Aferrándonos a lo bueno
La conferencia de este mes engancha en línea de continuidad con la de “El canon de las Escrituras” en la que dedicamos la última parte a nuestro tema de hoy. Pero si bien en esa ocasión lo abordamos de manera más breve, tangencial y general en un tono crítico en el contexto de la polémica sostenida con el catolicismo romano desde la Reforma alrededor de ellos, en esta ocasión lo haremos ejerciendo la exhortación paulina de examinarlo todo aferrándonos a lo bueno. Nos referimos, por supuesto, a los libros apócrifos del Antiguo Testamento conocidos como “deuterocanónicos” incluidos en las Biblias católicas (aceptados también por los ortodoxos), pero ausentes del canon oficial del judaísmo y el protestantismo. Estos libros son los de Tobit, Judit, 1 y 2 de Macabeos, Sabiduría, Eclesiástico y Baruc, así como algunas adiciones en griego al libro canónico de Ester y al del profeta Daniel. No repetiremos los comentarios contenidos en la conferencia citada que justifican de cualquier modo su exclusión del canon, sino que los daremos, entonces, por sentados para avanzar a partir de ellos a otras consideraciones a su alrededor que matizan el alcance de la crítica y reconocen sus bondades y su relativo provecho, encontrando en ellos aspectos rescatables.
Así, pues, el hecho de no considerarlos canónicos o inspirados no significa satanizarlos ni desecharlos sin más, pues al margen de la polémica al respecto entre católicos y protestantes en el siglo XV, la inclusión de los deuterocanónicos dentro del Antiguo Testamento, si bien no fue unánimemente aceptada por las iglesias, si fue objeto de discusión desde el principio, mucho antes de esta polémica. En respaldo de esto encontramos que en los tres códices más antiguos, completos y conocidos de la Biblia: el Vaticano, el Sinaítico y el Alejandrino, todos ellos de alrededor del siglo V d. C., los únicos deuterocanónicos que no se incluyen unánimemente son 1 y 2 de Macabeos, que están ambos ausentes en el Vaticano, mientras que el Sinaítico contiene el primero únicamente, y solo el Alejandrino los contiene a ambos. Las opiniones entre los Padres de la iglesia estaban, entonces, divididas y si bien todos eran conscientes del disenso alrededor de ellos por contraste con el creciente consenso alrededor de los libros del Nuevo Testamento y de los protocanónicos del Antiguo Testamento (para distinguirlos de los deuterocanónicos) que se hallan dentro del canon autoritativo de la Iglesia; incluso los padres mas reticentes hacia ellos y que tendían a desestimular su lectura, como por ejemplo Jerónimo, el traductor de la Vulgata, tampoco la prohibía sino que, en relación con ellos, advertía que: “se requiere infinita discreción para buscar oro en medio de la escoria”.
Lo cierto es que, como nos lo informa el Dr. Alfonso Ropero: “Las dudas de los primeros tres siglos se deben, entre otras razones, a la polémica con los judíos, en la que los apologistas tenían que prescindir en sus escritos de los deuterocanónicos, que no admitían los adversarios; y la polémica antisectaria, en la que se temía que los libros apócrifos entrasen en el canon”. Por esta causa: “Frente a los interlocutores judíos, los autores cristianos emplearon el «canon corto» (sólo protocanónicos), ya que se trata de demostrar que Jesús es el mesías anunciado en las Escrituras hebreas, y para ello solo se podía partir de un terreno común, que es el que aportan las Escrituras aceptadas por los judíos como canónicas, es decir, el «canon corto»”. Pero lo cierto es que por fuera de este contexto: “Ante interlocutores no judíos echaban mano del «canon largo» (que incluye los deuterocanónicos), se trate de argumentar contra los paganos o los gnósticos, o se trate de exponer la fe ante un auditorio cristiano, sobre todo en las celebraciones litúrgicas”.
Y concluye el Dr. Ropero diciéndonos que: “Después de la segunda mitad del siglo V se da una plena unanimidad entre los Padres y los escritores eclesiásticos favorable a los deuterocanónicos”, como se refleja en los ya mencionados códices. Con mayor razón debido a que, tanto el Señor Jesucristo, como la iglesia primitiva, citaban el Antiguo Testamento acudiendo a la Septuaginta o Versión de los Setenta, traducción al griego de todos los libros en hebreo del Antiguo Testamento y esta versión incluía también los libros deuterocanónicos escritos en griego, pues para la divulgación del evangelio la Septuaginta ofrecía innegables ventajas, pues el griego era la lengua franca hablada por casi todos dentro de las provincias y fronteras del imperio.
Para los cristianos maduros, conocedores y lectores habituales de la Biblia, familiarizados con los libros protocanónicos del Antiguo Testamento que cuentan no solo con la autoridad oficial de la tradición judía, sino con el consenso de toda la cristiandad; la lectura de los deuterocanónicos, si bien no es imprescindible, si puede ser hasta cierto punto recomendable y conveniente, si se lleva a cabo de manera crítica, como lo recomendaba el apóstol Pablo. En esta conferencia brindaremos, pues, algunos criterios puntuales para hacerlo con el debido filtro o la discreción recomendada por Jerónimo que nos permita separar el oro de la escoria en el convencimiento de que, aunque no se puedan utilizar para establecer doctrina, se pueden leer como documentos históricos, literarios y espirituales que pueden aportar a la fe, comparables a la utilidad de otros escritos cristianos antiguos que también fueron apreciados y leídos por buena parte de la iglesia primitiva y cuya inclusión en el canon del Nuevo Testamento por parte de algunos sectores minoritarios de ella estuvo en consideración, como lo fueron algunos escritos de los llamados “padres apostólicos”, entre los cuales la “1 Carta de Clemente” se encuentra incluso en el Códice Alejandrino y el “Pastor de Hermas” y la “Epístola de Bernabé” se hallan, a su vez, en el Códice Sinaítico, reflejando así el aprecio en que la iglesia antigua los tenía y su caracterización como “lectura edificante”, aunque no como fuente de doctrina. Porque al igual que ellos que, si bien no entraron tampoco a formar parte del canon oficial aceptado por toda la cristiandad, la lectura crítica de los deuterocanónicos también puede ilustrar, edificar y enriquecer hasta cierto punto la fe y nuestra comprensión del contexto bíblico general.
Comencemos, entonces, por comentar 1 y 2 de Macabeos. Estos libros preservan hechos cruciales del pueblo judío en el período de 400 años transcurrido entre el Antiguo y el Nuevo Testamento, tales como la rebelión de los Macabeos que le da nombre a estos libros, así como la profanación del templo por parte de Antíoco IV Epífanes y la fiesta de la dedicación del templo o Janucá celebrada desde entonces por los judíos hasta hoy.Como tales, nos ayudan a entender el contexto político y religioso en el que nace el Nuevo Testamento, y a comprender mejor las tensiones con Roma y la forma que asume la esperanza mesiánica. A primera vista se podría pensar que el segundo libro sucede al primero en la narración de todos estos hechos, pero no es así exactamente. El primero se refiere, ciertamente, a la historia de las luchas sostenidas contra los reyes seleúcidas, herederos de una parte del gran imperio griego de Alejandro El Grande en cabeza de Seleuco, uno de los cuatro generales que, a su temprana muerte, se repartieron su vasto imperio ꟷy de los que Antíoco Epífanes formaba parteꟷ, para conseguir la libertad religiosa y política del pueblo judío liderada por la familia judía sacerdotal de los Macabeos; pero el segundo libro de los Macabeos no es continuación del primero, sino que marcha paralelo a él. Más exactamente, comprende tan solo una quincena de años y corresponde únicamente a los capítulos 1 al 7 del primer libro.
Una de las primeras cosas que el lector habitual de la Biblia capta en ellos es el contraste con el estilo literario de los libros protocanónicos que conocemos del Antiguo Testamento, pues el estilo de escritura de estos libros ꟷy sobre todo el de 2 de Macabeosꟷ es más propio de los escritores helenísticos con su oratoria griega pomposa, grandilocuente y sobrecargada, pero sin ser tampoco la mejor expresión de ella. Aunque al autor anónimo de 1 de Macabeos se le abona el conocimiento de las instituciones griegas y de los personajes de la época de los que hace gala, que se muestra muy superior al que se refleja en 2 de Macabeos, cuya autoría, a su vez, se atribuye a un judío desconocido que resume la narración de un tal Jasón de Cirene. De cualquier modo, siendo, entonces, fuentes históricamente independientes ꟷpues no son ambos libros producto del mismo autor, de hecho 1 Macabeos sigue el cómputo griego del tiempo, mientras que 2 de Macabeos sigue el judíoꟷ, se considera que la concordancia histórica general de 2 de Macabeos con 1 de Macabeos garantiza la historicidad de los acontecimientos en ellos relatados, con mayor razón por cuanto ambos obedecen a propósitos diferentes, pues 1 de Macabeos es más histórico, mientras que 2 de Macabeos es más teológico y en desarrollo de este propósito introduce rasgos legendarios para destacar aún más la fidelidad de los mártires.
Como ejemplo podemos señalar el martirio descrito en 2 Macabeos 7 de una madre con sus siete hijos que refleja de manera sobrentendida una fe radical en la resurrección, lo cual conecta con Hebreos 11:35 cuando dice: “fueron atormentados, no aceptando el rescate, a fin de obtener mejor resurrección”. Debe, por tanto, advertirse que en los puntos importantes en que 2 de Macabeos disienta de 1 de Macabeos, es preferible darle crédito a este último y no a aquel. Es significativo al respecto que en su conocida obra Antigüedades de los Judíos, el historiador judío Flavio Josefo siga a 1 de Macabeos e ignore por completo a 2 de Macabeos. Es también importante resaltar que en el Antiguo Testamento, aparte del libro de Daniel, únicamente en 2 de Macabeos se afirma la fe en la resurrección del cuerpo. La resurrección como fundamento doctrinal seguro para los fieles es lo que sustenta la fe y la esperanza de los creyentes en medio de las pruebas severas que conducen al martirio y les brinda consuelo en medio de él, al punto que, como nos lo informa José Manuel Díaz Yanes en alusión a estos libros: “la patrística y la predicación cristiana popular empleó sus relatos como ejemplos claros de martirio y constancia en la fe, en un momento histórico en que la Iglesia cristiana estaba pasando la gran prueba de las persecuciones del Imperio romano”.
Continuemos ahora con los libros de Tobit (también conocido como Tobías) y Judit, que son lo que despiertan más sospecha y señalamientos condenatorios entre los judíos y protestantes en lo concerniente a su confiabilidad, tanto en sus afirmaciones históricas y geográficas, como doctrinales. Además, entre todos los apócrifos o deuterocanónicos, estos son los que tienen el texto menos seguro en lo que tiene que ver con la fidelidad a los originales. En cuanto a su confiabilidad, es de todos sabido que sus narraciones se toman muchas libertades en relación con la historia y la geografía al punto que los historiadores señalan unánimemente como evidentes y hasta descaradamente falsas muchas de sus afirmaciones y referencias históricas y geográficas. Esto es especialmente notorio en el libro de Judit.
En realidad, estos dos libros son los que salen peor librados al ser abordados de manera crítica y los que más mala prensa le terminan dando a los deuterocanónicos en su conjunto, pues son los que mejor sirven de ejemplo para justificar las prevenciones hacia todos ellos desde el punto de vista de su contenido, lo cual no deja de ser injusto, pues cada uno de los libros deuterocanónicos deben ser evaluados por sus propios méritos individuales y no solo por el conjunto de sus rasgos compartidos, nivelándolos a todos por lo bajo. El juicio más favorable hacia estos dos libros que podríamos suscribir, corre por cuenta de Claudia Mendoza cuando dice de Judit que: “En términos generales, se puede decir que es una novela de evidente cariz teológico” y nada más, algo que puede hacerse extensivo también a Tobit. Esta misma comentarista es ya, a mi juicio, excesivamente benévola cuando afirma también de Judit que: “es una composición fantástica con finalidad edificante”, pues su “edificación” es difícil de identificar a primera vista.
A lo sumo ꟷy esto en particular en relación con Tobit más que con Juditꟷ, el “mérito” de este libro sería que, contra el trasfondo de una teología tradicional y algo simplista o ingenua que afirma: “Si obras rectamente, tendrás éxito en tus empresas” (Tobit 4:6) y “… haced el bien, y no os ocurrirá ninguna desgracia” (Tobit 12:7), nos recuerda, en palabras de Claudia Mendoza que: “También los justos experimentan temporalmente calamidades físicas y morales, hasta el punto de desear la muerte. Los males del justo se explican como pedagogía purificadora y providencial de Dios. Las desgracias son solamente pruebas enviadas por Dios para acrisolar la virtud. Dios escucha la oración de los piadosos y acude en su auxilio, de modo que, tarde o temprano, recuperarán su bienestar perdido”. Sin embargo esto es algo que el libro de Job y los mismos salmos logran transmitir e ilustrar de manera más eficaz y segura. Por lo demás, si bien la angelología de Tobit parece dar un paso adelante en relación con la del resto del Antiguo Testamento ꟷal introducir un tercer ángel por nombre propio: Rafael, que, entre los ángeles de Dios se suma a Miguel y Gabrielꟷ, no es seguro que sea un paso adelante en la dirección correcta por la manera algo ambigua y discutible desde una perspectiva moral que este ángel se manifiesta.
El libro de Baruc está constituido por algunos fragmentos atribuidos al personaje bíblico del mismo nombre, discípulo y amanuense o secretario del profeta Jeremías y fue escrito para los judíos cautivos en Babilonia. Esta circunstancia es la que confiere su valor a su lectura, pues como lo señala José Manuel Díaz Yanes: “De hecho, es el único libro bíblico que narra cómo vivían las comunidades deportadas y nos muestra cómo se conservaba en ellas la vida religiosa por medio de relaciones con Jerusalén, la oración, el culto de la Ley, la esperanza y los sueños mesiánicos”. Aparte de esto, tal vez lo único que queda por mencionar de él también en palabras de José Manuel Díaz Yanes es que: “El poema sapiencial intermedio (3:9-4:4) tiende a identificar a la Sabiduría divina con la Torah”, es decir, con la Ley. Así, a la identificación ya tradicional que la teología judía hace entre la Palabra creadora pronunciada por Dios en el primer capítulo del Génesis y la Sabiduría de Proverbios ꟷidentificación que la Iglesia también suscribe y complementa de forma culminante al afirmar que ambas son también manifestaciones del Verbo de Dios encarnado en Jesucristoꟷ, Baruc añade, entonces, la Ley, siendo así que la Palabra creadora de Génesis, la Ley mosaica y la Sabiduría de Proverbios serían todas ellas la persona del Verbo que era en el principio con Dios y que era Dios, encarnado en Jesucristo para nuestra salvación.
Los libros completos que restan por tratar, es decir el libro del Eclesiástico y el libro de Sabiduría, son los que a juicio de todos los comentaristas tienen a su favor el balance más favorable en la calidad de sus contenidos y ponen la vara más alta en cuanto a las bondades prácticas que para la fe pueden tener los deuterocanónicos, hallándose entonces en el extremo opuesto de Judit y Tobit. Comencemos por el más conocido como “Eclesiástico”, del cual Claudia Mendoza empieza haciendo la siguiente valoración: “el ejemplo más completo de literatura sapiencial judía” añadiendo un detalle más acerca de él: “Es la única obra de todo el Antiguo Testamento que lleva la firma de su autor: Jesús Ben Sirá”, es decir: Jesús, hijo de Sirá. Ha recibido variados nombres a lo largo de la historia, dependiendo del contexto. En la Septuaginta o versión griega del Antiguo Testamento se titula: “Sabiduría de Jesús, hijo de Sirac”, pero con el tiempo y de manera conveniente, para diferenciarlo del otro que estaremos abordando enseguida, es decir el que hoy conocemos más propiamente como el libro de la “Sabiduría de Salomón”;a instancias de Cipriano de Cartago, uno de los padres de la iglesia, se le dio el nombre de “Eclesiástico” a partir de la segunda mitad del siglo IV, por el gran aprecio que se le tenía para la lectura litúrgica en la Iglesia o Ekklesia, pues el significado de este nombre en el latín es: “libro de lectura de la iglesia”.
También se le conoce como “Sirácida” en alusión al nombre de su autor. Claudia Mendoza nos informa que este libro: “se utilizaba mucho en la catequesis que se impartía al pueblo y a los conversos que iban a ser bautizados. Este título indica por sí solo la estima que la iglesia primitiva tenía de su utilidad como depósito de enseñanza y de piedad. El Eclesiástico ha sido, después de los Salmos, el libro del AT más usado en las lecturas litúrgicas”. Jesús Ben Sirá, su autor, es abuelo del traductor del libro al griego que es quien nos da su versión actual más conocida y definitiva, como consta en el prólogo de este libro en las Biblias actuales y era, sin duda, un escriba y sabio al mejor estilo judío, como lo describe Claudia Mendoza: “Es un «escriba» que une el amor de la sabiduría al de la ley”. Era alguien que muy seguramente trataba de honrar la misma descripción que el libro da del escriba ideal, que es quien: “… aplica su alma a meditar la ley del Altísimo. La sabiduría de todos los antiguos rebusca, a las profecías consagra sus ocios, conserva los relatos de varones célebres, en los repliegues de las parábolas penetra, busca los secretos de los proverbios y en los enigmas de las parábolas insiste” (Eclesiástico 39:1-3).
Esta unión de la sabiduría con la ley sigue la línea que ya mencionábamos en relación con el libro de Baruc, pero la desarrolla de manera mucho más amplia y extensa. En algunas variantes del manuscrito griego se afirma que Jesús Ben Sirá era sacerdote. Sea como fuere, no puede negarse que, como lo leemos en la introducción de este libro en la Biblia de Jerusalén, Jesús Ben Sirá: “Está lleno del fervor por el Templo y sus ceremonias, lleno de respeto por el sacerdocio, pero también conoce a fondo los libros sagrados, los Profetas y, sobre todo, los escritos sapienciales”. Si hay algún libro de los deuterocanónicos que ha gozado del aprecio más generalizado, es éste y el de la Sabiduría. De hecho, Claudia Mendoza sigue contándonos del Eclesiástico que: “El libro gozó de un enorme reconocimiento tanto en círculos judíos como cristianos, si bien finalmente no se aceptó en el canon judío”, no obstante lo cual esta obra: “es citada en el Talmud muchísimas veces e incluso en ocasiones las citas son introducidas con la fórmula «Pues/como está escrito», reservada sólo para los textos «inspirados».
Por su parte, en lo que tiene que ver con el Nuevo Testamento, añade: “Se cree que en el NT hay alusiones discernibles a este libro… desde el siglo II en adelante se lo utiliza en los mismos términos que las Escrituras canónicas… Clemente habla de él continuamente como Escritura… Orígenes lo cita con la misma fórmula que utiliza para los libros canónicos: «está escrito»… Otro tanto hacen Dionisio, Tertuliano Cipriano y Agustín, entre otros”. Incluso Lutero y los reformadores, en su polémica contra Roma, consideraron su lectura provechosa, al punto de que fue incluido en la versión de la Biblia de Lutero en alemán, la King James en inglés y la de Casiodoro de Reina en español. Por todo lo anterior, no podemos más que estar de acuerdo con lo dicho en la introducción a este libro en la Biblia de Jerusalén: “Por su forma, el libro está en la línea de sus predecesores y de sus modelos”, es decir, en línea con todos los escritos sapienciales canónicos del Antiguo Testamento. Y hay una consideración adicional muy valiosa para la apologética actual, señalada así por Claudia Mendoza: “Ante la cultura griega… Ben Sirá adopta una posición equilibrada y prudente: ni la rechaza en absoluto, ni la abraza sin condiciones… se muestra como un conservador ilustrado, sin temer aceptar lo que hay de bueno en el mundo griego, pero reivindicando la superioridad de la fe de Israel”.
De hecho, su utilidad para la apologética es resaltada de este modo por Claudia Mendoza: “Une la tradición sapiencial secular, basada en la práctica y la experiencia, con la revelación particular del Dios de Israel en la naturaleza, la Torah y la historia”, es decir que muestra una apertura y una amplitud en sus consideraciones alrededor de la sabiduría en la que muy bien puede encajar la ciencia y la filosofía como elementos constitutivos de ella. Por eso tiene también razón la introducción a este libro en la Biblia de Jerusalén cuando afirma: “Sobre la naturaleza misma de la Sabiduría divina, 24:1-22, prolonga las intuiciones de los Proverbios y de Job”, destacandoun capítulo de este libro que, ciertamente, no tiene nada que envidiarle a las mejores porciones al respecto de los libros protocanónicos de Proverbios y de Job, de los que muy bien puede ser un complemento y comentario acertado.
Pasando ya al libro de la Sabiduría, a él se le pueden aplicar también muchas de las observaciones favorables que hemos hecho al libro de Eclesiástico. Pero no sobra repetirlas de nuevo en relación con la Sabiduría. Inicialmente se le designaba como el libro de “La Sabiduría de Salomón”, pues antiguamente se creía que era una obra escrita por este rey. No sobra advertir que no debe confundirse con el Eclesiástico, por cuanto, como ya lo señalábamos, éste es identificado en la Septuaginta como “La Sabiduría de Jesús Ben Sirá”. La introducción de este libro en la Biblia de Jerusalén aclara que: “Se supone que el autor es Salomón, a quien claramente se designa, salvo el nombre, en 9:7-8, 12… [pero] se trata de un evidente artificio literario que pone este escrito de sabiduría, como el Eclesiastés y el Cantar, bajo el nombre del sabio más grande de Israel”. Pero lo cierto es que, como lo sigue informando, su autor no es Salomón, sino que: “El autor es ciertamente un judío… pero judío helenizado… que vivía en Alejandría” y quien: “Cita la Escritura según la traducción de los Setenta [o Septuaginta], realizada en este ambiente: es, pues, posterior a ésta”, por lo que se puede afirmar sin temor a equivocarse que es el más reciente de los libros deuterocanónicos o apócrifos del Antiguo Testamento.
Al igual que el Eclesiástico, la introducción a este libro en la Biblia de Jerusalén dice con excesiva cautela: “No es posible demostrar de una manera absolutamente cierta la utilización de la Sabiduría por el Nuevo Testamento, pero sí es probable que San Pablo haya sentido su influencia literaria y que San Juan haya tomado de ella algunas ideas para expresar su teología del Verbo”. Claudia Mendoza es en este sentido más explícita en sus afirmaciones, que tienen mayor significación teniendo en cuenta su trasfondo protestante: “El libro de la Sabiduría fue muy estimado entre los judíos, y que el apóstol Pablo estaba familiarizado con su lenguaje se demuestra comparando Ro. 1:18s. con Sab. 13:3s.; Ro. 9:21 con Sab. 15:7; Ro. 9:22 con Sabiduría 12:20 y Ef. 6:13-17 con Sab. 5:17-19”. Asimismo nos dice que: “Si bien algunos Padres vacilaron respecto a su inspiración, la inmensa mayoría la admitió”. Y de los reformadores nos da un dato sorprendente, señalando que a pesar de su negación de la inspiración a los deuterocanónicos en su conjunto, siguiendo en ello el criterio y las determinaciones oficiales del judaísmo; con todo, en un principio estuvieron dispuestos a concederle al libro de la Sabiduría la inspiración divina, aunque a la postre se la hayan terminado negando por las mismas razones por las que terminaron negándoselas a los deuterocanónicos como un todo. El concepto favorable de la iglesia hacia esta obra pasa por el hecho de que, como lo señala Claudia Mendoza: “en sus 19 capítulos, la obra apenas cuenta con algún pasaje que no provenga en gran parte de una fecunda meditación de los libros inspirados anteriores”.
Ahora bien, es cierto que, como sucede por igual y en mayor o menor grado con todos los deuterocanónicos, también en el caso del libro de Sabiduría: “El autor se expresa en un vocabulario fuertemente influido por la religión, la filosofía y la ciencia helenista contemporánea”, como lo indica también Claudia Mendoza. Y esto explica y justifica en parte el rechazo hacia estos libros por parte de la dirigencia judía conservadora de Jerusalén, que veía en el helenismo o la cultura griega una amenaza que parecía imponerse y desviar al pueblo de Dios de su lealtad a Dios y a su pacto de adoración exclusiva, junto con la inherente moralidad que se hallaba implícita en la obediencia a la Ley. Sin embargo, en el libro de Sabiduría esto es una cuestión más de forma que de fondo, pues todo parece indicar que el recurso a terminología “culta” procedente del helenismo por parte de su autor busca más bien implementar maneras creativas de comunicar su mensaje en el lenguaje de la cultura griega en boga.
Es natural, entonces, que un judío culto alejandrino se exprese de este modo y no es algo que deba generar suspicacia o merezca condenación por sí mismo, sino que más bien, citando de nuevo su introducción en la Biblia de Jerusalén: “Dado el ambiente, la cultura y las intenciones del autor, no es extraño que se observen en su libro numerosos contactos con el pensamiento griego. Pero no se debe exagerar su importancia. Ciertamente debe a su formación helénica un vocabulario para la abstracción y una facilidad de razonamiento que no permitían el léxico y la sintaxis del hebreo… pero estos préstamos limitados no significan la adhesión a una doctrina intelectual, sino que sirven para expresar un pensamiento que se nutre del Antiguo Testamento”. Por lo demás, como lo leemos también aquí: “El autor se dirige en primer lugar a los judíos, sus compatriotas, cuya fidelidad está en peligro por el prestigio de la civilización alejandrina: el renombre de las escuelas filosóficas, el desarrollo de las ciencias, la atracción de las religiones mistéricas, de la astrología, del hermetismo, o el atractivo sensible de los cultos populares”. Es por eso que también se afirma luego que: “el libro es una obra de defensa, mucho más que de conquista”, es decir, de corte más apologético que evangelístico o proselitista, aunque a la postre, tal como sucede con la apologética, también termine siendo incidentalmente evangelístico y tenga como intención secundaria buscar la atención de los paganos para llevarlos a Dios.
Para ilustrar la presunta influencia perjudicial que tiene en su pensamiento la cultura griega se suele apelar a la doctrina griega de la inmortalidad del alma, y más exactamente, la doctrina platónica de la preexistencia de las almas, por contraste con la doctrina judeocristiana clásica de la resurrección del cuerpo, como si el libro de la Sabiduría suscribiera la primera y no la última. Y si bien es cierto que en Sabiduría 8:19-20 dice: “Era yo un muchacho de buen natural, me cupo en suerte un alma buena, o más bien, siendo bueno, vine a un cuerpo incontaminado”, Claudia Mendoza procede a aclarar el malentendido al respecto sosteniendo: “Los vv. 19-20 tomados en sí mismos, aislados de todo contexto, parecen reflejar la doctrina griega de la preexistencia de las almas, y de hecho, los comentaristas están divididos en dos bandos: los que defienden la hipótesis de que Sabiduría enseña la preexistencia de las almas, y los que lo niegan. Pero si se atiende a lo que se dice en otros lugares de la obra, es evidente que el autor, aunque use expresiones comprometedoras, está alejado de la doctrina griega de la preexistencia”.
De la misma opinión es la introducción a este libro en la Biblia de Jerusalén, que reconociendo que: “El autor no alude a una resurrección corporal”, añade luego que: “Con todo, parece que da lugar a la posibilidad de una resurrección de los cuerpos de una forma espiritualizada, tratando, de este modo, de conciliar la noción griega de inmortalidad y las doctrinas bíblicas qué se orientaban hacia una resurrección corporal”. Aunque hay que decir que la noción de una resurrección de los cuerpos de una forma espiritualizada no se ve muy diferente de la inmortalidad del alma. Claudia Mendoza es más eficaz para desmentir esta acusación al señalar explícitamente pasajes en el libro de Sabiduría que no presentan la muerte como algo liberador, como se desprendería de la doctrina griega de la inmortalidad del alma y su depreciación del cuerpo, así como pasajes que afirman la posibilidad de la existencia de un cuerpo no contaminado como el que implica la doctrina de la resurrección del cuerpo, y otros que no enseñan la inmortalidad natural al margen de Dios, sino como un don divino reservado para los justos, para concluir que el libro de Sabiduría: “Nunca habla explícitamente de la inmortalidad del alma y menos en el pleno sentido griego de inmortalidad del alma”. Por otra parte, al igual que el Eclesiástico, el libro de Sabiduría tiene claramente una visión favorable a la ciencia, a la que considera un resultado de cultivar la sabiduría, siendo éste uno de sus aspectos valiosos en relación con la apologética cristiana, como puede observarse, entre otros, en pasajes como Sabiduría 7:17-21 y 8:8.
En realidad, a juicio del suscrito, que valoro y aprecio de manera muy especial y personal entre los deuterocanónicos los libros de Eclesiástico y Sabiduría por encima de los demás, y que me han parecido muy reconfortantes y estimulantes a lo largo de mi vida cristiana desde que vencí mi resistencia a comenzar a leerlos, lo único cuestionable en el libro de Sabiduría es el hecho de que, en los capítulos 16-19 finales del libro, para establecer un paralelo drástico, opuesto y contrastante entre el destino de los egipcios y los israelitas, el autor echa mano como recurso retórico de exageraciones y énfasis que pretenden enriquecer el relato del éxodo con rasgos inventados, poniendo en conexión forzada episodios distintos y abultando los hechos. Pero el beneficio que he derivado de su lectura compensa con creces este lunar que viene a ser, entonces, irrelevante y anecdótico y nada más, pues, además, siempre he emprendido mi lectura de ellos sobre la base de que no son inspirados, pero que en relación con el Eclesiastés y la Sabiduría me hacen desear por momentos que sí lo fueran, o me hacen olvidar también por momentos que no lo son.
En cuanto a las adiciones en griego al texto hebreo de los libros de Ester y Daniel, adiciones también incluidas por los católicos como “deuterocanónicas”, no hay mucho que decir. Pero si tienen a su favor que la mayor parte de ellas procuran hacer más explícita y detallada la narración más escueta que encontramos en las porciones inspiradas y más antiguas de estos libros escritas en hebreo. Así, en el libro de Ester las Biblias católicas incluyen, antes del primer versículo, como una especie de prólogo en letras cursivas, el sueño de Mardoqueo y su interpretación. Después de 3:13, el texto del edicto de exterminio escrito por Amán. Después de 4:17, el contenido de la oración de Mardoqueo y de la oración de Ester. Después de 5:2, un relato más detallado de la presentación de Ester ante el rey. Después de 8:12, el texto del edicto del rey que revocaba la orden contra los judíos. Y después de 10:3, la conclusión de la interpretación del sueño inicial de Mardoqueo que abre el libro y una nota explicativa sobre el origen de la versión griega.
Daniel, por su parte, únicamente muestra, de manera intercalada en el texto, entre los versículos 3:23 y 3:24 de la Biblia hebrea, las porciones conocidas como “La oración de Azarías y el cántico de los tres jóvenes” que cubre 66 versículos adicionales del libro. Las otras adiciones griegas son 2 capítulos adicionales al final del libro canónico: el capítulo 13 y 14 que giran, respectivamente, alrededor de las narraciones de carácter un poco novelesco conocidas como “La historia de Susana” (c. 13) y “Bel y el dragón” (c. 14) que, a diferencia de la adición intercalada que tiene a su favor el valor que puede siempre tener una oración ꟷcomo en este caso las de Azarías y los tres jóvenes respectivamenteꟷ, los relatos de los capítulos 13 y 14 tienen un tono ficticio y algo fantasioso diferente al del resto del libro y de las Escrituras unánimemente reconocidas como inspiradas, que no parece agregar nada rescatable al resto del libro, a no ser como entretenidas y anecdóticas curiosidades para ilustrar de manera colorida verdades ya plenamente establecidas en las Escrituras canónicas de manera mucho más sólida e históricamente veraz. Ésta es, pues, la semblanza que tienen los deuterocanónicos cuando se examinan con cabeza fría, al margen de la controversia ya algo mandada a recoger o a la que, por lo menos, se le debe bajar el tono, entre la iglesia protestante evangélica y la católica romana.







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