Querer la ayuda de Dios sin estar dispuesto a obedecerle es contradictorio, como sucedía en la época del rey Sedequías: “Pero ni Sedequías ni sus siervos ni la gente de Judá hicieron caso a las palabras que el Señor había hablado a través del profeta Jeremías. No obstante, el rey Sedequías envió a Jucal, hijo de Selemías, y al sacerdote Sofonías, hijo de Maseías, a decirle al profeta Jeremías: «Ora por nosotros al Señor nuestro Dios.»” (Jeremías 37:2-3). Vemos aquí a un pueblo que rehusa escuchar la voz de Dios, pero que cuando se ve en problemas, pide oración. Esta es una actitud más común de lo que se cree: buscar a Dios cuando estamos en aprietos, pero ignorar lo que dice cuando su palabra nos confronta. La oración sin obediencia, se vuelve una expresión vacía, pues no tiene sentido clamar a Dios si no estamos dispuestos a rendirnos a Su voluntad, buscando Su favor sin el compromiso de obedecerle. Así también muchos hoy buscan consuelo en la religión, pero rehúyen la corrección divina. Pretenden acercarse a Dios, pero con el corazón cerrado a la verdad en un autoengaño por el que queremos que Dios nos escuche, pero no queremos escucharlo a Él. La oración no es una herramienta para manipular a Dios, sino una expresión de rendición. Sin disposición a obedecer, no hay fe genuina, porque la fe no solo pide; también se somete. De nada sirve pedirle a Dios que intervenga si ignoramos su consejo. Dios no bendice la hipocresía disfrazada de devoción. Él honra a los que lo honran, y escucharle, aunque duela, es el primer paso para ser a su vez oídos por Él
Ora por nosotros
"De nada sirve adoptar una actitud piadosa de apelación a Dios en oración si no se está dispuesto a hacer caso a Sus palabras cuando no nos gustan”






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