En su avasallador avance, la lógica indicaba que el reino del Sur o Judá no sería rival para el imperio asirio que ya había conquistado a todos los pueblos que se le habían resistido, incluido al reino del Norte o Israel. Sin embargo, Dios intervino milagrosamente para impedir la caída de Jerusalén, episodio al que C. S. Lewis hizo referencia diciendo: “Cuando el Antiguo Testamento dice que la invasión de Senaquerib fue detenida por ángeles, y cuando Heródoto [el historiador griego de la antigüedad] dice que fue detenida por un gran número de ratones que llegaron y devoraron las cuerdas de los arcos de su ejército, una persona imparcial estará del lado de los ángeles. A menos que comencemos por una petición de principio [es decir, un razonamiento en círculos del tipo: ‘no creo en los ángeles, porque los ángeles no pueden existir’], no hay nada intrínsecamente inverosímil en la existencia de ángeles ni en la acción que se les atribuye”, añadiendo enseguida una afirmación incuestionable: “Pero los ratones, precisamente, no hacen cosas así”, para señalar el carácter milagroso de esta liberación como quiera que se la entienda, en conformidad con la declaración de Dios al respecto: “»Yo, el Señor, declaro esto acerca del rey de Asiria: »“No entrará en esta ciudad ni lanzará contra ella una sola flecha. No se enfrentará a ella con escudos, ni construirá contra ella una rampa de asalto. Volverá por el mismo camino que vino; ¡en esta ciudad no entrará!”. Yo, el Señor, lo afirmo. Por mi honor y por consideración a David mi siervo, defenderé esta ciudad y la salvaré»” (Isaías 37:33-35)
No entrará en esta ciudad
"La incapacidad de los asirios para derrotar a Jerusalén demuestra que Dios está por encima de los poderes humanos y los levanta y abate a voluntad”






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