puede ser más agradable un no creyente que, no obstante, muestra un compromiso sincero con la justicia y el derecho que un creyente religioso y aparentemente piadoso que cuando sale del templo y el ámbito eclesiástico que lo rodea, actúa de manera injusta en los demás aspectos de su desempeño en el mundo. Pero, por supuesto, ésta no es una disyuntiva mutuamente excluyente para el creyente, sino que en términos normales ambos aspectos son necesarios y complementarios para la fe auténtica y se deben dar juntos en la experiencia cristiana
Lo prefiere el Señor a los sacrificios
"La práctica de la justicia y el derecho por parte de los no creyentes es preferible a la religiosidad y la apariencia de piedad de los creyentes”






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