En las actuales condiciones de nuestra existencia y hasta el regreso de Cristo la muerte es algo seguro para todos, creyentes y no creyentes por igual, aunque las expectativas de cada uno de estos dos grupos al respecto puedan diferir de manera notoria, generando esperanza para los primeros debido a las certezas que la fe confiere y garantiza al respecto en la medida en que Cristo: “… destruyó la muerte y sacó a la luz la vida incorruptible mediante el evangelio” (2 Timoteo 1:10), por contraste con las inquietudes, incertidumbres, desesperanzas y zozobras que despierta en los últimos. Sea como fuere y hechas estas necesarias y significativas salvedades y diferenciaciones, lo cierto es que, como lo dice el salmista en relación con la muerte y el anhelado rescate de su universal dominio: “Nadie puede salvar a nadie ni pagarle a Dios rescate por la vida. Tal rescate es muy costoso; ningún pago es suficiente para vivir por siempre sin ver la fosa. Nadie puede negar que todos mueren, que sabios e insensatos perecen por igual y que sus riquezas se dejan a otros” (Salmo 49:7-10), declaración hecha en el mismo tono utilizado por Salomón en el Eclesiastés. Como tal, la muerte es el gran rasero de la humanidad en el que las diferencias, logros, posesiones, títulos y reconocimientos obtenidos en esta vida en lo que la Biblia llama la “vanagloria” o la “arrogancia” de la vida, pierden importancia y muchas de las cosas que hemos menospreciado en este tiempo adquieren importancia a la luz del evangelio y de los valores del reino de Dios y su significación eterna
Todos mueren, sabios e insensatos
"La muerte es el gran rasero de la humanidad que demuestra que al final de cuentas la fama, el poder y las riquezas no marcan especiales diferencias”






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