El Nuevo Testamento nos exhorta de este modo: “Concentren su atención en las cosas de arriba, no en las de la tierra” (Colosenses 3:2), en la convicción de que: “En efecto, vivimos por fe, no por vista” (2 Corintios 5:7), puesto que: “… esperar lo que ya se ve no es esperanza. ¿Quién espera lo que ya ve? Pero si esperamos lo que todavía no vemos, en la espera mostramos nuestra constancia” (Romanos 8:24-25). De hecho, la fe se define como: “… tener confianza en lo que esperamos… tener certeza de lo que no vemos” (Hebreos 11:1). Así, pues, concentrar nuestra atención en las cosas de arriba es ponerla en las realidades invisibles y eternas que trascienden este mundo y se encuentran en el trasfondo y más allá de él, sosteniéndolo y sustentándolo; dentro de las cuales se halla Dios como la fuente y el centro de todas ellas. Moisés lo ilustra cuando: “Por la fe salió de Egipto sin tenerle miedo a la ira del rey, pues se mantuvo firme como si estuviera viendo al Invisible” (Hebreos 11:27). Un ejercicio que no es tan contraintuitivo como lo afirman los escépticos y materialistas, ya que: “… desde la creación del mundo las cualidades invisibles de Dios, es decir, su eterno poder y su naturaleza divina, se perciben claramente a través de lo que él creó, de modo que nadie tiene excusa” (Romanos 1:20). Y dado que Cristo es: “la imagen del Dios invisible” (Colosenses 1:15), la fe puede ser descrita en estos términos alusivos a Él: “Hacia ti dirijo la mirada, hacia ti, cuyo trono está en el cielo… así dirigimos la mirada al Señor nuestro Dios, hasta que tenga piedad de nosotros” (Salmo 123:1-2)
Hacia Ti dirijo la mirada
"Poner la vista en las cosas de arriba y no en las de la tierra involucra, antes que nada, dirigir nuestra mirada a Dios como la fuente de todo bien”






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