Una de las sensaciones que hace presa de los cristianos rasos anónimos y del común, que no tienen cargos ni posiciones de importancia e influencia en la sociedad conforme a las convenciones del mundo y que son, además, la mayoría, como lo da entender el apóstol al decir: “Hermanos, consideren su propio llamamiento: no muchos de ustedes son sabios, según criterios meramente humanos; tampoco son muchos los poderosos ni muchos los de noble cuna” (1 Corintios 1:26); es que su aporte a la causa de Dios en el mundo es insignificante y que poco o nada pueden hacer para cambiar y mejorar el estado de cosas en el mundo. Pero la reconstrucción de Jerusalén se llevó a cabo de este modo: “El siguiente tramo lo reconstruyeron los sacerdotes que vivían en los alrededores. Después de ellos, Benjamín y Jasub reconstruyeron el sector que está frente a sus propias casas. Azarías, hijo de Maseías y nieto de Ananías, reconstruyó el tramo que está junto a su propia casa” (Nehemías 3:22-23). Así, cada uno hizo su pequeño aporte, como un grano de arena, al gran proyecto de reconstrucción, trabajando en el plano doméstico de su propia casa, reconstruyendo el pequeño tramo frente a ella, un aporte que podría parecer ciertamente muy pequeño e insignificante, pero que al final contribuyó sin duda al resultado final de lograr reconstruir toda la ciudad con sus murallas, en una ilustración de lo que los creyentes en la iglesia pueden lograr también cuando son obedientes a Dios en su entorno doméstico inmediato
Nuestro entorno doméstico
“Para contribuir a que este mundo sea mejor no tenemos que liderar iniciativas de gran envergadura sino trabajar en nuestro propio entorno doméstico”






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