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Las leyendas urbanas del cristianismo

En el marco popular algo superficial y poco riguroso de la apologética o defensa de la fe, han surgido ciertas argumentaciones engañosas que, aprovechando las dinámicas de internet y de las redes sociales, se han terminado divulgando masivamente en las iglesias y han llegado incluso a formar parte de los sermones en sus púlpitos, pero que en realidad se suman al fenómeno de las “fake news” o noticias falsas que se publican sin verificarse y se difunden sin criterio en lo que se designa como una propagación “viral” y que, como tales, cuando su falsedad queda expuesta, terminan proyectando una imagen negativa de los creyentes en la que el fanatismo, la ignorancia y la credulidad se les atribuyen como sus rasgos más distintivos y despiertan, de paso, las burlas y señalamientos de los no creyentes y contradictores del evangelio que, por cuenta de este fenómeno, se vuelven más reticentes y resistentes al evangelio.

Éstas, si se quiere, “leyendas urbanas” del cristianismo se vuelven persistentes en ciertos contextos eclesiásticos y urge, por tanto, identificarlas y desenmascararlas. En este propósito, vamos a comenzar a enumerarlas, empezando por las que tienen más acogida y suenan más verosímiles, hasta las que no lo son tanto y rozan ya lo disparatado, no obstante lo cual siguen inquietando y siendo acogidas por ciertos creyentes poco ilustrados, ingenuos e inexpertos que las reenvían a sus contactos, contribuyendo así a lo que el teólogo y apologista Edward Carnell llamó la “ignorancia o el ridículo piadoso”. Tal vez las más persistentes en el contexto evangélico y cristiano en general, a juzgar por el hecho de que se han compartido durante décadas en sermones, correos en cadena, libros y redes sociales como si fueran hechos comprobados, son, en primer lugar, la historia de la NASA y el “día perdido” de Josué, que afirma que científicos de la NASA, usando computadoras para calcular órbitas astronómicas y eventos celestes, descubrieron que faltaba un día en el calendario histórico del planeta.

Supuestamente esto “confirmaba” los relatos bíblicos milagrosos de Josué 10:12-14, cuando Dios detuvo el sol en Gabaón, y también el relato de Ezequías en 2 Reyes 20:8-11, cuando la sombra retrocedió en el reloj de sol como señal divina. Pero la realidad es que esta historia no tiene ninguna fuente verificable. No existe ningún informe oficial de la NASA que respalde ese descubrimiento. Lo que si es cierto es que la historia apareció por primera vez en los años 70, atribuida a un tal Harold Hill, un ingeniero mecánico y promotor cristiano, que nunca trabajó realmente con astronomía ni computación en la NASA. Además, la NASA ha desmentido públicamente esa afirmación más de una vez, pues el cálculo de “un día perdido en la historia” como evento astronómico es imposible de verificar científicamente, ya que no existe un calendario continuo que pueda seguirse desde los tiempos de Josué hasta hoy por el desconocimiento de numerosas variables necesarias para elaborarlo.

En segundo lugar encontramos los presuntos restos del ejército del faraón hallados en el Mar Rojo. Esta leyenda afirma que arqueólogos submarinos descubrieron carros egipcios, esqueletos humanos y restos del ejército de Faraón en el fondo del Mar Rojo, exactamente donde cruzaron los israelitas durante el Éxodo. De hecho, la historia suele citar al “arqueólogo Ron Wyatt”, un autodidacta cristiano conocido por afirmar que encontró varias reliquias bíblicas (entre ellas, el arca del pacto), pero ninguna de sus afirmaciones ha sido validada por arqueólogos profesionales, por la sencilla razón de que no existe ninguna evidencia arqueológica reconocida de restos de un ejército egipcio en el fondo del Mar Rojo, o del golfo de Aqaba, donde algunas versiones sitúan el cruce. Además, egiptólogos y arqueólogos bíblicos serios reconocen la dificultad de encontrar evidencia material directa del éxodo (por razones históricas, geográficas y políticas), pero eso no invalida la narrativa bíblica, solo nos invita a un enfoque más serio y cauteloso.

Y aunque es mucho más discutible y menos conocida, por estar relacionada con la anterior, vale la pena mencionar aquí el supuesto descubrimiento de ciertas columnas en las playas del Golfo de Aqaba, en las inmediaciones del Mar Rojo, que estarían marcadas con inscripciones hebreas de Moisés que también confirmarían el paso de Moisés y los israelitas por el Mar Rojo, leyenda basada nuevamente en afirmaciones del ya mencionado Ron Wyatt sin ningún tipo de comprobación empírica objetiva.

Otras ya menos creíbles y tanto o más disparatadas que la anterior, tienen que ver con el supuesto hallazgo por parte de arqueólogos de un esqueleto gigante de los nephilim o gigantes bíblicos mencionados en Génesis 6. El tamaño de estos esqueletos, en las versiones más conservadoras, sería de poco más de tres metros, pero en las versiones más imaginativas llegaría hasta los diez metros, “demostrando” así la existencia de estos personajes mencionados en la Biblia. Al respecto lo único que hay que decir es que las imágenes que circulan son montajes digitales o arte conceptual mal interpretado, y no existe evidencia arqueológica de esqueletos humanos gigantes. Además, National Geographic y otras instituciones científicas y arqueológicas han dejado claro en múltiples ocasiones, a través de sus publicaciones y reportajes, que no existen evidencias arqueológicas ni paleontológicas que respalden la existencia de humanos gigantes de esas dimensiones.

A esta última se une la de quienes oyeron los gritos del infierno al perforar la tierra en Siberia en la que se conoce como la excavación más profunda jamás lograda por el ser humano: los 12 kilómetros del Pozo superprofundo de Kola, un proyecto soviético de la guerra fría. Esta leyenda afirma que este grupo de científicos soviéticos perforó la tierra muy profundamente y, según la historia, grabaron gritos humanos provenientes del “infierno”. Lo cierto es que este relato proviene de un artículo sensacionalista publicado en los años 80 por un periódico cristiano finlandés, y luego fue diseminado como si fuera real. Nunca ocurrió, y ningún geólogo serio lo respalda, además de que obedece a una concepción muy infantil del infierno bíblico, al que el imaginario judío ubicaba en los lugares inferiores de la tierra, de donde algunos concluyen que, literalmente, debe encontrarse entonces en el centro de la tierra.

Otras de estas leyendas incluyen la anécdota según la cual Einstein ridiculizó a un profesor ateo con una brillante defensa de Dios cuando era niño, utilizando una analogía sobre el frío y la oscuridad como ausencia de calor y luz. Aunque en este caso la analogía es válida, Einstein nunca protagonizó esa escena. La historia es ficticia y fue atribuida a él para darle autoridad. De hecho, Einstein tenía una visión panteísta de Dios, no cristiana. También circula el relato de un marinero, de nombre James Bartley, que sobrevivió dentro de un pez, o más exactamente, dentro del estómago de un cachalote ꟷuna especie de ballenaꟷ durante horas que en la leyenda, llegan pronto a ser días, como Jonás, historia que apareció en un diario inglés en el siglo XIX y no pudo ser verificada. Los detalles cambian según la versión. Lo cierto es que el episodio de Jonás cae dentro de la categoría de los milagros evidentes y no de los hechos fortuitos de la naturaleza, campo en el cual la ciencia ha establecido que es inviable para un ser humano sobrevivir dentro de un cetáceo por causas fisiológicas, aunque no niega que un gran pez pueda tragar entero a un ser humano.

Para ir cerrando esta relación, otra leyenda urbana propia del catolicismo afirma que los científicos demostraron que la sangre en el sudario de Turín (o incluso en ciertas hostias consagradas) es AB+ (algo que sí se ha logrado establecer científicamente) y que sus células ꟷy aquí comienza la fantasíaꟷ siguen vivas, a lo cual las versiones más febrilmente imaginativas añaden que su ADN carece de padre humano. Lo cierto es que el sudario de Turín y las reliquias del catolicismo se prestan a este tipo de historias fantasiosas, pero en lo que tiene que ver con el sudario, sin negar su interés y el aura de misterio exagerado alrededor de él, lo cierto es que parece estar datado en la Edad Media por los análisis del carbono 14 y no en el primer siglo, durante la época de Jesús, lo cual por sí solo ya dejaría sin piso estas afirmaciones fantasiosas.

Como descargo alrededor de estas leyendas habría que decir que suelen surgir por el deseo sincero de confirmar la fe con evidencias espectaculares, unido a una falta de discernimiento crítico frente a lo que circula en medios o redes y el afán de tener “pruebas” concluyentes en vez de caminar por fe, como si la Biblia necesitara en todos los casos de una justificación externa para ser verdadera. Dicho lo anterior, también hay que señalar que, en el mejor de los casos no pasan de ser malos chistes, pero en el peor, pueden llegar a ser obstáculos serios para una apologética honesta, razonable y madura. Porque cuando la gente descubre que les han contado cuentos en nombre de Dios, no solo pierde la confianza en quien se los contó, sino en todo lo que provenga de la fe, pues si le damos a los no creyentes pequeñas dosis de mentira envuelta en la Biblia, luego, cuando llega el momento de confrontarlos con la verdad, ya están inmunizados contra ella. Estas leyendas ridiculizan el trabajo serio y honesto de los apologistas que no tratan de forzar evidencias para convencer a nadie, sino de dar razón de la esperanza que hay en nosotros con mansedumbre y reverencia sin manipulación, sin show y sin artificios, confiando en el poder de la verdad. Después de todo, la verdad no necesita adornos artificiales y la fe cristiana está lo suficientemente documentada para poder sostener que no es de ningún modo una fe ciega y no necesita, no puede y tampoco debe caer en las actuales dinámicas de la desinformación.

Arturo Rojas

Cristiano por la gracia de Dios, ministro del evangelio por convicción y apologista por vocación. Hice estudios en el Instituto Bíblico Integral de Casa Sobre la Roca y me licencié en teología por la Facultad de Estudios Teológicos y Pastorales de la Iglesia Anglicana y de Logos Christian College. Cursé enseguida una maestría en Divinidades y estudios teológicos en Laud Hall Seminary y, posteriormente, fui honrado con un doctorado honorario por Logos Christian College.

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