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El comunismo y la Biblia

Como ya es costumbre en estos breves artículos, no pretendo llevar a cabo una consideración exhaustiva ni académica del tema propuesto, sino esbozar algunos apuntes significativos al respecto desde una perspectiva panorámica y bíblicamente crítica y nada más. Por eso, en la consideración del comunismo obviaremos el tratamiento de Carlos Marx, el pensador a quien está asociado como su principal teórico en la reciente modernidad, y reservaremos este tratamiento para otro artículo o contenido posterior de Creer y comprender. Así, para entender de qué estamos hablando, me limitaré a la definición que el diccionario hace del comunismo, caracterizándolo como el: “Movimiento y sistema político, desarrollados desde el siglo XIX, basados en la lucha de clases y en la supresión de la propiedad privada de los medios de producción”, definición algo cruda que puede ser matizada de este modo más benévolo: El comunismo es un sistema social sin clases con una forma de propiedad pública de los medios de producción y con la plena igualdad social de todos los miembros de la sociedad”.

De entrada, en sus aspiraciones políticas y sobre todo económicas, el comunismo no es censurable sobre el papel, pero sí suena demasiado idealista, ingenuo e irreal, dado lo que ya sabemos de la naturaleza humana en las actuales condiciones de la existencia, experiencia confirmada, además, por la revelación de Dios en la Biblia. Como tal, el comunismo no deja de ser entonces una utopía que, más allá de su concreta implementación en la historia de los pueblos que nos ha permitido ponerlo a prueba y evaluarlo con base en los hechos y no sólo en la teoría, está llamado a fracasar como todas las utopías humanas a lo largo de la historia. Si bien es cierto que el comunismo denuncia acertadamente muchos de los males de su enfrentado: el capitalismo moderno, al que crítica y con el que sostiene una relación dialéctica de oposición, presentándose, entonces, como la alternativa para resolver estos males inherentes a él; a la larga cae víctima de los mismos vicios, o peores, debido justamente a que presume estar más a salvo de ellos y padece, entonces, de ceguera para verlos en sí mismo.

Ya lo dijo con incisivo e ingenioso sarcasmo el economista J. K Galbraith: “Bajo el capitalismo, el hombre explota al hombre. Bajo el comunismo, es justamente lo contrario”, señalando de un plumazo el aspecto censurable e injusto de sistemas económicos tradicionalmente enfrentados, emparentándolos entre sí. Por esta razón y como ya lo señalábamos también en el artículo “La polarización política y la Biblia. ¿Es el evangelio de izquierda o de derecha?” (que pueden leer en este enlace https://creerycomprender.com/la-polarizacion-politica-y-la-biblia), la iglesia de Cristo no debe asumir posturas políticas restrictivas y excluyentes, afiliándose a ideologías políticas de ningún corte en particular, pues Cristo no avaló ni descalificó ningún sistema político o económico como tal, sino que más bien fomentó la promoción y el establecimiento de la justicia social en todos los sistemas políticos sobre la base del amor, el respeto, la libertad y la consecuente responsabilidad que atañe a todo ser humano, creyentes en particular.

Sin embargo, desde la óptica del cristianismo el comunismo ꟷy por extensión, el pensamiento de izquierda del que se considera su más puro abanderadoꟷ debe ser criticado con firmeza por estar manifiestamente ligado al ateísmo desde su misma fundamentación teórica. Por eso, dio en el punto Juan Antonio Monroy al afirmar: “Dios no rechaza a los de izquierdas; son estos quienes, en su mayoría, se desentienden de Dios. El tono de voz es el mismo en Dios cuando llama a los derechistas o a los izquierdistas”. Ahora bien, sin perjuicio de lo anterior, el comunismo es ingenuo porque menosprecia los estragos que el pecado causa en todos los hombres, sean de izquierda o de derecha, pues los comunistas se engañan cuando presumen tener motivaciones incontaminadas muy diferentes a las de los perversos capitalistas a quienes satanizan y en quienes ven el compendio de todos los pecados de la sociedad. Con el agravante de que en su propósito de establecer la llamada “dictadura del proletariado” (que en la práctica termina siendo la dictadura de los miembros del partido en el poder) no parecen ser conscientes de que toda dictadura es mala, independiente de su color político, pues carece de contrapesos y mecanismos de control.

Además, a estas alturas ya tenemos numerosos ejemplos que nos permiten ver los resultados de la implementación del comunismo en las sociedades de turno, y estos no dejan de ser descorazonadores, cuando no trágicos, no solo desde el punto de vista económico y el descontento de los pueblos bajo su sombra, sino desde el punto de vista político y su sistemática violación de los derechos humanos en dimensiones exponencialmente superiores, legitimadas por “el partido”, a las que señalan y denuncian dentro de los sistemas capitalistas. El caso más emblemático, que fue el referente durante casi un siglo para los países y gobernantes que querían seguir su ejemplo, fue, por supuesto, el de la Rusia zarista en su transformación en la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas URSS. En ella la revolución bolchevique liderada por Lenin triunfo e implementó el comunismo más puro y emblemático, ceñido a las ideas de Marx y Engels.

El ateísmo inherente al comunismo quedó en franca evidencia cuando Lenin dijo, luego del triunfo de la revolución, que: “La electricidad reemplazará a Dios”. Pero a la luz de sus resultados inmediatos y aunque sea dudosa y no pueda ser confirmada, no es descabellada la atribución a Lenin de la cita que Philip Yancey le endosa reconociendo su garrafal equivocación al impugnar de forma tan altiva, burda, irreverente y atrevida la realidad divina, en una confesión que se caería de su peso, después de ver los resultados que trajo la implementación de su sistema político y económico: “Cometí una equivocación. No había duda de que se debía liberar a una multitud oprimida. Pero nuestro método sólo provocó más opresión y masacres atroces. Mi pesadilla viva es encontrarme perdido en un océano enrojecido con la sangre de innumerables víctimas. Ahora es demasiado tarde para alterar el pasado, pero lo que se necesitaba para salvar a Rusia eran diez Franciscos de Asis”.

Independiente de si dijo o no esto, el colapso de la Unión Soviética a menos de un siglo de la implementación en ella del comunismo muestra a las claras todas sus deficiencias e improductividad en el campo económico, pues como ya está demostrado más allá de toda duda, los monopolios son ineficientes y en esto el monopolio de estado del comunismo no es ni mucho menos la excepción, a pesar de sus declaradas buenas intenciones. Sin mencionar el descontento general de quienes han estado bajo el yugo político dictatorial del comunismo y su particular vigilancia y represión al mejor estilo del “gran hermano” de la novela 1984 de George Orwell y las particulares y sistemáticas dinámicas corruptas a las que da lugar, que ilustran bien el principio que afirma que el poder corrompe y el poder absoluto (en este caso, el del “partido”) corrompe absolutamente.

De hecho, George Orwell, si bien estaba denunciando toda forma de totalitarismo de izquierda o de derecha por igual, al hacerlo tenía en mente como referente concreto al escribir su novela distópica el estado policivo que ya reinaba en la URSS y sus satélites en el mundo, y si en 1984 esta identificación era más bien tácita y algo ambigua en la figura omnipresente anónima y algo impersonal del “Gran Hermano”; en su Rebelión en la granja se hizo explícita, pues el cerdo mayor de la granja, Napoleón, es claramente Josef Stalin, mientras que su opositor, Bola de Nieve, es León Trotski. Ambos personajes encarnan las dos corrientes que chocaron tras la revolución bolchevique: el idealismo revolucionario e ingenuo de Trotski/Bola de Nieve, frente al autoritarismo pragmático y brutal de Stalin/Napoleón, que es el que se termina imponiendo en los regímenes comunistas. Es célebre la frase que Orwell pone en boca de Napoleón, para justificar sus privilegios como dirigente del partido, que contradecían sus ideales declarados de igualdad y justicia: “¡Aquí todos somos iguales! No obstante algunos somos más iguales que otros”.

Es inocultable que los regímenes totalitarios surgidos en el siglo XX bajo la sombra del comunismo que pretendieron afirmar sobre el papel la igualdad de todos los hombres, en la práctica dieron lugar a élites con privilegios más arbitrarios y desiguales aún que los de las oligarquías capitalistas derrocadas. Y es que no se puede pretender nivelar a todos los hombres con rasero, pues el uso que hagan de sus capacidades y habilidades les puede otorgar con justicia ventajas o desventajas en relación con los demás en un momento dado. Así, el meollo del asunto no es establecer la igualdad absoluta entre todos los seres humanos ni mucho menos, pues esto también puede ser injusto al privar arbitrariamente a alguien de ventajas legítimamente adquiridas mediante el diligente, laborioso y responsable uso de los recursos, talentos y capacidades disponibles, para otorgar a otros privilegios que en realidad no merecen puesto que han dilapidado sus propias oportunidades y recursos o nunca han tenido ni siquiera la voluntad de trabajar por lo recibido.

El caso de China es digno de estudio, pues su desarrollo económico que la ha llevado casi a sobrepujar a los Estados Unidos como potencia económica mundial no se debe propiamente a la implementación en ella de un comunismo puro y duro, como se intentó en un principio y durante un buen tiempo, sino a la integración en ella de una economía abierta de mercado como la de los países capitalistas, a la par con un sistema de gobierno dictatorial y centralizado como el que ejerce en ella el partido comunista, sin ningún contrapeso ni oposición. Y es debido a esto último que, a pesar de su gran desarrollo económico y el crecimiento en ella, no sólo de los empresarios multimillonarios, sino de una clase media acomodada y educada, con poder adquisitivo, la violación de los derechos humanos sigue siendo uno de sus más grandes lunares y las poblaciones rurales todavía están muy lejos de la calidad de vida de los habitantes de sus grandes ciudades, mostrando que el monolítico partido comunista no puede evitar las desigualdades a las que dan lugar invariablemente las economías de mercado. Por eso la alternativa al capitalismo salvaje ya no es el comunismo totalitario, sino un más matizado socialismo democrático que se ha logrado implementar en algunos casos, con relativo éxito, por algunos países de Latinoamérica como Chile y Brasil e incluso países de Europa, aunque esto no se puede generalizar, por lo que en este sentido cada caso merece consideración aparte.   

En síntesis y aún al margen de su declarado ateísmo, el comunismo, al pretender nivelar a todos con rasero para garantizar un bienestar mínimo y un nivel de vida decoroso para todos los miembros de la sociedad, elimina las necesarias libertades individuales conquistadas por el evangelio que sirven de cualquier modo como un legítimo estímulo y acicate para el progreso de los individuos y de la sociedad en general. Es significativo que en la Biblia las parábolas de los talentos y las minas, sin sancionarlo favorablemente, tienen de todos modos como trasfondo un contexto de libertad económica similar al que define al capitalismo, por lo que, por lo pronto, éste parece ser el derrotero, con los debidos controles y regularizaciones por parte del estado para impedir o reducir a su mínima expresión los escenarios de injusticia social, abuso y explotación por parte de los grandes empresarios capitalistas, sin olvidar que la descripción del futuro reino de Dios establecido en la tierra por Cristo en su segunda venida, no deja de tener inquietantes puntos de contactos con la utopía comunista. Pero ya hablaremos próximamente también del capitalismo de manera críticamente bíblica.

Arturo Rojas

Cristiano por la gracia de Dios, ministro del evangelio por convicción y apologista por vocación. Hice estudios en el Instituto Bíblico Integral de Casa Sobre la Roca y me licencié en teología por la Facultad de Estudios Teológicos y Pastorales de la Iglesia Anglicana y de Logos Christian College. Cursé enseguida una maestría en Divinidades y estudios teológicos en Laud Hall Seminary y, posteriormente, fui honrado con un doctorado honorario por Logos Christian College.

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