Y la tradición popular cristiana
El título de esta conferencia abarca, en realidad, no solo evangelios apócrifos, sino otra clase de escritos apócrifos del Nuevo Testamento que imitan los escritos canónicos e inspirados del Nuevo Testamento. Así, podemos encontrar también hechos apócrifos, epístolas apócrifas y apocalipsis apócrifos. El creyente debe ser consciente de la existencia de esta variedad y multiplicidad de documentos alrededor de la fe cristiana para tener claro también por qué ninguno de estos escritos tienen el respaldo con el que cuentan los libros canónicos del Nuevo Testamento que ꟷincluso en el caso de los libros canónicos discutidos que tratamos en nuestra conferencia del mes pasadoꟷ, están sin ninguna duda en una categoría muy superior a todos los que vamos a relacionar aquí en cuanto a credibilidad y calidad literaria y, con mayor razón, a otros que no vamos a mencionar porque ni siquiera lo ameritan, pues, de entrada, es indiscutible que, como deja constancia el Dr. Alfonso Ropero: “Los apócrifos del NT nunca tuvieron entre los cristianos la estima de que gozaron los apócrifos del AT” que también abordamos ya en conferencia anterior.
El erudito Andrew Finlay Walls deja constancia incidental de la abundancia de escritos y materiales apócrifos alrededor del Nuevo Testamento cuando afirma que: “Es más difícil determinar el número de apócrifos del NT que del AT”. Por eso aquí también, a semejanza de lo que él mismo hace, se llevará a cabo una labor de selección y depuración por la cual: “El término [apócrifo] se limitará aquí a obras no canónicas atribuidas a Cristo, o a los apóstoles o que pretenden aportar información extracanónica sobre ellos”. De hecho, esta abundancia de materiales cristianos apócrifos difícil de clasificar es una evidencia del impacto del cristianismo en su momento, como lo expresa Roderic Dunkerley: “La enorme prolijidad de la literatura e historias sobre Jesús constituye una prueba concluyente del impacto que causó su personalidad sobre las primeras generaciones de cristianos”.
Pero antes de abordar nuestra selecta relación debidamente comentada de libros apócrifos del Nuevo Testamento, tenemos que hacer las siguientes precisiones. En primer lugar, se obviarán en esta relación los evangelios gnósticos ya mencionados y comentados en nuestra conferencia anterior sobre la biblioteca gnóstica de Nag Hammadi, pues como lo señalábamos en esa ocasión, todos los evangelios gnósticos son, ciertamente, evangelios apócrifos, pero no todos los evangelios apócrifos son evangelios gnósticos. Así que nos concentraremos en los evangelios y escritos apócrifos del Nuevo Testamento que no son gnósticos en toda propiedad. Y en segundo lugar debemos ahondar un poco en los motivos que dieron pie a toda esta abundante literatura.
Un pasaje de las epístolas paulinas de la Biblia nos da luces sobre estos motivos. Nos referimos a la advertencia del apóstol en el sentido de que: “… llegará el tiempo en que no van a tolerar la sana doctrina, sino que, llevados de sus propios deseos, se rodearán de maestros que les digan las novelerías que quieren oír” (2 Timoteo 4:3). Andrew Finlay Walls, en efecto, encuadra toda esta literatura dentro de la literatura novelesca y el impulso literario fantasioso del cristianismo popular. Con esto coincide el Dr. Alfonso Ropero al señalar que: “Mucha de esta literatura representa la primera «novelística cristiana» de la época”. Esto explica bien algunas características de toda esta literatura como lo es el hecho de que, a pesar de estar asociados a nombres de apóstoles, como lo aclara el Dr. Ropero: “Ninguno de ellos es anterior al siglo II d.C., de manera que ninguno puede pretender haber sido escrito por apóstoles o tener autoridad apostólica”, teniendo presente que los apóstoles fueron los designados por el Señor Jesucristo para garantizar la veracidad de lo narrado. Adicionalmente, como continúa diciéndonos. “Muchos de estos escritos surgieron en entornos heréticos”, como ya lo establecimos en relación con los evangelios gnósticos, por lo que es apenas natural que: “La mayoría de los evangelios apócrifos son abiertamente heréticos”.
No debe causar, entonces, extrañeza que en ellos se narren: “fantásticos detalles acerca de supuestos viajes misioneros y hechos portentosos, como milagros realizados después de la muerte”. Por eso, el principal problema con esta literatura apócrifa del Nuevo Testamento es: “el carácter ficticio de su contenido, sin excluir la posibilidad de que en ellos se conserven detalles genuinos de la tradición cristiana”, pero que, ante la imposibilidad de distinguir y saber qué es cierto entre tantos relatos fantasiosos, nos obligan a desecharlos por completo y de manera por demás prudente como fuente de verdad. Así que su valor para el creyente actual es simplemente como evidencia del dinamismo del cristianismo primitivo y como curiosidad anecdótica que explicaría el surgimiento de algunas de las dudosas tradiciones alrededor del cristianismo divulgadas, sobre todo, por el catolicismo popular.
Andrew Finlay Walls también hace referencia más extensa a la posibilidad de que en medio de tanta literatura ficticia, pudiera hallarse algún sustrato de verdad diciendo: “Resultaba inevitable que, en la primera época de la iglesia, algunos dichos del Señor fuesen transmitidos fuera de los evangelios canónicos. Como consecuencia, algunos probablemente se transformaron hasta llegar a ser irreconocibles, mientras que otros fueron adulterados tendenciosamente… Es posible, entonces, que a veces se haya preservado material genuino junto con otro que ni siquiera es digno de mención. De igual manera, es probable que el recuerdo de la vida y la muerte de los apóstoles se haya mantenido vivo por algún tiempo, y los “hechos” apócrifos, aun cuando teológicamente fueran dudosos, a veces podrían preservar tradiciones genuinas o reflejar situaciones adecuadas. El deseo de transmitir dichos recuerdos sin duda ejerció influencia en la producción de la literatura apócrifa; pero no podía vencer la tendencia a inventar, ampliar, mejorar o reorientar. Cualquier tarea de selección resulta, por lo tanto, peligrosa… En consecuencia, se reconoció universalmente la necesidad de basarse únicamente en los documentos indiscutibles”, que son los que se hallan en el canon de nuestras Biblias actuales.
Muy pocos, por no decir ninguno, de estos documentos apócrifos estuvo siquiera sometido a discusión por la iglesia, pues, como nos lo informa de nuevo Walls: “a los primeros eruditos cristianos no les faltaba ni visión ni talento crítico”, por eso: “es admirable cuán poco se ve afectada la lista de libros generalmente considerados canónicos por las discusiones sobre la literatura apócrifa”, con todo y el hecho de que: “Algunas iglesias tardaron mucho en aceptar libros que actualmente se consideran canónicos. Algunas dieron lugar de preeminencia a obras como I de Clemente y el ‘Pastor’ de Hermas [que estaremos considerando finalmente en la conferencia del próximo mes sobre los llamados “Padres Apostólicos]. Pero casi ninguno de los libros [apócrifos]… fueron alguna vez ‘libros excluidos del Nuevo Testamento’ en ningún sentido. Estaban más allá de toda consideración”.
Walls continúa apoyándose en estas circunstancias y contextos históricos para afirmar que mediante esta literatura: “Se manifiesta el deseo de satisfacer la curiosidad en asuntos sobre los que el NT nada dice”. Como consecuencia de esto: “Se produce una inundación de evangelios sobre la infancia de Jesús, sin valor alguno, que cubren los años de silencio entre Belén y el bautismo. A medida que el tema de la virgen María adquiere prominencia en la teología y la devoción, obras seudoapostólicas describen su nacimiento, su vida, y finalmente, su asunción al cielo. Un lector de Col. 4:16 consideró que le correspondía aportar la carta aparentemente perdida a los laodicenses. El impulso literario aparece sobre todo en los “hechos” novelísticos y en algunos de los evangelios, grotescos y fétidos, pero repletos de maravillas y anécdotas”. De hecho, este erudito concluye que: “su agresiva insistencia en los milagros, ponen de manifiesto que la verdadera era de los milagros ya había pasado. Las obras son toscas y aún vulgares”.
Se deduce, pues, de lo ya dicho que, para agravar más el cuadro en lo que tiene que ver con la veracidad y confiabilidad de lo narrado, los motivos de muchos de los que escribieron estas obras eran discutibles, pues lo que pretendían era ajustar los relatos alrededor de Cristo y los apóstoles a sus creencias heréticas y no, como sucede con los libros canónicos del Nuevo Testamento, derivar las creencias de los hechos ciertos narrados en ellos. Eso también explica por qué, dentro de esta literatura: “hay muchas obras cuyo propósito es deliberadamente sectario: el de promulgar un cuerpo de doctrina complementario de la doctrina de los libros canónicos, o que la reemplace”. Por todas estas razones y propósitos: “la forma literaria apócrifa se volvió convencional… ya sea como complemento de la tradición abierta de los evangelios, o como correctivo”. Esto es especialmente cierto, con los evangelios gnósticos que ya abordamos en conferencia anterior.
Procedamos ahora sí a relacionar y comentar algunos de los más significativos escritos apócrifos del Nuevo Testamento, comenzando y dedicándoles más atención a los que se encuadran en la categoría de “evangelios”, aunque en estricto rigor, no obstante su nombre, difieren sustancialmente en su forma de los 4 evangelios canónicos contenidos en nuestras Biblias. De hecho, Walls nos informa que, entre los evangelios apócrifos: “es difícil encontrar obras que, como los evangelios canónicos, se ocupen de las palabras y obras del Señor encarnado”. Sea como fuere, podríamos mencionar como el primero entre todos ellos el Evangelio según los Hebreos (no confundir con la epístola canónica a los Hebreos), que se muestra cercano al evangelio canónico de Mateo con el que, ciertamente, tiene puntos de contacto. Sin embargo, como lo puntualiza Walls: “Tiene un fuerte tono judeocristiano” al igual que lo hace el Dr. Ropero, quien añade: “muestra elementos sincretistas de tipo gnóstico, amén de rasgos de cierto matiz judeocristiano”.
Hay un dato importante en relación con este evangelio, como lo es el hecho de que Jerónimo, uno de los más respetados padres de la iglesia y traductor de la Vulgata, afirma que este evangelio, del cual solo contamos hoy con fragmentos y no lo tenemos en su versión completa, contenía el relato de la mujer sorprendida en adulterio que encontramos al final del capítulo 7 y comienzos del 8 del evangelio canónico de Juan en nuestras Biblias. Esta circunstancia, unida al hecho de que otro de los padres más tempranos de la iglesia, como lo fue Papías de Hierápolis (a quien volveremos a referirnos en nuestra próxima conferencia sobre los documentos conocidos como los “Padres Apostólicos”), también mencionó este episodio, y nos lleva a concluir que aunque el relato de la mujer adúltera no se encontrara originalmente en el evangelio de Juan (ver https://creerycomprender.com/el-discutido-epilogo-del-evangelio-de-marcos/), de todos modos era una tradición antigua veraz e independiente posteriormente incorporada al Evangelio de Juan que ilustra cómo algunas palabras y acciones de Jesús precedieron al texto canónico de los evangelios y fueron finalmente acogidos por la Iglesia por su autenticidad espiritual y cristológica y por reflejar con gran fidelidad el carácter y la autoridad moral de Jesús, en concordancia con el resto de los contenidos de los evangelios canónicos, y al cual la iglesia le reconoció su valor canónico, no por su ubicación textual original, sino por su coherencia con el evangelio de Cristo. No estamos, pues, aquí ante una interpolación caprichosa, sino ante una memoria evangélica antigua que encontró finalmente su lugar en el canon.
El Evangelio según los Hebreos también registraba, como lo atestigua por igual Jerónimo, una aparición del Cristo resucitado a Jacobo el Justo, es decir, a Jacobo o Santiago, uno de los cuatro hermanos consanguíneos del Señor y autor de la epístola canónica que lleva su nombre. Esta aparición también la menciona de manera más escueta el apóstol Pablo en 1 Corintios 15:7: “Luego apareció a Jacobo; después, a todos los apóstoles”. Así, este testimonio del Evangelio según los Hebreos encaja de manera extraordinariamente precisa con esta referencia paulina, ofreciendo un desarrollo narrativo más detallado de un dato que Pablo da por sentado y conocido por toda la iglesia apostólica, lo cual refuerza su antigüedad y su credibilidad histórica y muestra, al igual que el relato de la mujer adultera, que las comunidades judeocristianas conservaron tradiciones independientes a las que quedaron fijadas en los evangelios canónicos, además de que explica en gran medida la transformación radical de Jacobo, quien pasa de no creer plenamente en Jesús durante su ministerio público (cf. Juan 7:5) a convertirse en el dirigente reconocido de la Iglesia de Jerusalén y en una figura clave del cristianismo primitivo.
Justamente, en relación con Jacobo o Santiago encontramos el segundo de los evangelios apócrifos del Nuevo Testamento que merece mención: el Evangelio de Santiago, mejor conocido hoy como el Protoevangelio (algo así como lo que hoy llamaríamos una precuela) de Jacobo o Santiago indistintamente, pues Santiago es una variación conocida un poco más tardía del nombre de Jacobo. En él, como nos lo dice el Dr. Alfonso Ropero, se encuentra: “la primera leyenda mariana de la literatura cristiana. El escrito narra la vida de la madre de Jesús siguiendo el modelo del relato del nacimiento de Samuel en el AT. Refiere el anuncio angélico del nacimiento de María a Joaquín y Ana, sus padres ꟷa quienes nombra por primera vez en toda la literatura cristianaꟷ, en respuesta a sus fervientes oraciones, y como María, al igual que Samuel, fue presentada al Señor y educada en el templo”.
Como vemos, de aquí surge la tradición no confirmada y, por lo mismo, dudosa, que afirma que los padres de María se llamaban Joaquín y Ana, como lo sostiene el cristianismo popular. Contiene muchas otras historias pintorescas, también dudosas y nunca confirmadas, ya que: “Este escrito fue compuesto a mediados del siglo II, sin duda fuera de Palestina, y es uno de los más ficticios… Esta obra fue directa o indirectamente la fuente principal para las posteriores leyendas marianas”. Walls añade sobre él: “Nos brinda el nacimiento y la presentación de María, su casamiento con José (un anciano con hijos) y el nacimiento milagroso del Salvador (una partera corrobora su virginidad en el momento del parto). Fue escrito evidentemente en apoyo de ciertas teorías sobre la virginidad perpetua”.
J. R. Poter nos informa que este evangelio: “inspiró el género de escrituras conocidas como «Evangelios de la Infancia», que narran episodios de los primeros años de la vida de Jesús”. Por lo tanto, enseguida debemos ubicar el más conocido y antiguo de estos evangelios de la infancia, el todavía más pintoresco y cuestionable evangelio designado hoy como el Evangelio de la Infancia o la Historia de la Infancia del Señor, que por afirmar haber sido escrito por un personaje identificado como “Tomás el Israelita”, fue conocido hasta tiempos recientes como el Evangelio de la Infancia de Tomás, pero hoy ya no se le designa de este modo para poder diferenciarlo del Evangelio (gnóstico) de Tomás que mencionábamos y comentábamos en la conferencia sobre la biblioteca de Nag Hammadi. En relación con este escrito Walls afirma que: “ofrece algunos relatos bastante repulsivos sobre los años de silencio” de la vida del Señor. El Dr. Ropero es más específico y nos dice que: “Narra muchas leyendas acerca del niño Jesús, algunas incluso de mal gusto. Jesús niño emplea sus poderes sobrenaturales con fines destructivos y vengativos, de tal manera que provoca la queja de las gentes ante José: «Tú, que tienes este niño, no puedes vivir con nosotros en la aldea: o le enseñas a bendecir o [le enseñas] a no maldecir; porque mata a nuestros niños»”.
En cuanto a la pasión de Cristo son dignos de mención, en primer lugar, el Evangelio de Pedro que aunque no existe hoy en su versión completa, si se dispone de porciones considerables de él y se sabe que abarca desde el juicio hasta la resurrección. Walls nos informa que en él: “Se destaca el elemento milagroso. La guardia ve tres hombres que salen de la tumba, dos cuyas cabezas llegan hasta el cielo, y uno que lo sobrepasa. Una cruz los sigue. Una voz del cielo exclama, ‘¿Les has predicado los que duermen?’, y una voz desde la cruz responde ‘Sí’… se reduce la culpa de Pilato y a la vez se destaca la de Herodes y los judíos”. Si bien en principio dirigentes de la iglesia como Serapión, a pesar de considerarlo espurio o falso, al mismo tiempo lo declaraba inofensivo, al examinarlo con más atención reveló tendencias docetistas que lo aproximaba a los gnósticos, como lo corrobora el Dr. Ropero al informarnos: “Según Serapión, estaba en uso entre los docetas sirios de finales del siglo II, que negaban la verdadera humanidad de Cristo y le atribuían un cuerpo aparente”. Walls señala en él frases reveladoras a este respecto, entre las que vale la pena mencionar ésta que concierne al silencio del Señor en la cruz: “Mantuvo silencio, como el que no siente dolor” y con base en ellas también concluye: “el autor no valoraba adecuadamente la humanidad de nuestro Señor”.
El segundo de los evangelios apócrifos de la pasión que comentaremos es el Evangelio de Nicodemo, también conocido como las Actas de Pilato, que, en palabras de Walls: “Pretende ser una versión oficial del juicio, la crucifixión y la sepultura, una síntesis de los debates y las investigaciones del sanedrín, y una relación sumamente colorida del ‘Descenso al infierno’”. Sigue también y lleva más lejos la línea trazada por el evangelio de Pedro en cuanto a su postura favorable hacia Pilato, al punto que: “La característica sorprendente es la virtual vindicación de Pilato, sin duda por motivos políticos. Cuando estos relatos entraron a formar parte de las leyendas bizantinas, Pilato se convirtió en santo, y la iglesia copta todavía rememora su martirio”. J. R. Porter hace el siguiente comentario sobre este evangelio: “El objetivo principal de la obra es dar pruebas irrefutables de la Resurrección y, de forma especial, la Ascensión de Jesús. Esto explica su prominencia en las narraciones de Nicodemo y José de Arimatea ꟷlos dos únicos seguidores de Jesús a los que se hace referenciaꟷ, porque ambos eran miembros destacados de la comunidad judía y, por ello, testimonios fidedignos”.
El Dr. Ropero complementa estas descripciones de este modo: “En este evangelio un cristiano llamado Ananías cuenta cómo halló protocolos redactados en hebreo por Nicodemo acerca del proceso de Jesús y cómo los tradujo al griego en el año 425. Relata las negociaciones ante Pilato, la crucifixión y la sepultura de Jesús… las investigaciones del sanedrín, las cuales habrían demostrado que la Resurrección del Señor había sido un hecho real… y declaraciones de dos difuntos resucitados sobre el descenso de Jesús a los infiernos y sobre sus obras en aquel lugar”, en donde la datación de la traducción mencionada es claramente legendaria y no tiene valor histórico real respecto al proceso de Jesús. Sea como fuere, en lo que tiene que ver con el descenso de Cristo al infierno, éste es el documento escrito más antiguo que entra en detalles sobre dos temas que tienen sus raíces en dos pasajes breves del Nuevo Testamento: la proclamación que Jesús hizo a los “espíritus encarcelados” de 1 Pedro 3:19 y la resurrección masiva que tuvo lugar después de la resurrección de Jesús que se halla en Mateo 27:53, vinculando ambos hechos entre sí.
Merecen también un lugar en esta lista el Evangelio de los Egipcios (no confundir con el Evangelio gnóstico de los Egipcios hallado en la biblioteca de Nag Hammadi), escrito sin duda por una secta egipcia y del cual Walls nos informa que: “Las porciones que aun permanecen se refieren a un diálogo entre Cristo y Salomé sobre el repudio a las relaciones sexuales”. Finalmente encontramos aquellos a los que Porter designa como “los evangelios de los cristianos judíos” que, junto con el ya mencionado Evangelio según los Hebreos, incluye también el Evangelio de los Nazarenos y el Evangelio de los Ebionitas, estos dos últimos, al igual que lo indicábamos en relación con el de los Hebreos, emparentados con el evangelio canónico de Mateo. Porter nos da algunos detalles llamativos del Evangelio de los Nazarenos apelando al obispo Epifanio de Salamina, uno de quienes, en el siglo IV, atestiguó su existencia y citó su contenido: “Dice Epifanio que los nazarenos usaron una versión hebrea o aramea del evangelio según san Mateo. Las formas en las que el evangelio nazareno desarrolla el texto canónico pueden verse en el relato del joven rico… en el que el evangelio nazareno habla de dos hombres ricos y presenta temas sociales y éticos, y en el detalle de que el hombre con una mano atrofiada… era un picapedrero. El evangelio nazareno dice que en el momento de la crucifixión no fue el velo del Templo el que rasgó, sino su gran dintel, una tradición que también se puede encontrar en Josefo”. Por eso en este caso, Porter puede decir que: “El Evangelio de los Nazarenos no tiene elementos herejes. Esencialmente, es una sucesión de expansiones y embellecimiento del Evangelio según San Mateo”.
En cuanto al de los Ebionitas, del cual sí tenemos noticias únicamente a través de Epifanio, Porter nos dice que: “Según Epifanio, el Evangelio de los Ebionitas era una versión «falsificada y mutilada» del Evangelio según san Mateo, que omitía las historias de la Natividad que aparecían en Mateo. Para los ebionitas, Jesús no se convirtió en el Hijo de Dios al nacer, sino al ser bautizado, momento en que el Espíritu Santo entró en él para unir su humanidad con un ser celestial… Igual que la secta judía de Qumrán… los ebionitas se mostraban hostiles hacia las prácticas rituales del Templo de Jerusalén, así, el Evangelio de los Ebionitas muestra a Jesús aboliendo el sistema expiatorio judío. Los ebionitas también eran vegetarianos y su evangelio elimina la referencia que hace Mateo a las langostas como parte de la dieta de Juan Bautista… con lo que hace que Jesús niegue de forma implícita comerse el cordero del Pésaj (o Pascua judía)”.
Mencionamos también, comentándolos muy brevemente, dos evangelios apócrifos más: el Evangelio Árabe de la Infancia, que recoge leyendas orientales sobre la infancia de Jesús y su familia durante la huida a Egipto, y el Evangelio de Bartolomé que contiene diálogos entre Jesús y los apóstoles sobre los misterios del infierno y del más allá. Estos datan del siglo V y, por lo tanto, son mucho menos confiables, por su distancia en el tiempo de los hechos que narra, y su valor es completamente anecdótico. Resta una visión panorámica y a vuelo de pájaro de los documentos apócrifos del Nuevo Testamento más representativos de las otras tres categorías: hechos, epístolas y apocalipsis. Comencemos por los hechos. Dentro de esta categoría sobresalen los Hechos de Juan, que reflejan ideales ascéticos y se encuadra dentro del gnosticismo, los Hechos de Pablo, compuestos por tres secciones principales con nombre propio: 1) Los Hechos de Pablo y Tecla, una joven de Iconio que rompe su compromiso matrimonial después de escuchar la predicación de Pablo, es milagrosamente protegida del martirio y ayuda a Pablo en sus viajes misioneros. 2) La Tercera carta de Pablo a los Corintios (que incluye también una supuesta carta de los corintios a Pablo), siendo esta sección entonces, también representante de las epístolas apócrifas y que pretende ser la carta perdida mencionada por Pablo en 1 Corintios 5:9 y, finalmente, 3) El Martirio de Pablo, de carácter legendario.
El Dr. Alfonso Ropero destaca en los Hechos de Pablo un contenido específico. Se refiere él a que este documento: “Es notable por su famosa descripción de Pablo como un hombre de baja estatura, calvo, de piernas curvadas, cejijunto y con una nariz prominente”. Continuamos con los Hechos de Pedro, comentados también de este modo por el Dr. Ropero: “Narra como Simón el mago arrastró casi toda la comunidad de Roma a la apostasía cuando Pablo abandonó la Urbe para ir a evangelizar España. Cristo comisiona a Pedro, que se encuentra todavía en Jerusalén, para que vaya a Roma con el fin de oponerse a Simón el mago”. Añade que en un momento de la narración, Pedro: “huye de Roma, pero Cristo le sale al encuentro y Pedro le pregunta a Jesús: «Señor, ¿a dónde vas?» (la famosa leyenda del ‘Quo Vadis?’). La respuesta es: «Voy a Roma para ser crucificado». Pedro entonces regresa a la ciudad y es crucificado cabeza abajo”, de donde surge esta conocida tradición legendaria y popular dentro del catolicismo alrededor del martirio de este apóstol. Es digno de mención también que en estos hechos la iglesia romana aparece como una fundación paulina.
Siguen en esta lista los Hechos de Andrés, estrechamente relacionado con los ya mencionados Hechos de Juan, y los Hechos de Tomás, de los que Walls dice que, evidentemente, guardan algún tipo de relación con el Evangelio (gnóstico) de Tomás que aún no se ha podido precisar. También el Dr. Ropero nos dice lo siguiente acerca de los Hechos de Tomás: “Son los únicos hechos apócrifos de los apóstoles que se conservan completos a pesar de su origen y contenido gnóstico”. Este documento está plagado de milagros extravagantes realizados por Tomás en la India, que fue el campo misionero que le fue asignado. Aparte de estos, otros hechos apócrifos secundarios son: los Hechos de Felipe, los Hechos de Mateo, los Hechos de Andrés y Mateo, Los Hechos de Pedro y Andrés, los Hechos de Andrés y Pablo, los Hechos de Bartolomé, los Hechos de Simón y Judas, los Hechos de Tadeo y los Hechos de Bartolomé, de los cuales lo único que vale la pena mencionar es la curiosa asociación del nombre de Andrés con tres de ellos, además del propio, representativos de los que podrían llamarse “hechos apostólicos combinados” en los que se asocian dos apóstoles diferentes alrededor de un relato que pretende ser edificante.
Dentro de la categoría apócrifa epistolar, además de la Tercera carta de Pablo a los Corintios incluida en la segunda sección de los Hechos de Pablo ya mencionada, encontramos también como las más destacadas la Epístola a Laodicea, que pretende ser la carta mencionada por Pablo en Colosenses 4:6; la Correspondencia de Cristo y Abgar, rey de Edesa que presuntamente habría invitado al Señor Jesucristo a visitar su reino para sanarlo de una enfermedad incurable; la Correspondencia entre Pablo y Séneca, caracterizada por Walls como una: “apología del s. III en defensa de la dicción de Pablo, evidentemente con el fin de conseguir que se leyeran las cartas genuinas [es decir, las canónicas de nuestras Biblias] en círculos distinguidos”; y la Epístola de los Apóstoles, constituida por una serie de visiones apocalípticas presuntamente transmitidas por Cristo a los apóstoles en el tiempo transcurrido entre su resurrección y ascensión (por eso también algunos la ubican más bien dentro de los apocalipsis apócrifos y no dentro de las epístolas), de la primera mitad del siglo II preparadas en forma de discurso por todos los apóstoles y que tiene a su favor el ser un documento relativamente temprano, de contenido muy ortodoxo y contrario al gnosticismo.
Entre los apocalipsis apócrifos, es digno de mención, en primer lugar, el Apocalipsis de Pedro, del cual Walls nos dice que fue: “La única obra estrictamente apócrifa de la cual tenemos pruebas concluyentes de que mantuvo una posición cuasi canónica durante algún tiempo”, con lo cual parece coincidir tácitamente el Dr. Ropero al afirmar de él que es: “El más importante de los apocalipsis apócrifos cristianos… alcanzó gran circulación y mucha estima, es digno de destacar por sus vívidas descripciones de los castigos concretos que sufren los condenados por sus pecados específicos… Incluye además una breve descripción del paraíso de los redimidos, perfumado y lleno de frutos”, haciendo la siguiente advertencia: “Se debe distinguir del Apocalipsis de Pedro gnóstico descubierto en 1946 en Nag Hamadí”. Hay también dos Apocalipsis de Pablo conocidos, uno de carácter claramente gnóstico (hallado también en Nag Hammadi), y otro “clásico”, designado también como la Visión de Pablo (Visio Pauli), que pretende explicar lo que Pablo vio cuando fue “arrebatado hasta el tercer cielo” (2 Cor. 12:2-4), e influyó en Dante y su Divina Comedia. Se incluyen aquí también dos obras apócrifas del Nuevo Testamento de carácter apocalíptico, llamadas 5 Esdras y 6 Esdras, que son en realidad secciones idénticas extractadas de otra obra apócrifa compleja, también apocalíptica, del Antiguo Testamento judío, conocida a su vez como 2 Esdras, para distinguirlo del libro canónico de Esdras. Relacionaremos, por último, tres apocalipsis apócrifos de menor importancia: el Apocalipsis de Tomás, el Apocalipsis de Esteban y el Apocalipsis de María.
Existen también ciertas obras apócrifas sueltas del Nuevo Testamento que no se pueden clasificar en ninguno de los tres géneros mencionados. Aquí encontramos las Predicaciones de Pedro, las Homilías y las Recogniciones Clementinas ꟷque estaremos abordando finalmente en la conferencia del próximo mes alrededor de los llamados “Padres Apostólicos” con Clemente de Roma como uno de ellosꟷ, la obra Pistis Sophia, los Libros de Jeú, los Oráculos Sibilinos cristianos y la Sophia Jesu Christi, que no viene ya al caso comentar aquí y que se enmarcan buena parte de ellas dentro del gnosticismo. Por eso, para cerrar esta apretada pero ilustrativa exposición, viene al caso la conclusión del Dr. Ropero que podemos suscribir por completo: “Los apócrifos del NT constituyen una fuente de estudio muy importante en tanto que confirmación de la historia canónica y reflejo del ambiente literario en que nacieron los escritos del NT, así como por el influjo que han tenido en la formación de tradiciones religiosas populares y porque descubren muchos rasgos heréticos interesantes para la historia del primitivo cristianismo y para la historia de la iglesia en general. Carecen de utilidad, no obstante, como noticias fidedignas sobre la historia de Jesús y su mensaje, o sobre otros personajes del NT”. Por eso Ricardo Foulkes también sentencia: “El análisis de estos libros es una tarea delicada; el cristiano que busca en ellos datos genuinos de la tradición, tropieza con mucho material ficticio y espurio”.







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