Si existe un pecado que no queda impune en esta vida y pasa más pronto que tarde dolorosa y en ocasiones irreversible cuenta de cobro a los responsables y que hace que los engañadores pasen rápidamente, a su pesar, de la condición de victimarios a la de víctimas junto con la parte engañada, es el adulterio o infidelidad conyugal. En el libro de Proverbios se nos advierte insistente y sentenciosamente sobre él en estos y otros términos similares: “Aléjate de la adúltera; no te acerques a la puerta de su casa, para que no entregues a otros tu vigor ni tus años a gente cruel; para que no sacies con tu fuerza a gente extraña, ni vayan a dar en casa ajena tus esfuerzos. Porque al final acabarás por gemir, cuando tu carne y tu cuerpo se hayan consumido” (Proverbios 5:8-11). Se enumeran aquí las consecuencias del adulterio, tales como la posibilidad de que el trabajo y esfuerzo de nuestros mejores años se dilapiden y sean aprovechados por personas que no lo valoran y que, además, son ajenas al círculo de la familia legítima ꟷcónyuge e hijosꟷ que son quienes de forma natural y por derecho lo merecen y han trabajado para disfrutarlo, pues ante las separaciones y divorcios por esta causa la herencia familiar se ve invariablemente dividida, reducida y malgastada, malogrando el hogar y dejando al adúltero consumido en un estado de amargura y remordimiento en el que: “… dirás: «¡Cómo pude aborrecer la corrección! ¡Cómo pudo mi corazón despreciar la disciplina! No atendí a la voz de mis maestros ni presté oído a mis instructores” (Proverbios 5:12-13)
Aléjate de la adúltera
"El adulterio o infidelidad conyugal es un pecado que consume de manera destructiva la fuerza de sus víctimas y demuestra siempre su inconveniencia”






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