La impunidad es uno de los engaños que hace presa de las personas en el mundo, es decir la creencia en que podremos pasar por la vida indefinidamente sacándole el cuerpo a las consecuencias y al castigo que nuestros pecados y malas acciones merecen. La creencia engañosa en la impunidad es alimentada por las evidentes deficiencias, parcialidades e inoperancias de la justicia humana en cabeza de los jueces, magistrados y gobernantes para hacer justicia y la corrupción que la afecta, pues como bien lo dice Salomón: “Cuando no se ejecuta rápidamente la sentencia de un delito, el corazón del pueblo se llena de razones para hacer lo malo” (Eclesiastés 8:11), incentivando las transgresiones y delitos y reforzando la creencia engañosa en la impunidad. Pero si bien la justicia humana muestra muchas deficiencias, la justicia divina, como se dice popularmente: “tarda, pero llega”. Y llega en las proporciones del caso, comenzando porque la culpa no desaparece, sin importar que tan profundo la enterremos y nos desentendamos de ella cauterizando nuestras conciencias para que no nos la recuerde y, además, las consecuencias de nuestras malas acciones nos alcanzan de un modo u otro en el día a día al margen de sentencias judiciales en contra, reduciendo nuestra calidad de vida y confirmando la advertencia del Señor: “Has hecho todo esto y he guardado silencio;¿acaso piensas que soy como tú? Pero ahora voy a reprenderte; cara a cara voy a denunciarte” (Salmo 50:21), ya sea con miras al arrepentimiento y salvación en Cristo o, en su defecto, a la condenación eterna
Pero ahora voy a reprenderte
"El mayor engaño promovido por el diablo en el mundo es la creencia en que Dios callará de forma indefinida y no nos reprenderá por nuestros pecados”






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