Las diferencias físicas y psicológicas entre los sexos nos hacen a hombres y mujeres especialmente aptos para ciertas funciones vitales que en términos normales desempeñamos mejor o con mayor facilidad que nuestra contraparte, sin que esto implique sexismo ni mucho menos, siendo tan sólo un hecho biológico que debemos aceptar. Así, por ejemplo, los hombres desempeñamos mejor las actividades que requieren fuerza, al igual que son las mujeres las que vienen especialmente adaptadas para dar a luz una nueva vida. Junto con las diferencias físicas, también hay diferencias psicológicas que hacen, por ejemplo, a las mujeres más hábiles y especialmente aptas para las relaciones, razón que influyó tal vez en la instrucción dada por Dios a Abraham en cuanto al manejo de la delicada situación con la esclava Agar y su hijo Ismael que angustiaba al patriarca, en el sentido de que: “… «No te angusties por el muchacho ni por la esclava. Hazle caso a Sara…” (Génesis 21:12). Ciertamente, las mujeres son comparativamente más protectoras que los hombres en relación con la familia, en este caso, su hijo Isaac que estaba soportando las burlas de Ismael. Pero por lo mismo, tienden también a tomar decisiones más viscerales e impulsivas que los hombres, como la esposa de Job al hacerle este reproche en medio de su dura prueba: “Su esposa le reprochó: ꟷ¿Todavía mantienes firme tu integridad? ¡Maldice a Dios y muérete!” (Job 2:9), consejo desatinado que Job, afortunadamente, no siguió, dejándonos un ejemplo digno de seguir al respecto
Su esposa le reprochó
“Por bien intencionados que puedan ser, no siempre los consejos y apreciaciones de las esposas a sus esposos son los más correctos y aconsejables”






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