El juicio de Dios sobre su pueblo es claramente la última opción, cuando éste ya no le deja alternativa, pues habitualmente Dios acompaña sus anuncios de juicio mediante reiterados llamados al arrepentimiento, como el que encontramos en Isaías en términos muy gráficos, contundentes e inequívocos que muestran que en el propósito de perdonar, Dios nunca se queda corto, sino que lo hace con generosidad y absoluta eficacia: “«Vengan, pongamos las cosas en claro», dice el Señor. «Aunque sus pecados sean como escarlata, quedarán blancos como la nieve. Aunque sean rojos como la púrpura, quedarán como la lana. ¿Están ustedes dispuestos a obedecer? ¡Comerán lo bueno de la tierra! ¿Se niegan y se rebelan? ¡Serán devorados por la espada!». El Señor mismo lo ha dicho” (Isaías 1:18-20). Poner las cosas en claro implica recordarle a su pueblo que Él no quiere la muerte del impío, sino que se convierta y que viva y que la misericordia es algo en lo que Dios encuentra mucho más deleite que en el juicio. El arrepentimiento y la confesión es, pues, el camino hacia la reconciliación con Él y la obediencia es la llave para disfrutar de Sus bendiciones. Sin embargo, de persistir en la desobediencia y la rebelión su pueblo está advertido con suficiencia en el sentido de que, si bien Dios quiere que todos sean salvos y lleguen al conocimiento de la verdad y, en consecuencia, es paciente para con nosotros no queriendo que ninguno se pierda, sino que todos procedan al arrepentimiento, su paciencia tiene límites y como tal, se agota
Quedarán blancos como la nieve
"Los juicios y pronunciamientos de Dios sobre Su pueblo desobediente incluyen felizmente un esperanzador llamado a la confesión y el arrepentimiento”






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