Los judíos tenían una profunda y agónica conciencia de estar en un lugar al que no pertenecían cuando se hallaban en el exilio en Babilonia, a la cual habían sido deportados como prisioneros de guerra, y experimentaban una sentida y sufrida añoranza y un intenso deseo de retornar en libertad al territorio de sus ancestros en la tierra que Dios mismo les había prometido, asignado y entregado en su momento con su capital en Sión, más conocida como Jerusalén, como podemos leerlo en el salmo 137: “Junto a los ríos de Babilonia nos sentábamos y llorábamos al acordarnos de Sión” (Salmo 137:1). Esta experiencia es ejemplar para la iglesia y está llamada a ilustrar la inconformidad e incomodidad que todo cristiano debería experimentar también en este mundo, que le impide acomodarse demasiado a él por bendecido que se encuentre en él en cuanto a su bienestar material, su salud y sus relaciones interpersonales y consecuentes afectos. Por eso, sin perjuicio de la gratitud debida a Dios por todo lo que nos concede en este mundo, los cristianos sabemos bien que no pertenecemos a él y que, por lo pronto, estamos de paso por él en calidad de peregrinos y extranjeros, nunca satisfechos del todo en él ꟷy en ocasiones bastante insatisfechosꟷ, anhelando siempre nuestra patria celestial y sin perderla de vista ni olvidarla en ningún momento, al igual que lo hacían los judíos en el exilio: “Ah, Jerusalén, Jerusalén, si llegara yo a olvidarte, ¡que la mano derecha se me seque! Si de ti no me acordara… ¡que la lengua se me pegue al paladar!” (Salmo 137:5-6)
Junto a los ríos de Babilonia llorábamos
"La experiencia de los creyentes como peregrinos y extranjeros en el mundo no es muy diferente a la de Israel cuando se hallaba cautivo en Babilonia”






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