Por lo pronto, en las circunstancias actuales de nuestra existencia, la iglesia de Cristo, constituida por los creyentes que han rendido sus vidas a Él en arrepentimiento y fe para el servicio de Su causa, no se distingue claramente de quienes no forman parte de ella, pues más allá de la declarada profesión de fe de los creyentes por contraste con el rechazo de Cristo que los incrédulos exhiben, la conducta de unos y otros ꟷque es el único campo en el que esta diferencia puede apreciarse de una forma medianamente visible, conforme a la declaración del Señor en el sentido de que: “por sus frutos los conocerán”ꟷ, no es siempre tan distinta entre ellos más allá de los actos religiosos que caracterizan la devoción cristiana, pues así como existen no creyentes que, tratando de atender a las indicaciones de su conciencia, terminan sin proponérselo ajustando sus vidas en buen grado a la ética y la moralidad cristiana, también existen creyentes que, lamentablemente, dejan qué desear al respecto, por lo que la diferencia entre ellos puede llegar a diluirse y a ser difícil de apreciar. Pero el apóstol Juan nos revela que un día esa diferencia será apreciable para todos a simple vista a las primeras de cambio, pues: “Queridos hermanos, ahora somos hijos de Dios, pero todavía no se ha manifestado lo que habremos de ser. Sabemos, sin embargo, que cuando Cristo venga seremos semejantes a él, porque lo veremos tal como él es” (1 Juan 3:2), como nos anima el profeta: “«¡Levántate y resplandece que tu luz ha llegado! ¡La gloria del Señor brilla sobre ti!” (Isaías 60:1)
Levántate y resplandece
"Cuando se manifieste lo que los hijos de Dios hemos de ser finalmente, la gloria de Dios en nosotros será muy evidente e inocultable para todos”






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