El orgullo y la envidia son tal vez los dos pecados que nunca dejan de acechar y rondar en mayor o menor grado la vida de todos los seres humanos, creyentes incluidos. La diferencia no es, entonces, que los creyentes no sean víctimas de ellos y los no creyentes sí, sino que los creyentes se encuentran habitualmente más conscientes de ellos y más dispuestos, por lo tanto, que los no creyentes a confesarlos y combatirlos cuando hacen aparición. Mientras que los no creyentes suelen darles rienda suelta con mayor libertad sin ponerles freno, ya sea porque no tienen clara conciencia de ellos o porque, teniéndola, no se avergüenzan de ellos y hasta terminan haciendo gala de ellos, como si estuvieran justificados. En especial, cuando los no creyentes que se oponen a la fe de los creyentes no pueden evitar ser testigos del favor de Dios sobre los creyentes fieles y obedientes que perseveran en su fe, como sucedió con Nehemías al hallar el favor de Dios manifestándose a través del trato que le dispensó el rey persa Artajerjes: “… El rey accedió a mi petición, porque Dios estaba actuando a mi favor. Cuando me presenté ante los gobernadores del oeste del río Éufrates, entregué las cartas del rey. Además, el rey había ordenado que me escoltaran oficiales del ejército y de la caballería…”, despertando así el disgusto, las envidias y las hostilidades de los líderes de los pueblos paganos que los rodeaban: “… Pero al oír que alguien había llegado a ayudar a los israelitas, Sambalat el horonita y Tobías el siervo amonita se disgustaron mucho” (Nehemías 2:8-10)
El rey accedió a mi petición
“El hecho de que Dios esté actuando de forma manifiesta a nuestro favor siempre despertará el disgusto de aquellos que se oponen a Él y a su pueblo”






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