La vida está llena de hechos y realidades objetivas neutras e inmodificables, pero lo que determina en gran medida si las percibimos como dramáticas o esperanzadoras es nuestro punto de vista y actitud hacia ellas. Nuestra interpretación de los hechos influye profundamente en cómo los vivimos y cómo nos afectan. Frecuentemente, lo que es de bendición para unos, puede ser una calamidad para otros, dependiendo de desde dónde lo miren, pues, al fin y al cabo: “Al que no tiene hambre, hasta la miel lo empalaga; al hambriento, hasta lo amargo le es dulce” (Proverbios 27:7). Este contraste muestra cómo nuestras necesidades y nuestro estado emocional determinan cómo percibimos las cosas. Cuando el deseo o la necesidad nos domina, incluso lo que otros menosprecian puede volverse deseable. Por el contrario, cuando estamos saciados, aun lo que muchos desean o necesitan puede generar hastío y aburrimiento. Así, la percepción de las realidades de la vida no depende exclusivamente de su naturaleza objetiva, sino que está ligada a nuestras expectativas, deseos y estado interior. Así, nuestra capacidad para enfrentar las dificultades y disfrutar sanamente las bendiciones depende en un buen grado de nuestra disposición interna. Si vivimos con gratitud, humildad, en comunión y en paz con Dios, incluso las pruebas más duras pueden convertirse en algo que nos fortalezca, mientras que, si estamos cegados por la vanidad, el orgullo y la autocomplacencia, podemos perder de vista las cosas valiosas que tenemos, pues al final no son las circunstancias, sino cómo las vemos
Hasta la miel lo empalaga
"Lo dramático o esperanzador de las realidades de la vida en muchos casos no depende de las realidades en sí, sino de nuestra percepción de ellas”






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