El argumento más fuerte de la apologética
En la misma línea de la conferencia del mes pasado alrededor de la fuerza argumental que la complejidad del pensamiento humano tiene a favor del establecimiento de la realidad de Dios, vamos a abordar en esta ocasión otra de esas realidades intangibles pero innegables con las que convivimos y que se vuelve tan familiar y cotidiana a nuestra experiencia que terminamos aceptándola y dándola por sentada a tal punto que ya ni siquiera pensamos mucho en ella y en sus causas, consecuencias e implicaciones. Pero cuando nos detenemos en ellas este tema, que es un tema fundamentalmente teológico y doctrinal, se convierte también en un tema con gran fuerza apologética a favor de la Biblia y la cosmovisión cristiana que se deriva de ella. Fue justo G. K. Chesterton, un cristiano muy lúcido, incisivo y brillante y quien ejerció una determinante influencia sobre el gran C. S. Lewis, considerado a su vez como el más grande apologista cristiano del siglo XX, quien planteó la fuerza apologética que este tema doctrinal posee.
En efecto, G. K. Chesterton argumentaba que la realidad incontrovertible del pecado es un argumento muy fuerte a favor de la existencia de Dios y la veracidad de la Biblia. Chesterton veía el pecado ꟷespecíficamente la condición caída del hombre y el mal moralꟷ como una evidencia palpable y práctica que confirma la necesidad de una dimensión espiritual y de un Dios que explica dicha realidad. Él señalaba que, aunque algunas personas niegan la existencia de Dios, no pueden, sin embargo, negar la realidad del pecado y la corrupción moral de la humanidad, y al hacerlo se contradicen, pues esto último implica en sana lógica lo primero. La aceptación que todos damos a la universalidad del pecado está demostrada por el hecho de que ninguno de nosotros puede dejar de suscribir frases tales como “errar es humano” y “nadie es perfecto”. Y a partir de este reconocimiento, Chesterton desarrolló la idea de que el hecho de que el mal y el pecado sean reales y universales no solo no contradice la existencia de Dios, sino que la sostiene o afirma de forma implícita y necesaria. Para Chesterton la existencia del mal no conduce de ningún modo a la negación de la realidad de Dios, sino a reconocer y concluir que existe un evidente estado de ruptura entre Dios y la humanidad que se remonta al pecado original como doctrina explicativa propia del cristianismo para este estado de cosas, de lejos la explicación más coherente y consistente (si no la única disponible) para esta innegable y en gran medida trágica realidad.
La reflexión de Chesterton sobre la doctrina del pecado original lo llevaba a considerar y a concluir que ésta era la única parte de la teología cristiana que puede ser probada empíricamente a través de la historia humana y la experiencia diaria. Para él, negar el pecado es negar una realidad tan evidente como negar la existencia del mundo físico. Además, Chesterton afirmaba que una correcta comprensión del pecado permite entender la necesidad de la redención, el sacrificio y la gracia que ofrece la Biblia, lo que fortalece la mayor plausibilidad de la fe cristiana frente al escepticismo y la incredulidad. En resumen, Chesterton veía la evidencia práctica del pecado como una base lógica y sentimental muy sólida para creer en Dios y aceptar la verdad bíblica, ya que el mal y el sufrimiento moral reflejan la separación entre Dios y el hombre, una separación que la Biblia no sólo explica bien, sino que también se propone sanar.
En la Biblia el término griego sarx traducido habitual y literalmente como “carne” (llamada naturaleza pecaminosa en la NVI) señala a esa tendencia o inclinación al pecado con la que nace el ser humano en su unidad integral, pues nada en la Biblia permite afirmar, como lo hacen algunos, que “la carne” así definida opere tan solo en el cuerpo de carne y hueso, literalmente entendido, al punto de poderse identificar con él. Por eso debemos sostener que la “carne” o “naturaleza pecaminosa”influye de forma negativa en la totalidad del ser humano, ꟷes decir, tanto en su cuerpo como en su alma, e incluso en su espíritu; siempre en oposición a la influencia positiva del Espíritu (con mayúscula, en alusión directa al Espíritu Santo, la tercera persona de la Trinidad)ꟷ, y no está, por tanto, circunscrita a ninguno de estos tres componentes del ser humano en particular, sino que, por decirlo así, los atraviesa y afecta a todos de un modo transversal. Así, quien asocia la “carne”con el cuerpo exclusivamente está influido a todas luces por el dualismo griego que ve al ser humano como una conjunción paradójica entre dos principios: el principio bueno que sería el espíritu, y el principio malo que sería la materia, de la cual la carne formaría parte, por contraste con la Biblia que entiende al ser humano como una totalidad o un microcosmos que por conflictivo, dividido y desgarrado internamente que se encuentre, siempre converge en últimas en la unidad centrada del individuo que la Biblia llama de forma metafórica el “corazón”, que es el que tipifica el carácter personal del individuo.
En relación con nuestro tema, si hay algo que sobresale en medio de las diferencias entre iglesias cristianas acerca de muchos detalles o asuntos doctrinales periféricos o secundarios es que, no obstante, todas ellas sostienen la doctrina del pecado original. Puede que difieran en algunos aspectos en su entendimiento de ella, pero ningún cristiano puede prescindir de esta doctrina, pues la condición humana actual y el presente estado de cosas por sí solos ꟷaún sin acudir a la revelación bíblicaꟷ, demandarían alguna explicación del por qué somos esta mezcla tan ambigua, paradójica y en gran medida trágica de lo mejor y lo peor de la creación, tan bien descrita por Pascal así: “¿Qué quimera es, pues, el hombre? ¡Que novedad, qué monstruo, que caos, que motivo de contradicción, qué prodigio! ¡Juez de todas las cosas, imbécil gusano de la tierra, depositario de la verdad, cloaca de incertidumbre y de error, gloria y oprobio del Universo!”, corroborado también por Cornelius Plantinga Jr. en estos términos: “… los seres humanos son criaturas indescriptiblemente complejas en quienes a menudo cohabitan un gran bien y un gran mal, a veces en compartimientos separados y bien aislados, y a veces en un contubernio tan profundo e intrincado que nunca podemos llegar a ver un aspecto moral sin ver el otro. ‘Lo que somos’, dice Lewis Smedes, ‘es un conjunto de contradicciones ambulantes’.”
Todo esto despierta la pregunta de ¿dónde se originó todo esto?, ¿dónde comenzó la confusión y el drama de la historia humana que más parece una “fe de erratas” que una historia ascendente? Y es aquí cuando la doctrina del pecado original provee la respuesta más coherente y consistente con la realidad de las cosas. Desechar, pues, la doctrina del pecado original es, además de incurrir de inmediato en la unánimemente condenada herejía del monje Pelagio (llamada por ello pelagianismo), quien de manera equivocada, ingenua, utópica e idealista negaba el pecado original; también quedarnos sin explicación convincente para esta realidad. A este respecto, el teólogo cristiano de la escolástica medieval, el gran Anselmo de Canterbury, afirmaba con gran acierto que: “El pecado original se llama así porque existe en el origen de cada persona”, complementando la siguiente necesaria y oportuna precisión que su colega y predecesor irlandés Juan Escoto Erigena ya había hecho: “El pecado original no pertenece a nuestro estado natural, sino a nuestro estado existencial: desde que nacemos nos inclinamos hacia tesoros ilusorios, hacia lo que no es”.
Dicho de otro modo, el “pecado original” no hace referencia a un pecado específico del cual todos sin excepción seamos personalmente culpables desde que nacemos. Tampoco señala por necesidad al primer pecado de la humanidad, pues aunque existe una relación de causa entre ellos, el pecado original alude más bien a la corrupción de nuestra naturaleza humana primordial. Es decir que, más que a la desobediencia de Adán y Eva, el pecado original se refiere a las consecuencias que este hecho tiene en todos y cada uno de los hombres: un estado de permanente propensión a la desobediencia, una originaria, innata y radical inclinación al pecado. Observar a un niño basta para dejar constancia de ello, pues sin perjuicio de las virtudes que el Señor Jesucristo señaló en ellos, colocándolos incluso como ejemplo de la actitud no maliciosa y confiada que debe caracterizar al creyente respecto de Dios, lo cierto es que los niños no necesitan que les enseñen la desobediencia. Más bien nacen con esta inclinación incorporada y lo único que puede refrenarla para permitirles al menos la sana convivencia en sociedad es la instrucción y la disciplina correctiva. Además, su inmadurez unida a su arraigado egoísmo también refuerza su patológica desobediencia. En ese sentido tal vez haya que darle la razón a quien dijera que: “En realidad nunca crecemos. Únicamente aprendemos a comportarnos en público”.
En efecto, tanto la moralidad secular como el legalismo religioso llegan a ser con frecuencia una fachada del adulto para encubrir impunemente el pecado, tanto fuera como dentro de la iglesia, con la conciencia tranquila. No por nada Martin Buber decía que nada oculta más el rostro de nuestro prójimo que la moralidad secular, fuera de la iglesia, y nada oculta más el rostro de Dios que la religión, dentro de la iglesia. Pero con todo y lo censurable que pueda ser, aún esta hipocresía que busca encubrir y disimular el pecado en el fondo de un marco formalmente virtuoso implica el reconocimiento de que la virtud es siempre superior al pecado. Y es que el pecado no puede presentarse de manera abierta, pues será rechazado aún por los pecadores. Debe engañarlos y seducirlos para que den rienda suelta a esta inclinación natural. Dicho de otro modo, el pecado debe corromper la virtud y enmascararse en ella para poder atraer, como lo hace el queso en la trampa del ratón. La virtud es, en muchos casos, el señuelo del pecado, puesto que si bien la virtud puede existir por sí misma, el pecado no. El pecado es un parásito que se alimenta corrompiendo la virtud y enmascarándose en ella. El mal no puede subsistir con independencia del bien.
Como lo afirma el teólogo reformado Cornelius Plantinga Jr.: “Para lograr el daño mayor, el mal necesita lucir de la mejor forma. El mal tiene que gastar mucho en maquillaje”. Ya lo dijo La Rochefoucauld en sus Máximas: “La hipocresía es el homenaje que el vicio rinde a la virtud”. Por eso, ꟷcontinua diciéndonos Plantingaꟷ: “Los vicios tienen que enmascararse como virtudes… un rasgo significativo del mal: para prevalecer, el mal no sólo tiene que robarle al bien poder e inteligencia, sino también credibilidad… No sorprende, entonces, que las personas malas traten de guardar las apariencias… no quieren ser buenas, pero si quieren parecer buenas… Deseamos mantener al menos nuestra ‘imagen’ de la imagen de Dios. Deseamos mantener las máscaras incluso dentro de nuestro corazón. Resulta extraordinario que el fenómeno del autoengaño dé testimonio de que nosotros, seres humanos, incluso cuando hacemos el mal, somos totalmente partidarios del bien. En algún nivel de nuestro ser sabemos que el bien es tan plausible y original como Dios, y que, en la historia del género humano, el bien es más antiguo que el pecado”.
Por eso, si bien el pecado es una condición y un flagelo que nos afecta desde que nacemos, heredada solidariamente de nuestros primeros padres por toda la humanidad, como nos lo revela la Biblia, esto no significa que la inclinación al pecado, con todo y su universalidad, sea algo inseparable e inherente a todos los seres humanos como tales. En otras palabras, el pecado original no es un requisito forzoso para ser hombre. No es una característica inevitable y necesaria de la condición humana. Cristo fue ꟷy esꟷ un hombre pleno y verdadero, sin participar del pecado original, resistiendo además la tentación cuando ésta hizo aparición en su camino. En virtud de su nacimiento virginal, Cristo no heredó esa condición universal que llamamos “pecado original” que se traduce en la adquisición concreta, personal e individual de la ya señalada “carne” o “naturaleza pecaminosa”. Así, Cristo demostró sin lugar a duda que la naturaleza humana no es en esencia pecaminosa. Si así fuera Jesucristo nunca hubiera podido ser un verdadero hombre, pues en él no hay pecado y si la condición humana involucra esencial y necesariamente el pecado, Jesucristo no hubiera podido serlo.
El pecado o la naturaleza pecaminosa que todos (con excepción de Cristo) hemos heredado tiene, de cierto, un alcance universal y no respeta ni siquiera a la iglesia, ꟷpor el contrario, por su misma naturaleza como su enemiga acérrima, ella es su blanco más codiciadoꟷ, pero, con todo y ello no es algo esencial a nuestra naturaleza humana, sino que es, por decirlo así, algo coyuntural a nuestra naturaleza, siendo la caída de nuestros primeros padres la coyuntura en que el pecado hizo aparición en el género humano. Pero también Adán y Eva fueron seres humanos aún antes de que el pecado hiciera aparición en el mundo, por lo cual se concluye que el pecado no es algo esencial a nuestra naturaleza y que, por lo mismo, es posible que la naturaleza divina se una a la humana, como de hecho sucedió en Cristo, sin que sean excluyentes o se repelan entre sí por causa del pecado humano y la santidad divina respectivamente.
Sin embargo, para no prestarnos a equívocos, debemos suscribir lo dicho por el teólogo R. C. Sproul en su serie de conferencias en video bajo el título: Una Imagen Destrozada, en el sentido de que el pecado, aunque no sea esencial a nuestra naturaleza, a partir de la Caída es un flagelo universal en la historia humana que no nos afecta únicamente de manera superficial, contingente o accidental, sino que contamina de raíz (es decir de una manera radical) todo nuestro ser, desde el centro hacia la periferia y toca todos los aspectos de nuestra vida manchando todo lo que toca. Es por eso que este teólogo afirma que todos los seres humanos padecemos una corrupción radical (es decir, de raíz), que no se limita a la superficie de nuestro ser sino que surge de nuestro propio corazón, según lo reveló el mismo Señor Jesucristo en el evangelio, de tal modo que aún las mejores y más encomiables acciones del ser humano caído y no redimido están siempre, en último término, manchadas o viciadas por motivaciones e intenciones pecaminosas en algún grado, lo cual las descalifica ante los ojos de Dios.
Y es que los seres humanos nacemos de tal modo con una inclinación innata a pecar (es decir, el pecado original) que de manera inevitable pecaremos más temprano que tarde una y muchas veces, ya sea por acción o por motivación e intención (o por los tres juntos), aunque esos pecados no siempre alcancen la gravedad que tiene un crimen y sean por ello más sutiles y hasta socialmente tolerados (por aquello del resignado y mediocre reconocimiento de que “errar es humano”) e incluso promovidos con descaro como algo bueno en muchas culturas, promoción exacerbada por la publicidad actual en los medios masivos de comunicación. Pero todos estos factores engañosamente paliativos no los hacen menos pecado ante los ojos de un Dios Santo. En otras palabras y en último término, no somos pecadores porque hemos pecado, sino que hemos pecado porque somos pecadores.
Aún modernos pensadores ateos como el existencialista alemán Martín Heidegger reconocieron este hecho al afirmar que: “Ser culpable no es el resultado de un acto culpable, sino a la inversa, el acto es posible sólo porque hay un ‘ser culpable’ original”. En efecto, nuestra culpabilidad no procede de nuestros pecados (en plural) particulares e individuales, sino del pecado original corporativo (en singular) que nos afecta a todos por causa de nuestra solidaridad de género con nuestros primeros padres, Adán y Eva, quienes obraron en representación de toda la especie humana. Muchos nos sentiremos tentados a protestar por ello alegando que no estuvimos bien representados y que, de haber sido nosotros y no Adán y Eva, lo hubiéramos hecho mejor, todo lo cual no deja de ser un ingenuo sofisma. De hecho, la realidad universal del pecado es tan innegable que el existencialismo ha infiltrado a la teología cristiana liberal procurando dejar sin piso nuestra de cualquier modo injustificada indignación contra Adán y Eva al llevar a algunos teólogos a hacer afirmaciones como ésta: “Adán deja de ser aquel primer ancestro contra el que todos nos indignamos a causa de su pecado, para convertirse en el personaje que todos encarnamos” (Antonio Salas). En palabras más sencillas: “todos somos Adán”. Esta afirmación vale hasta cierto punto. Pero si vamos a suscribirla es necesario hacerle la salvedad de que eso no significa que Adán no hubiera sido un personaje histórico real, ꟷcomo algunos equivocadamente lo pretendenꟷ, sino tan sólo una figura simbólica o mítica contra la que sería improcedente indignarnos, pues sería como indignarnos contra nosotros mismos, pues ellos suponen que Adán sería tan sólo un símbolo de todos y cada uno de nosotros.
Porque lo cierto es que para los cristianos, como lo revela la Biblia y lo ratificó el Señor Jesús, Adán fue un personaje histórico real: el ancestro común de toda la humanidad actual y si ponemos en tela de juicio su existencia histórica tendríamos que poner también en tela de juicio la sobradamente documentada existencia histórica de Cristo, habida cuenta de los paralelos bíblicos que el Nuevo Testamento establece entre Adán y Cristo en el capítulo 5 de la epístola a los Romanos y el capítulo 15 de la primera epístola a los Corintios, pues si uno de los dos polos de la comparación es una figura simbólica, por simple lógica comparativa el otro polo también debería serlo. Y puesto que nadie puede discutir que Cristo fue un personaje histórico real, Adán también tiene por fuerza que serlo para que los paralelos entre ambos personajes tengan el debido fundamento y validez.
Además, todas las referencias bíblicas a Adán posteriores al Génesis dan a entender que fue un personaje histórico real y concreto y no lo tratan como un símbolo. Por último, los cristianos somos los menos indicados para protestar por la representación que Adán hizo de todos nosotros, pues aunque nos pueda parecer injusto cargar corporativamente con la culpa de Adán y aunque apelemos incluso a la Biblia para fundamentar nuestra protesta citando al profeta Ezequiel cuando dice en el versículo 20 del capítulo 18 de su libro: “… ningún hijo cargará con la culpa de su padre, ni ningún padre con la del hijo…”, lo cierto es que, como lo dice R. C. Sproul: “El principio de Ezequiel permite dos excepciones: la Cruz y la Caída…” añadiendo enseguida: “De alguna manera no nos importa la excepción de la Cruz. Es la Caída la que nos irrita”.Así que, si ya nos hemos beneficiado de la excepción de la Cruz, no podemos ser tan inconsecuentes como para impugnar la otra excepción: la de la Caída.
Ahora bien, desde el punto de vista teológico, los niños son inocentes, no porque no hereden la tendencia a pecar (el pecado original) de nuestros primeros padres, sino porque no se les puede inculpar todavía en pleno por cometer pecados particulares como producto de esta tendencia universalmente heredada ꟷya que, de hecho, los cometen, aunque sus todavía candorosas desobediencias no tengan por lo general graves consecuencias ni especial alcance o potencial destructivoꟷ, pues no son todavía del todo conscientes de ellos, es decir que no tienen todavía desarrolladas las facultades que les permiten asumir en propiedad la responsabilidad por sus actos. Y de todos es sabido que aun un criminal a quien se le diagnostica demencia, no puede ser inculpado por los crímenes que cometió y se le declara inocente, no porque no los haya cometido, sino porque no puede hacérsele responsable de ellos debido a que no tenía conciencia clara de lo que estaba haciendo, y más que ser castigado como culpable, lo que procede en su caso es ser tratado como enfermo.
En la inocencia de los niños, ꟷentre otras consideraciones escrituralesꟷ, afirmada por el Señor en estos términos: “Dejen que los niños vengan a mí, y no se lo impidan, porque el reino de Dios es de quienes son como ellos” (Marcos 10:14), se ha apoyado la teología protestante para no requerir el bautismo de infantes e impugnar de paso la doctrina católica del “Limbo”, por completo antibíblica, aclarando, sin embargo, que no todas las denominaciones protestantes han abandonado la práctica del bautismo de infantes, pero todas niegan la doctrina del Limbo. De cualquier modo, la inocencia de los niños no es de ninguna manera garantía de que, a las primeras oportunidades que tenga, no termine pecando, como lo demuestra la experiencia de cualquier padre en relación con la desobediencia de sus hijos.
Sin embargo, al ir creciendo el niño adquiere conciencia de sus actos. No se puede establecer con rigidez en qué momento se alcanza la llamada “edad de la responsabilidad”, edad en que ya se puede tener conciencia clara de nuestros actos respondiendo por ellos. El catolicismo quiso ubicar esta facultad a los siete años, pero en buena hora desechó este vano intento, pues esto difiere de una persona a otra. Pero por norma en algún momento en el paso de la infancia a la pubertad todos adquirimos esta facultad y, con ella, quedamos convictos de pecado. Es ilustrativa al respecto la anécdota de una perspicaz niña de cinco años que captó muy bien el concepto y sus implicaciones prácticas cuando felicitó de este modo a su hermanito mayor que la fastidiaba todo el tiempo cuando éste cumplió los siete años, teniendo como trasfondo la ya señalada y desechada enseñanza católica de que a esta edad se alcanzaba la capacidad de ser responsable por sus actos. En esta ocasión ella se dirigió a su hermanito mayor diciéndole: “ꟷ¡Felicitaciones… ya puedes irte para el infierno!”. Porque teológicamente hablando y en palabras simples, eso es lo que implica alcanzar la edad de la responsabilidad.
Los judíos reconocen todo lo anterior en la práctica de sus ceremonias del “Bar Mitzvá” (hijo del mandamiento) en los niños que cumplen 13 años y el “Bat Mitzvá” (hija del mandamiento) en las niñas que cumplen los 12 años, pues mediante estas ceremonias solemnes se da a entender que la persona se convierte desde ese momento en adelante en responsable ante la ley. En efecto, en uso de conciencia y puesto que “todos pecamos”, en términos normales toda persona a estas edades ya está en solvente capacidad de experimentar lo que la Biblia llama “convicción de pecado”, pues a estas alturas las distinciones que en conciencia podemos ya establecer entre el bien y el mal nos dejan a todos en mayor o menor grado convictos de pecado.
Pero incluso con anterioridad a esto, debemos reiterar que la inocencia de los niños concierne con exclusividad a su incapacidad para responder por sus actos, no a una presunta impecabilidad de su parte. Y aunque, como lo señaló el Señor Jesucristo al declarar que de ellos es el reino de los cielos, dando a entender que mientras ostenten la condición de niños, ésta condición les garantiza la entrada sin restricciones al reino de Dios, independiente de los pecados que ya hayan podido cometer sin tener plena consciencia de ellos; deben de cualquier modo asumir en un significativo número de casos en este mundo la pena impuesta sobre el pecado en el contexto temporal de nuestro tiempo, que no es otra que la muerte. En este sentido el pecado corporativo heredado (pecado original) y la consecuente pena impuesta sobre él penden sobre ellos desde que son concebidos.
Al fin y al cabo, todos los días mueren niños en el mundo, muchos de ellos recién nacidos e incluso nonatos en el vientre de su madre, por lo que este trágico registro sigue siendo representativo, aunque excluyamos de él las muertes de niños ocasionadas directa o indirectamente por la irresponsabilidad por completo culpable de los adultos alrededor de ellos. Porque si los niños fueran inocentes en un sentido absoluto no deberían morir por causas naturales mientras aún son niños,puesto que, según la Biblia en general y según Romanos 6:23 en particular la muerte es la paga por el pecado. Así, si el pecado original no nos afectara a todos de algún modo desde que nacemos, no sería lógico ni justo que seres que no han cometido pecados (en plural), o no lo hayan hecho todavía con plena conciencia mueran a pesar de ello en su temprana infancia. Éste es el contundente y concluyente argumento paulino en el capítulo 5 de Romanos, cuando declara en los versículos 12 y 14: “Por medio de un solo hombre el pecado entró en el mundo, y por medio del pecado entró la muerte; fue así como la muerte pasó a toda la humanidad, porque todos pecaron… sin embargo, desde Adán hasta Moisés la muerte reinó, incluso sobre los que no pecaron quebrantando un mandato, como lo hizo Adán”.
Los que “no pecaron quebrantando un mandato” pero que, no obstante, mueren, bien pueden ser los niños de quienes venimos hablando. Así, la muerte de niños inocentes por causas naturales, una dolorosa realidad con la que convivimos y lidiamos en mayor o menor grado todos los días en nuestra experiencia humana compartida, solo puede ser explicada de un modo consistente en el marco de la doctrina cristiana del pecado original. Valga decir que en este caso no es un “castigo” sobre niños inocentes por causa de una culpabilidad corporativa que se les endosa por un pecado de sus ancestros que ellos no cometieron en persona, cuando ellos mismos aun no pueden ser inculpados por sus propios pecados; sino más bien una consecuencia de la caída de nuestro primeros padres, Adán y Eva. En los adultos ya conscientes de sus pecados y al margen de la redención llevada a cabo por Cristo, su muerte o separación definitiva de Dios ꟷllamada en la Biblia la “muerte segunda” para diferenciarla de la muerte física que, por lo pronto todos, creyentes redimidos y no creyentes irredentos tendremos que experimentar tarde o tempranoꟷ es, sin duda, un castigo. En los niños la muerte física a temprana edad, cuando todavía son inocentes, por causas naturales no es un castigo, sino una consecuencia.
Ahora bien, ¿consecuencia de qué? La respuesta es: consecuencia de la caída en pecado de nuestros primeros padres que los privó de alcanzar la inmortalidad que permitiría a los seres humanos vivir por siempre en óptimas y crecientes condiciones de bienestar y plenitud en comunión estrecha con Dios. Porque contrario a lo que muchos cristianos piensan, Adán y Eva no fueron creados como seres inmortales a quienes la caída habría despojado de la inmortalidad, arrojándolos a ellos y a sus descendientes a la condición mortal que ahora ostentamos. Adán y Eva fueron creados con el potencial de alcanzar la inmortalidad al tener acceso al árbol de la vida y haber llegado eventualmente a comer de su fruto, pero no eran inmortales antes de ello.
Por decirlo de algún modo, cuando Dios puso a prueba su obediencia y los llamó a ejercer el privilegio de poder elegir entre el bien y el mal de manera libre, consciente y voluntaria en el jardín del Edén, el árbol de la vida era un árbol que simbolizaba la inmortalidad a la cuál tendrían libre acceso y, a su vez, el acceso al prohibido árbol de la ciencia del bien y del mal acarrearía la muerte, no porque los despojara de la inmortalidad, sino porque al optar por él, esta mala decisión los despojaría del acceso al árbol de la vida, como en efecto sucedió cuando la Biblia nos informa que, luego de comer del fruto del árbol de la ciencia del bien y del mal, el acceso al árbol de la vida les fue vetado por Dios a ellos y a todos sus descendientes. Otra manera de decirlo es que ambos árboles eran mutuamente excluyentes. Si optaban por el árbol de la ciencia del bien y del mal, el árbol de la vida quedaría vetado, como en efecto sucedió. Si hubieran tomado antes del fruto del árbol de la vida, con esto hubiera concluido su periodo de prueba, alcanzarían la inmortalidad y el acceso al árbol de la ciencia del bien y del mal ya no sería para ellos una opción ni una tentación nunca más.
San Agustín describe muy bien la relación del ser humano con el pecado distinguiendo cuatro etapas en la historia de la humanidad: antes de la Caída, después de la Caída, después de la redención llevada a cabo por Cristo al encarnarse como hombre en Su primera venida hasta el establecimiento del reino con Su segunda venida en gloria y luego de su establecimiento definitivo. En la primera, en el Edén, el ser humano, representado federalmente en cabeza de Adán y Eva, podía pecar y podía no pecar. Ambas eran posibilidades reales para ellos. En la segunda, después de la Caída, el ser humano puede pecar, pero ya no puede no pecar, es decir que peca siempre de uno u otro modo, ya sea por acción, por motivación o por intención (o por las tres). Esto es lo que la Biblia llama la “esclavitud al pecado” del género humano que explica la presencia universal y destructiva del pecado en el mundo actual y en la historia humana.
En la tercera etapa, una vez experimentada la conversión a Cristo del creyente, éste recobra las facultades de antes de la Caída, es decir que de nuevo puede pecar y puede no pecar, debiendo ejercitar con diligencia más la última que la primera, pero haciendo, aún en el mejor de los casos, ambas cosas, aunque por lo general en proporción cada vez más favorable a la virtud. Y en la cuarta y última etapa el pecado será por completo erradicado del género humano redimido, pues a partir de ese momento el ser humano redimido podrá no pecar y no podrá pecar haciendo del pecado una imposibilidad y allanándonos de nuevo el frustrado acceso a la inmortalidad simbolizado en el árbol de la vida. Y éste será, ¡por fin! el ejercicio de la libertad y el amor plenos y perfectos. Es por todo esto que la muerte de niños por causas naturales no puede considerarse un castigo, sino una consecuencia.
Podrían hacerse más consideraciones teológicas alrededor del pecado original, pero lo intención mayormente apologética de esta conferencia nos lleva a prescindir de estas consideraciones, así como también hemos omitido la mención expresa y textual de las citas bíblicas que respaldan las afirmaciones aquí hechas, que son más propias del tratamiento teológico de esta doctrina suscrita por toda la cristiandad como la explicación más coherente, razonable y consistente a la realidad universal del pecado y sus dinámicas en lo que tienen que ver con la humanidad a todo lo largo de la historia y en la actualidad. Po eso debemos dejar aquí.







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